Era mi último día en mi pequeña habitación número 30 de little Collins St. Mañana, al haber el Grand Prix de Fórmula 1, los hoteles de la ciudad estaban abarrotados y yo tenía que trasladarme a St Kilda, un barrio de Melbourne con una playa muy apetecible y, curiosamente, al lado del circuito de F1. El problema del hostal que había reservado era que, al estar casi lleno, sólo había dormitorios para veinte personas y, la verdad, es que no me apetecía demasiado.
Estuve toda la mañana lavando ropa y haciendo reservas en un cibercafé de una calle comercial. Luego, más tarde,
fui a tomarme un café y a comprarme el “TimeOut Melbourne”. Empecé a mirar las fiestas que tomaban lugar, esa misma noche, en la ciudad y, entre muchas, hubían dos que me llamaron la atención: “Fiesta Asiática” en Hohn Street y “Techno Fest” en otra calle cercana a la otra fiesta.
Yo, acostumbrado a los horarios de la aldea, me fui a cenar a las siete de la
tarde. Entré en un restaurante griego, me tomé un buen gyros completo y, al terminar, fui a buscar algún bar para poder establecer algún tipo de comunicación con alguien. Pero, ¿cuál fue mi sorpresa? que, cuando salí del restaurante, el resto de la ciudad aún no había decidido ir a cenar. Eran las 20.30 y, por supuesto, ni los bares habían abierto. Contemplando el panorama y, teniendo en cuenta que la escala de los mapas es muy grande, decidí ir andando al “technofest” que estaba a unos cuatro km. -”Voy andando y así hago tiempo” – me dije a mí mismo.
Y, ¡vaya si hice tiempo!. Iba andando por unas calles oscuras, que parecían la Zona Franca. No sé cómo no me di la vuelta y me fui a mi hostal, pero bueno, había tardado mucho en llegar y ya no merecía la pena. Al final de la calle había como un hotel con dos gorilas trajeados y maqueados: se trataba de la fiesta techno. Desde fuera se oiá: “pum pum pum” y, a través de la ventana, todo eran colores y focos. Y, yo, como el que no quiere la cosa, fui a cruzar la puerta y….-”la invitación, por favor”, -decía el gorila con voz de fumador.. Y yo, súper indignado: “…a ver, si vine la semana pasada y nadie me pidió nada…” Pero no coló porque, al mirar a mi alrededor, me di cuenta que todo el mundo llevaba invitación menos yo. Quedé tan mal, que me fui apartando de la cola hasta desaparecer por la esquina de la calle, haciendo que me estaban llamando al teléfono. -”Con lo que me ha costado llegar hasta aquí y, ahora, me quedo tirado. Me voy a la fiesta china, a ver qué tal…” – me dije, mientras me volvía a poner los auriculares.
Y, venga…más calles negras, las calles vacías pero, al final de una calle ancha, se podían intuir formas humanas y colores rojos. Y, bueno…fui andando y andando hasta toparme con una portería y, en el interior, había una joven asiática. -”¡Hola!, ¿Cuánto es? – le pregunté. Y, ella, sonriendo me dijo: “10 dólares, ¿de dónde eres?”. “-Soy de Barcelona” – contesté. Y, en ese momento, cuando iba a pagar me di cuenta de que no tenía ni un maldito dólar. Y la pobre chica me explicó como llegar a un cajero automático, al lado de una gasolinera en la otra punta de la calle. Salí, crucé, saqué, volví y pagué y, como ofrenda, la chica me dio una pulsera. “Toma, para que tengas buena suerte en tu viaje” – me dijo sonriendo.
