Archivo de 29 marzo 2009

h1

Sí, es domingo

marzo 29, 2009

melbourne3Si hay un día en la semana que, sin lugar a dudas, detesto, ese día es el domingo. El aburrimiento, las caras largas, el “nada qué hacer” y las actividades, especialmente programadas para ese día, son aburridas y me entristecen. Nunca he podido soportar el séptimo día de la semana y, conforme éste avanza, el DLM (Depresión Lunes por la Mañana) es una realidad más y más obvia. Desde Nueva York a Paris, desde Nueva Delhi a Tokyo, los domingos siempre han sido, eso, domingos. Especialmente los soleados son los más odiados y, encima, si cambian la hora…ya ni te cuento!. Cines, teatros, bares baratos, parques llenos de una humanidad perdida en un día, que tiene hasta un nombre feo: domingo.

Y, en Melbourne, el día no tiene porque ser diferente. Raphael me despertó sobre las 11 de la mañana porque, con sus amigos, siempre se reúnen este día para hacer un “Brunch” en un cafetería que, por supuesto, está en la otra punta de la ciudad. Tomamos un tranvía lleno de chándales y bolsas oculares para trasladarnos a la zona de Parrah, un barrio un poco bohemio, al sur de la ciudad.

n218100438_30398974_8392Llegamos a una tasca de madera llena de personas con gafas de sol y, una vez dentro, esperamos a que sus amigos llegaran. En primer lugar, llegó Steven, un joven de Singapur que hacía tiempo que vivía en Australia. Más tarde, una chica vietnamita y su novio de Melbourne también se aposentaron en la mesa y luego, al cabo de unos minutos, un joven de aspecto hindú también se acomodó con nosotros. “¿Ya estamos todos?” – dijo Raphael. Y, en ese momento, todo el mundo empezó a pedir platos sin mirar la carta. Al parecer, cada domingo del año, este grupo de gente se junta en el mismo bar y están ya tan acostumbrados, que se saben hasta el número de patatas fritas biológicas que ponen en las raciones. La camarera, harta de su propio ímpetu, llenó la mesa de platos naturales, ensaladas con rúcula, “frucos” para fitness, comidas con vegetales crudos, fruta pelada. Yo, en la otra punta de la mesa pensando: “¿Cómo os vais a comer toda esta basura natural, hijos del tofu!?” Encima, como no sabía lo que eran los platos, pues gb full pageyo me pedí una hamburguesa con salsa de ricino y patatas refritas. Cuando llegó mi plato de obeso, la gente hizo un pequeño movimiento de cabeza para observar todo la insalubridad que me había pedido. “Tiene buena pinta” – dijo la chica de Vietnam frente a un plato de yogur con muesli y, sin preguntar, empezó a coger patatas fritas. “Ay, yo también quiero unas patatas fritas” – dijo Raphael…Y, al final, la mesa fitness empezó a retomar un rumbo más ranchero. Personalmente, yo creo que se juntan cada fin de semana para demostrar quién es el más sano de todos y, cuando llegan a su casa, se hinchan a ganchitos y a platos preparados congelados.

melbourne_botanic_garden_600xSalimos de la tasca con un objetivo unánime: me tenían que enseñar el jardín botánico de Melbourne :S. Tomamos una calle muy estrecha y, en pocos minutos, llegábamos a los pulmones de la ciudad. Al lado del parque estaba el circuito de Fórmula 1 y, entre el ruido de los coches, los acentos chinos de Raphael y sus amigos, más el viento, hacía que sólo entendiera el 30% de las conversaciones. Sin embargo y, por primera vez en mi vida, estuve muy a gusto observando la flora que escondía ese parque: lagos salados, panales de abejas, plantas paradisíacas… La visita terminó en una pequeña siesta popular, en una de las orillas del lago mientras los últimos rayos de sol se reflejaban en el agua.

- “Por qué no vamos al cine?” – dijo Raphael. Salimos del jardín botánico yduplicity-posterespa1 nos dirigimos a un centro comercial, cerca del restaurante donde habíamos hecho el “brunch”. Como no sabía qué película ver, dejé que los demás decidieran y, al final, vimos un film de Julia Roberts, que se llama “Duplicity”. Bastante entretenida, la verdad.

