Si hay un día en la semana que, sin lugar a dudas, detesto, ese día es el domingo. El aburrimiento, las caras largas, el “nada qué hacer” y las actividades, especialmente programadas para ese día, son aburridas y me entristecen. Nunca he podido soportar el séptimo día de la semana y, conforme éste avanza, el DLM (Depresión Lunes por la Mañana) es una realidad más y más obvia. Desde Nueva York a Paris, desde Nueva Delhi a Tokyo, los domingos siempre han sido, eso, domingos. Especialmente los soleados son los más odiados y, encima, si cambian la hora…ya ni te cuento!. Cines, teatros, bares baratos, parques llenos de una humanidad perdida en un día, que tiene hasta un nombre feo: domingo.
Y, en Melbourne, el día no tiene porque ser diferente. Raphael me despertó sobre las 11 de la mañana porque, con sus amigos, siempre se reúnen este día para hacer un “Brunch” en un cafetería que, por supuesto, está en la otra punta de la ciudad. Tomamos un tranvía lleno de chándales y bolsas oculares para trasladarnos a la zona de Parrah, un barrio un poco bohemio, al sur de la ciudad.
Llegamos a una tasca de madera llena de personas con gafas de sol y, una vez dentro, esperamos a que sus amigos llegaran. En primer lugar, llegó Steven, un joven de Singapur que hacía tiempo que vivía en Australia. Más tarde, una chica vietnamita y su novio de Melbourne también se aposentaron en la mesa y luego, al cabo de unos minutos, un joven de aspecto hindú también se acomodó con nosotros. “¿Ya estamos todos?” – dijo Raphael. Y, en ese momento, todo el mundo empezó a pedir platos sin mirar la carta. Al parecer, cada domingo del año, este grupo de gente se junta en el mismo bar y están ya tan acostumbrados, que se saben hasta el número de patatas fritas biológicas que ponen en las raciones. La camarera, harta de su propio ímpetu, llenó la mesa de platos naturales, ensaladas con rúcula, “frucos” para fitness, comidas con vegetales crudos, fruta pelada. Yo, en la otra punta de la mesa pensando: “¿Cómo os vais a comer toda esta basura natural, hijos del tofu!?” Encima, como no sabía lo que eran los platos, pues
yo me pedí una hamburguesa con salsa de ricino y patatas refritas. Cuando llegó mi plato de obeso, la gente hizo un pequeño movimiento de cabeza para observar todo la insalubridad que me había pedido. “Tiene buena pinta” – dijo la chica de Vietnam frente a un plato de yogur con muesli y, sin preguntar, empezó a coger patatas fritas. “Ay, yo también quiero unas patatas fritas” – dijo Raphael…Y, al final, la mesa fitness empezó a retomar un rumbo más ranchero. Personalmente, yo creo que se juntan cada fin de semana para demostrar quién es el más sano de todos y, cuando llegan a su casa, se hinchan a ganchitos y a platos preparados congelados.
Salimos de la tasca con un objetivo unánime: me tenían que enseñar el jardín botánico de Melbourne :S. Tomamos una calle muy estrecha y, en pocos minutos, llegábamos a los pulmones de la ciudad. Al lado del parque estaba el circuito de Fórmula 1 y, entre el ruido de los coches, los acentos chinos de Raphael y sus amigos, más el viento, hacía que sólo entendiera el 30% de las conversaciones. Sin embargo y, por primera vez en mi vida, estuve muy a gusto observando la flora que escondía ese parque: lagos salados, panales de abejas, plantas paradisíacas… La visita terminó en una pequeña siesta popular, en una de las orillas del lago mientras los últimos rayos de sol se reflejaban en el agua.
- “Por qué no vamos al cine?” – dijo Raphael. Salimos del jardín botánico y
nos dirigimos a un centro comercial, cerca del restaurante donde habíamos hecho el “brunch”. Como no sabía qué película ver, dejé que los demás decidieran y, al final, vimos un film de Julia Roberts, que se llama “Duplicity”. Bastante entretenida, la verdad.
Los domingos en Melbourne no varían mucho pero, al menos, he estado con gente local y he explorado cómo los melbourneses viven este día. Tanto hablar mal y, al final, me sumerjo en el tópico dominical.






















