Cómo puedo explicar algo del día de hoy si he dormido más de 16 horas? Bueno…juntaré los dos días para no poner sólamente un párrafo hoy.
Estaba durmiendo y, de pronto, abrí los ojos: “¿Dónde estoy?” – me preguntaba. No sabía si estaba en Rusia, Turquia, Tailandia…pero, al cabo de unos minutos reaccioné y todo me vino a la mente. Miré el despertador y eran las dos del mediodía, una hora realmente exagerada para levantarse en Australia. Abrí la puerta de la habitación y me vino una ráfaga de olor especial: no os pasa cuando vais a otro país normalmente que las casas y la comida huelen diferente? como a leña, no sé…Pero sí, ese olor, junto al paisaje que veía alrededor me hacían sentir, ni más ni menos, que en Australia.
“Good Morning, Marc” – dijo la madre de Aaron que, para mí en ese momento era una nebulosa. -”Good Morning Kerry” – respondí con un carraspera del grado 7.
Fuera de la casa estaba Aaron y su padre haciendo cosas en la barbacoa. Me
acerqué y un mundo de huevos, bacon australiano y tomates se estaban asando lentamente. Y todos los animales de la granja estaban por ahí: gallinas, caballos, las vacas…era como estar en la casa de la Blancanieves sin enanos.
Les conté a los padres de Aaron lo bien que había dormido y era cierto. Llevo mucho tiempo fuera de casa y el descanso se ha convertido en un privilegio pero hoy…hoy he dormido como nunca. Me senté en la mesa, me comí la barbacoa y me pasé lo que quedaba de la mañana escribiendo la gaceta en la mesa del jardín. De vez en cuando me iba levantando y me tomaba alguna Coca Cola o picaba Pringles…pero, básicamente, es lo que hice. Que lleva trabajo, eh, escribir todo esto…
Bueno, pues la hora de la cena llegó a las 18h de la tarde. Una de las cosas que más me ha impresionado del país son las costumbres y sus horarios. He estado en la conservadora Francia, en la liberal Alemania, en los Estados Unidos y, como en Australia o, al menos, en Wallacia, no he visto nada parecido. El horario es muy fácil: se levantan a las 6, desayunan a las 7, toman el almuerzo a las 11, cenan entre las 18.30 y las 19.00 y, a partir de las 20.00…al bar. Y me cuesta acostumbrarme cenar con la luz del día, eh! pero qué vamos a hacer, no voy a ser yo quien imponga mis leyes de “todo a última hora”.
Cenamos unos 200 kg de carne roja tierna con gravy, que es una salsa de carne con harina nada light. Cuando entró la noche, nos dirigimos al salón que es enorme, enmoquetado, con una tele gigantesca al final de la habitación y un sofá rojo alrededor que, por cierto, es muy cómodo. Estuvimos mirando películas y
películas hasta que me dormí..
.-Marc, deberías ir a la habitación a dormir – Y, así fue…
Al día siguiente pensamos que tanto descanso no podía ser bueno para nuestros órganos y decidimos acercarnos a Penrith, el pueblo más grande de todos los pueblecillos de la zona. Los objetivos eran varios:
comprarme una tarjeta sim para el teléfono, ir a un restaurante de pollo frito que le encanta a Aaron y, por último, ir al supermercado para comprar ingredientes para una supuesta cena española en Wallacia con los padres de Aaron, su hermano y la novia, y servidores. Tomamos el auto a primera hora de la mañana y, detrás nuestro, dejábamos a los caballos, las vacas y la granja de Aaron. Tomamos la carretera que nos llevaba a la capital de los pueblos y, de nuevo, se podía observar la Australia más auténtica: muchos trailers repletos de leña, otros de cerdos y niños que iban a las escuelas con
su “School Bus”. Alrededor, cada 100 metros, había hoteles y áreas de servicio con McDonalds y restaurantes rápidos que nunca en mi vida había visto. Burger King se llama “Hungry Jack’s” en Australia (supongo que por algún problema de copyright) y, bueno, eso me llamó bastante la atención.
Llegamos al centro comercial donde se podía encontrar de todo y las camisas de cuadros se mezclaban con gente muy gorda y pelos rubios. “Marc, en la ciudad la gente no es así “- me decía Aaron. Pero a mí me daba igual cómo era la gente o lo que se cocía ahí dentro. Lo más importante es que podía ver desde cerca un país y el día a día de sus habitantes. Nos dirigimos a la tienda de móviles y, ahí, sin ningún problema me compré la tarjeta SIM. Los contratiempos llegaron cuando llamé a la empresa para ponerme el contrato que más se adaptaba a mis necesidades. Madre de Dios…pero, al final, funcionó.
Bajamos al supermercado que estaba en el sótano del centro comercial. Mucha gente, carros llenos y altavoces que patrocinaban nuevas marcas. “Inaniusen da niu Fenil.la Couca Coula, ui laf’m” – y varias cosas con acentos casi irreconocibles. Con este ambiente tan matutino y real empecé a comprar tomates, pimientos, azafrán y todo aquéllo con lo que iba a cocinar la paella. Y llegamos a la tienda de pescado: “Hola, dos cabezas de pescado por favor” – pregunté. Una mujer llamada Alice y maquillada como una puerta, se giró y contestó: “Fish heads?”…y la cara que puso me dio a entender que no era muy normal pedir eso en su parada de pescado. Y va…y me pone dos cabezotes de salmón. – “Pero, cómo voy a hacer el caldo de la paella con salmón?” y Aaron contestó: “es pescado, no?” “Si, Aaron, es pescado…es pescado”…:)
Las cabezas de salmón, Aaron y yo salimos del centro comercial, donde la
gente ya empezaba a comer, y fuimos a un especie de “Makro” para animales. Allí compramos salchichas para gatos, correas para los caballos y jabón para perras. Pasamos a saludar a la peluquera del pueblo, íntima amiga de Aaron y, al cabo de un rato, llegábamos a su casa y yo me ponía manos a la obra.
La tortilla de patatas y el allioli parecía que estaban de lujo pero creo que era psicológico. Llevaba tanto tiempo sin probar estas delicias culinarias que, todo lo que había comprado, había tomado un sabor exquisito. La casa de Aaron se empezó a llenar pero, ¿cuál fue la sorpresa cuando la familia Quinn vio un par de cabezas de pescado en la olla y unos langostinos fritos?. La madre de Aaron se giró y su padre dejó la cerveza en el mármol de la cocina y dijo: “Oh God”. “Marc, ¿puedes sacar las cabezas de los langostinos?, aquí no se lleva esto y crea un poco de hostilidad hacia el plato. Y nada, saqué las cabecillas y las añadí a la olla con las entrañas salmoneras. “Mmmm..what a wonderful Spanish omelette”…les gustaba, el guacamole también y, luego, para protegerme del sabor que habría tomado el arroz, les incité a poner allioli a la paella para que no les supiera demasiado a pescado. Y triunfó…, tanto como las cuatro litronas de sangría que preparé. A la madre de Aaron se le iban los ojos, la novia del hermano de Aaron lloraba de risa, su padre estaba mirando el suelo todo el tiempo y yo, observando como un búho. Se lo pasaban bien.







