Los domingos en Melbourne no varían mucho pero, al menos, he estado con gente local y he explorado cómo los melbourneses viven este día. Tanto hablar mal y, al final, me sumerjo en el tópico dominical.

h1

Los doce apóstoles

marzo 28, 2009

El despertador sonó y, mientras mi cuerpo se lavaba los dientes, mi alma aún12apos estaba letárgica. Raphael y yo salimos a primera de la hora de la mañana con un sol más bajo que mi sueldo. Después de esperar un rato en la carretera, tomamos un taxi para que nos llevara al Starbucks de la calle principal, donde el autocar del tour nos estaría esperando para la ruta de los océanos.

El autocar estaba lleno de gente siniestra: una pareja de los barrios periféricos de Adelaida, dos chicas góticas que eran más que amigas, un par de argentinos que olían a insalubridad y, al final de los asientos, un hombre ruso que no pintaba nada en el viaje.

p1030858El conductor del autocar, que también era el guía, no me dejó comprar un café con leche para bautizar mis entrañas y, como consecuencia, me dormí a los dos minutos de subir al automóvil. Zarpamos del centro de la urbe, pasamos túneles y dejamos que la ciudad amaneciera tranquila.

Me desperté de un sobresalto ya que todo el mundo parecía muy revolucionado. –“Qué pasa”? – me preguntaba mientras veía que la gente no paraba de tomar fotos. “Hemos llegado al océano ya, Marc” – me dijo Raphael.

p1030865Ya habíamos llegado al sur de Australia y las vistas del océano y de las montañas de alrededor era verdaderamente espectaculares. Estuve un rato pensando cómo se llama el océano que se encuentra entre el sur de Australia y la Antártica: ¿Mar Antártico?, ¿South Sea? Si alguien lo sabe que me lo diga, por favor…

El terreno era tan virgen y espectacular que parecía que estuviéramos en elp1030894 paraíso. Las plantas y los animales aún eran dueños de esas tierras e, incluso en las carreteras, el límite de velocidad era de 30 km/h para la protección del hábitat. Hicimos algunas paradas con el autocar y, cuando bajaba y veía las vistas, me sentía muy afortunado de estar ahí y poder ver esa realidad con mis propios ojos.

p1030903Paramos en Princetown, el pueblo más grande de la comarca y, ahí, el guía nos comentó que la población está desesperada con la cantidad de koalas que habitan en la zona. Vas andando tranquilamente por la calle y, entre las ramas dep1030885 los árboles, hay cientos de estos mamíferos tan peculiares. El gobierno de Australia tiene que repoblar las zonas de eucaliptos porque, hay tantos koalas, que los árboles se quedan sin hojas.

Ver este animal en estas circunstancias me hizo mucha ilusión porque, cuando llegué a Australia, no sabía que eran animales salvajes y pensaba que sólo los vería en el zoo.

En fin…observamos a los “hijos del eucalipto” y, al cabo de unos volantazos de autocar, llegamos al parque natural de los Doce Apóstoles. ¿Por qué se llama “Doce Apóstoles”? Porque son formaciones rocosas que están en las orillas de las playas y, hasta hace unos años, había doce. Con el tiempo y la erosión, algunas de estas gigantescas rocas han cedido y, ahora, solamente quedan ocho. Y no tengo palabras para describir lo que pude ver ese día: rocas gigantescas en forma de bahía con unas erosiones y unos acantilados impresionantes.

