Hoy no nos quedábamos en Wallacia, íbamos a pasar dos días en Sydney ya que Aaron tenía una entrevista de trabajo en el “Four Seasons” de la ciudad. A primera hora de la mañana nos despertamos, preparamos una pequeña bolsa para pasar la noche fuera y, más tarde, la madre de Aaron nos acompañó a la estación de tren de Penrith. Esta mañana, no sé qué me pasaba…sólo quería escuchar música del iPod, nada más. Estuvimos un rato en la repleta estación del pueblo y, cuando llegó el tren, no tardé ni un minuto a ponerme los auriculares. Estaba tan a gusto en el
tren…estornudaba y la gente me decía “Bless you”. Me he acostumbrado a los buenos modales de los australianos. Hay muchos momentos en los que vas solo por la calle y, cuando te cruzas con alguien, siempre dicen algo: “Good morning, Hello…”.Estornudas en el metro y la gente que está sentada delante de ti, dicen: “Jesús, Bless you…”. No estoy muy acostumbrado a estos acercamientos sociales pero me parecen muy interesantes, no sé…
Pues eso…después de unos 20 minutos llegamos a la vieja Sydney y, al ser pronto por la mañana, el olor a cafés, ejecutivos cruzando la calle, corbatas, trajes chaqueta y brisa matutina, me recordaban, una vez más, a las grandes mañanas que pasaba en Nueva York.
Cogimos el metro para trasladarnos más allá del Harbour Bridge, donde una amiga de Aaron nos cedía su casa para una noche. Ella estaba de vacaciones en Sudáfrica y, nada tú…, que estaba muy bien poder estar ahí. Llegamos a una pequeña casa de madera encarada a la ciudad de Sydney…unas vistas…una pasada, en realidad. La pena que tengo es que todas las fotos que tengo de ese día están borradas por, posiblemente dos razones: 1. la cámara se ha vuelto loca o 2. una fiesta a la que acudimos, donde mi estado no me permitía el contacto con aparatos electrónicos. En cualquier caso, hacedme caso: las vistas eran muy guays!
Descansamos un rato y nos fuimos a hacer más visitas turísticas por la ciudad. Primero, cruzamos el puente hasta llegar a “The Rocks”, otro barrio de la ciudad. Pasamos por el barrio financiero, fuimos a la “Apple Store” a deleitarnos con los iPods, iPhones y, más tarde, fuimos a ver el crucero Queen mary 2 que estaba a punto de partir del puerto de Sydney. El crucero había creado una gran expectación y muchos habitantes de la ciudad yacían en la hierba
observando el coloso buque. Al lado del puerto está el jardín botánico y, por primera vez, tuve la oportunidad de ver a miles de murciélagos colgando de los árboles. “Qué raro, normalmente no hay tantos” – dijo Aaron. Era verdaderamente
impresionante ver tantas ratas piñadas y cubiertas por esas alas que parecían bolsas de basura industriales. Alrededor sólo había plantas de todo el universo: palmeras, orquídeas, cactus, orégano…odio los jardines botánicos, lo siento…
Fuimos llegando al centro de la ciudad (empiezan las fotos otra vez) y
decidimos subir a la torre de Sydney que, desde lejos, parece un faro de madera. Ascendimos en unos ascensores muy estrechos y, poco a poco, llegamos a la planta, no sé…23? Desde ahí teníamos una vista más abierta de la ciudad: grandes rascacielos, hoteles, el barrio financiero, el mar y los alrededores de la urbe. Tomamos fotos, criticamos a los turistas que estaban visitando y, al bajar, nos metieron en una atracción con vagonetas para observar, en
pantallas, los recursos naturales y las grandes ciudades de Oceanía. Salimos un poco mareados con tanta cultura, así que decidimos ir a un pub a tomarnos algunas cervezas. Eran las 18.00 de la tarde, hora punta de la salida del trabajo y, por supuesto, los bares trabajando a toda máquina por el “beerbomb”. Nudos de corbatas deshechos, grandes magn
ates perdiendo la esencia corporativa y cientos de personas apiladas en las barras pidiendo cervezas a “grito pelao”. Estuvimos un rato más, cenamos una ensalada verde, que ya tocaba… y, ya de noche, fuimos a unos pubs en la zona de Oxford Street, donde empecé a descubrir la famosa noche sydneriana. Luces, gente, espectáculos y gente muy amable nos acompañaron hasta, al menos, las 4 de la madrugada. “Esto no es como los bares del rancho” – pensé. Tomamos un taxi hasta la casa de la amiga de Aaron, pusimos las alarmas en hora prudente y descansamos: mañana, Aaron tenía la entrevista.
