Los estragos del jetlag y los problemas gástricos han marcado la mañana de
hoy. Además hoy Aaron y yo hemos decidido hacer rutas alternativas y, más tarde, ponerlas en común. Cuando Aaron se ha ido yo aún estaba en el cuarto de baño preguntándome: “por qué yo?”. Una buena Coca Cola y un arroz sin picante han aliviado la situación escabrosa por la cual mis tripas estaban pasando.
Me he ido por el centro de la ciudad, he pasado por algunos de los cientos de mercados y, más tarde, he regresado al hostal. Estaremos a unos 35 grados pero el calor no es sofocante porque casi no hay humedad. La gente sonríe por todas partes y son muy serviciales. Además, los templos budistas y el ambiente, en general, son muy tranquilos y acogedores. El olor de incienso se mezcla con las comidas que venden en los pequeños carritos que hay repartidos por toda la ciudad: calamares, pinchos de carne, rollitos de primavera…a precios casi de humor. Más tarde, cuando empieza a anochecer, los seres más desagradables salen al exterior: ratas
conejeras en manadas alrededor de las basuras, cientos de
cucarachas que salen de todos los sitios. A mala hora me he comprado los flip flops! Lo bueno es que pequeños elefantes también salen y les puedes dar de comer…son una pasada!
Pero, el ambiente caluroso y las aglomeraciones, tanto de gente como de mercados, hacen que llegues al hostal con los colores en las mejillas, los pies negros y un cansancio típico de excursión.
Al llegar de nuevo a la posada, Aaron ya estaba allí y nos hemos sentado en
la terracita tomando una cerveza…estábamos esperando a alguien. Sí, mi amigo Víctor de Málaga (compañero mío de piso cuando vivía en Nueva York) nos venía a visitar durante unos días. Y ahí estábamos nosotros, con el cansancio en la espalda y el ocaso delante nuestro!
De pronto, el autocar del aeropuerto frenaba a pocos metros y Víctor salía co n las maletas inundadas de ilusión.-Qué pasa!? – decía mientras tomaba asiento…
Estuvimos un rato hablando, Víctor subió a dejar los bártulos a la habitación y nos fuimos a cenar por la vieja Bangkok con un tuk tuk. Esta noche era muy especial: Víctor había llegado y, además, en la ciudad había verbenas porque era el fin de año chino.
Nos pusimos hasta el cucu de cangrejos, langostinos y gambas… nunca pudimos abrir las almejas pero le daban un toque muy decorativo al plato.
Después de una cena copiosa y ociosa dimos una vuelta por
el barrio hasta que tocaron las 00.00. Al cabo de nada, dragones chinos, gente y colores daban a la noche de la ciudad un ambiente festivo y luminoso.
Por qué no vamos a hacer unas copas? -dije yo, alegando que pocas veces se pueden celebrar dos fines de año en dos meses. Y, resulta, que al lado del hostal había muchos muchos bares: terrazas, luces de neón, mesas de
madera! “La noche bangkonesa”- decíamos ,mientras nos acomodábamos en una mesa.
Lo siguiente fue el precio: 2 euros por bebida…y, aquí empezó todo! Los camareros nos alababan, qué clientes! -debían pensar! Éramos la mejor mesa del bar y hasta nos invitaron a bebidas…
No tuvimos suficiente con bebernos toda la bodega que, cuando pasó el carrito de los snacks, decidimos hacer un tentempié. Se trataba de ranitas, saltamontes,
cucarachas y larvas…eso sí, fritas. Y le preguntamos al vendedor: oiga, nos pone un poupourri? Y, con la bolsa llena de insectos ( que verla ya daba asco ) nos dirigimos de nuevo a la mesa del bar. -” A qué no tienes…?” -”que no?” ” no hay…” y, al final, sin explicaros lo que sentí ni los síntomas que padecí, nos terminamos la bolsa! Palabra de honor!
