p1030942p1030989p1030970p1040003p1030978

La belleza natural era tan extraordinaria que salimos descompuestos del parque natural. Subimos, otra vez, al autocar y fuimos haciendo ruta para volver a Melbourne. A medio camino, cuando todo el mundo estaba durmiendo, el conductor nos avisó que estábamos pasando uno de los incendios de Victoria, que aún seguía activo. Las fotos de a continuación no tienen nada que ver con un atardecer, eran las cuatro de la tarde:

p1040018p1040023

Llegamos muy tarde a Melbourne pero aún teníamos fuerzas para ir a la fiesta de cumpleaños de Guy, el chico que junto a Raphael, había conocido en la fiesta china del miércoles. Me cambié las “bambas” y me puse zapatos, la sudadera pasó a ser camisa y, el ambiente natural del día, se convirtió en una fiesta de luces y música. Todo el mundo estaba ahí: Raphael, Ghoa, Maria, Chan…

¡Qué gran día!

h1

Como en casa

marzo 27, 2009

melbourne3Hacía días que no dormía tan bien. Era ya de día y el olor de té verde inundaba la casa de Raphael y Chan.

Acabé de guardar mis enseres y me senté en la mesa del comedor donde los asiáticos estaban leyendo la prensa del día. “Podríamos ir a dar una vuelta hoy” – dijo Raphael. “¿Has estado en el mercado de Melbourne?” –“No, nunca” – le contesté. Y me estuvo contando que el mercado estaba construido encima de un cementerio y, conforme iban ampliando las paradas de comida, iban sacando tumbas, sarcófagos y los tiraban al río. “Ah…interesante” – pensaba.

p1030807Salimos de la casa y el día era muy soleado. Tomamos el tranvía hasta el centro de la ciudad y, después de andar por avenidas y calles, llegamos a un mercado cubierto muy grande. En la entrada había como un collage con cerdos, vacas y animales de granja que me encantó.

Sí, el mercado era una pasada y tenía un toque europeo clásico muy p1030809 logrado: paraditas de cerámica, comida internacional y calidad extrema. El ambiente también era muy agradable y, parecía que todo el mundo que paseaba por ahí, estaba de buen humor y contento. Rematé la faena con un Hot Dog mientras Raphael comía comida china (sólo come chino) y se iba a trabajar.

Por la tarde, aprovechando que estaba solo, me fui a tomar unos cafés, compré unas guías de viaje (para situarme un poco más) y reservé un tour para el día siguiente. Chan, el compañero de piso de Raphael, me comentó que, en el sur del estado de Victoria, hay una ruta de océanos y de formaciones rocosas impresionantes. Y claro, como había estado varios días en Melbourne, decidí hacer una visita a la naturaleza.

Llegué de nuevo a casa de los chicos, tomé una siesta merecida y, por la noche, estuve haciendo gestiones viajeras en Internet. De repente, la puerta principal de la casa se abrió y entró Chan con un amigo suyo. –¡”Marc, hemos comprado vino”! – dijo muy sonriente.

Los tres nos sentamos en la mesa del comedor, pusimos música y atenuamos la luz para hacer que el vino fluyera con encanto. Y ese encanto no duró demasiado porque teníamos que levantarnos a las 6 de la madrugada para irnos de excursión. ¡Qué guay, eso de hacer excursiones…casi lo echaba de menos!

h1

La habitación del pánico

marzo 26, 2009

Esta mañana me he despertado de mala gana: tenía que hacer el check out demelbourne2 este hotel, al cual ya me había acostumbrado, e ir a St Kilda (el barrio donde están las playas de Melbourne). Con la cara marchita, reflejo de una noche larga, mi mochila y yo bajamos a la recepción para hacer la pregunta del día: -“¿Han cancelado alguna habitación para hoy?”. El conserje se sacó las gafas, miró hacia arriba y con cara de bibliotecario dijo: “-No”.

p1030806Pues no me quedaba más remedio que hacer ruta con la mochila. Fui a desayunar un poco de muesli en polvo y, con la calma, tomé el tranvía número 16 para dirigirme a las playas. ¡Qué tranquilidad de mañana, por eso! El tranvía estaba casi vacío y, como era primera hora, la panorámica era bastante agradecida: sol saliendo, empresarios yendo a trabajar, escolares…

Al cabo de un rato, los rascacielos se convertían en casas bajas. A la derecha se podía ver un mar muy azul y, a mi izquierda, un parque gigantesco. De pronto, unos ruidos aparecieron de la nada: “¿Qué es eso?” – me preguntaba mirando por la ventana del tranvía número 19. El sonido era cada vez más fuerte y , p1030848en la siguiente estación que paramos, más de 30 personas entraban al tranvía. “Ahhhhh, son los colaboradores de la Fórmula 1 y los sonidos, son los coches que deben estar haciendo pruebas”. Pues sí, ya sabía que el parque donde se celebra el “Grand Prix” estaba cerca de las playas, así que no faltaría mucho para llegar a St Kilda.