A las 8 de la mañana todo eran prisas y malas caras. “Marc, me tengo que quitar el piercing de la boca” – decía la Célula con un guante de látex en la mano. “No puedo sacármelo y no puedo llevarlo en la entrevista” – se quejaba. Habíamos estado todo el santo día de ayer en la ciudad y, ahora, se acordaba que tenía un piercing que sacarse. Comimos unos huevos mal revueltos y salimos echando chispas del apartamento. Cruzamos el puente
andando a toda prisa y nos metimos en un cibercafé para intentar ver cuántas tiendas de piercings y de tatoos había en la zona. Al final, y contando la hora que era, tuvimos que tomar un taxi hasta otra zona de Sydney, donde, en pocos minutos, el piercing de Aaron estaba totalmente extirpado de su prominente mandíbula. “Venga Marc, corre…que llegamos tarde” – decía Aaron 2 metros por delante de mí. “Aaron, yo me quedo por aquí” – le contesté arrastrando los pies. Total…la entrevista la tenía él, no yo.
Me quedé durante unas horas dando vueltas por el centro de Sydney, la gente iba con maletines pero no vi ningún tipo de prisas o de estrés. Me fui a tomar un buen café y enchufé mi iPod para agradecer un poco de música después de los momentos de nervios que habíamos vivido a primera hora de la mañana.
Cogí el metro, fui al puerto y, cuando me senté en el Starbucks más próximo al “Four Seasons”, Aaron me llamaba y me decía que ya estaba libre de nuevo.
“Qué tal la entrevista, Aaron? – le pregunté con un poco de miedo a su respuesta. Y, nada…no le ofrecieron el puesto que él quería, así que tenía que esperar a eso que se dice: “Ya te llamaremos”. Y, como no podíamos trabajar, pues nos fuimos al IMAX a ver una película en 3D ya que en este cine está la pantalla más grande del muuuundo. 
“Marc – hoy es viernes y en el pub de Wallacia está todo el mundo bebiendo a partir de la 13.00”. Tomamos el tren de vuelta al rancho y, al llegar al pueblo más cercano, tomamos otro autobús que nos dejaba, justamente, delante del bar del pueblo. Abrimos las puertas y las mismas caras robustas, camisas de cuadros y litronas de cervezas nos daban la bienvenida. Empezó a llegar gente y, como Aaron estaba ocupado con amigos y demás, decidí apostar para carrera de caballos y galgos. Y, sí, no sé cómo todos los premios iban a mí: $100…$40…La gente del bar no se lo podía creer. Cómo podían estar cada día jugando horas y horas para que llegara un forastero y lo requisara todo? No lo sé…hoy era mi día del buen azar.
No contento con todo lo que pude ganar en las apuestas equinas, pasé a apostar por una bandeja de entrecots que pasaba por delante: “2 dólares la apuesta”– comentaba un hombre muy corpulento – “2 dólares y puedes ganar 40 entrecots de 500 gr. cada uno” – no paraba de decir. “Pues mira…cogeré un par de números: el 21 y el 22”. Y, en eso, que aparece una china en bragas. “Quién es esta mujer?” – me preguntaba. Se ve, que cada jueves, esta mujer con aspecto sudamericano, va en bragas por el bar para animar a la clientela. Vino a nuestra mesa y le pregunté: “Me pones un whiskey con Coca Cola?”. Ella me sonrió, me hizo un gesto para darme la mano y me dijo: “Moni”. Y, yo, como soy muy listo a veces, creía que en
lugar de dinero, se me estaba presentando y que su nombre era Moni, de Mónica o algo así. “Yo me llamo Marc” – le dije dándole la mano. Todo el bar se inundó de carcajadas y bocas abiertas. “SHE WANTS MONEY!” – me decía la gente…y, yo…intentando sobrellevar la situación. Pues, le pagué el cubata y, de pronto: “THE WINNER IS NUMBER 21” – decía una voz de fumadora. Y, siiiii, había ganado 30 entrecots de puro buey! La gente del bar aplaudía, otros venían a brindar con sus copas y,el ambiente de celebración, se hacía más y más presente.
Salimos al jardín del pub y ahí había un karaoke. Conocí a Chris, un amigo de la infancia de Aaron y a diferente pipol de la zona. Estuvo divertida la noche…







