“Acland Street!!”….”Acland Street!!” – decía el conductor del tranvía. Todo el mundo se bajó así que, guiado por la imitación, yo también lo hice. Llegué a una calle abarrotada de restaurantes y bares, saqué la guía y, como pude, empecé a buscar el hostal que había reservado para tres noches más. Y venga subir calles y más calles pero el hostal no aparecía en ningún sitio hasta que, harto de las confusiones, entré a una ferreteria regentada por ust-kitts-palmsna mujer sin dientes. –“Perdone, ¿sabe dónde está esta calle? – le dije a la “mellá”. La mujer, sin pronunciar una palabra, levantó la mano y me señaló a hacia la izquierda de la calle. Y subí por unas cuestas hasta que, a la altura de un bosque, aparecía una casa casi en ruinas. “Este debe ser el hostal” – pensé. De hecho, no esperaba más porque, como dije, toda la ciudad estaba completa por el tema de la fórmula 1 y el único hostal con disponibilidad era este.

Llegué a la entrada, mantuve la respiración y abrí la puerta. – “Buenos días, tengo una reserva para hoy” – le comenté a una joven con aspecto irlandés. “Sí…eres el chico mexicano, ¿verdad?” – me dijo. –“Pues no”- me llamo Mark Highville y tengo una reserva para hoy. Yo ya sabía que el supuesto “chico mexicano” era yo pero quería comprobar hasta dónde llegaría la conversación. La “pocas pecas de la puebla” se me quedó mirando, subió los hombros, abrió la boca y, con un toque de indignación visto en sus ojos, dijo: “Well, from Spain…”, como si fuera un estado de México. “Que sí, venga…que me des las llaves” – pensaba. La mujer me entregó las llaves y, qué sorpresa, cuando abrí la puerta de mi habitación: doce camas repletas de ropa usada, envoltorios del McDonald’s, toallas mojadas y, en un rincón, dos niñatos blancos y pecosos bebiendo cerveza. –“Perdón, ¿sabéis cuál es mi cama?” – les pregunté. Y con mala cara dijeron: “no”.

“Pues hasta aquí hemos llegado”. Bajé a la recepción, hice el check out sin reembolso y me fui a la calle. De hecho, prefería dormir en la calle o en la playa, antes que en ese zoo británico.

Me fui con mala leche del hostal, no os diré que no, así que me senté en una cafetería donde ahogué mis agonías en un té. Y, mira la vida qué sabia es que, en ese momento mi móvil sonaba: “- Marc, soy Raphael (el camarero de la fiesta de las chinas). Oye, ¿vas a venir a mi casa o no?, que he estado limpiando y todo”. –“Sí, sí…en un par de horas estoy ahí, pásame la dirección” – le dije.

p1030857Ya que estaba en la zona, me di una vuelta por la playa y, seguidamente, tomé el tranvía para regresar a la ciudad. Una vez en el centro, tomé otro tranvía y, siguiendo las direcciones, llegué a casa de Tete. Llamé al timbre y otro chico abrió la puerta: “Hola, soy el compañero de piso de Raphael, adelante hombre!!”. Y, entré en una casa baja repleta de cosas chinas: teles, comida, periódicos…Al final de todo estaba Raphael preparándome el sofá cama: “Bienvenido a mi casa”. Y nos pasamos el resto del día tomando té, aprendiendo chino y mirando películas. ¿Quién me iba a decir que acabaría en una casa china en el norte de Melbourne con gente que había conocido horas antes? Un ejemplo más para creer en la bondad del desconocido.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.