Agradecido y consentido, entré en el bar. Se trataba de un bar no demasiado grande con una barra en el fondo, un pequeño escenario a mano izquierda y pequeñas mesas alrededor.Al final de las mesas había un pequeño jardín iluminado con luces de colores para, no sé, tomar el fresco o fumar. Por supuesto, la clientela era mayoritáriamente asiática y el ambiente que se respiraba era, francamente, amigable. Fui diréctamente a la barra y pedí un Long Island al camarero. En ese momento me di cuenta que había perdido la pulsera que me había regalado la chica que daba los tickets y empecé a mirar por el suelo. – “Empezamos bien” – pensé. -”¿Buscas algo?” – me preguntó el camarero.- “Sí, una pulsera que me ha dado esa chica” – le contesté. Y él, al verme cara de preocupación me dijo: “Si la veo ya te la daré, tómate el Long Island que pierde las vitaminas” – contestó. “Me llamo Raphael” – me dijo el jóven asiático. Le agradecí la ayuda y me fui al jardín de las maravillas. Y digo maravillas, no por la variedad botánica que había, sinó por los personajes que encontrabas por ahí: en primer lugar había una mujer con la cara roja y vistiendo una bata de “estar por casa”, tomándose Jack Daniels en lata. La observé claro y, al ver que la estaba mirando, me devolvió la mirada cerrando la boca y poniéndola en forma de o sin apartar la mirada. “Vaya panda de frikies hay en este bar” – iba pensando mientras cruzaba el jardín. Más al fondo había un par de “McNates de pollo”: los típicos “quiero y no puedo” que se creen que, poniéndose un traje, son los reyes de la galantería y el buen gusto. Menos mal, que al fondo del jardín, había dos chicos y una chica que parecían, más o menos, terrícolas. “Hola, ¿cómo va la noche?” – dije con una sonrisa que me salía de la médula. “Ay, pues muy bien” – dijo uno de ellos. Y estuve hablando con ellos durante un buen rato: Guy, de Nueva Zelanda; Maria, de Melbourne y, otro chico del Vietnam. Lo más fuerte de todo es que, cuando mencioné que era de Barcelona, Guy (el chico neozelandés) se me quedó mirando y me dijo: “no puede ser…”. “He estado viviendo en Vic durante 6 meses”. Y, yo: – “¿En Vic!?!?!?!”. Mira, me esperaba de todo esa noche: borrachos, frikies, hablar con gente diferente a mí, pero no…¿cómo me puedo encontrar a una persona neozelandesa, en una fiesta china en las afueras de Melbourne que me dice que acaba de volver de Vic?!”. Y, en ese momento, empezamos a hablar de anéctodas del día a día y tal…Al final, me invitó a su fiesta de cumpleaños que era el viernes por la noche!. “Pues Marc, ¿podríamos ir?” – me dije. “Vale, vamos” – me contesté.
De repente, en las inmediaciones de mi tercer Long Island, una avalancha de rodillas salía del jardín. – “Qué pasa???” – me preguntaba. “Empieza el baile” – me dijo Ghoa, el chico vietnamita. Entramos todos al bar y todo el mundo estaba mirando el escenario con expectación. La clientela estaba ahí: Raphael, el camarero, que ya me estaba preparando otro cocktail; la frikie con bata que me invitó a una lata de Jack Daniels; los McNates de pollo y, por supuesto, los chicos que acababa de conocer. Y, de golpe…- “¿¿¿Qué es eso????. Un grupo de enanas con trajes regionales salían a bailar en plena pista. Todo el mundo aplaudiendo y gritando: “Tuesday, tuesday!!!!” (el día de la semana que era). Yo ya no sabía si era todo un sueño o una realidad decadente. La segunda opción es la que había tomado más fuerza y, no tuve más remedio que unirme al griterío y a los aplausos. Acabó el espectáculo y empezó la noche: las canciones dance chinas inundaban el bar y, nosotros (mis nuevos amigos y yo) nos movimos hacia la barra. Raphael, que lo bauticé como Tete, ya no nos cobraba las bebidas y también lo invitaron a la fiesta de cumpleaños de Guy, el chico neozelandés. Les expliqué que, al día siguiente, tenía que desplazarme a otro hotel en la playa porque la ciudad estaba llena y Tete me dijo: – “Vente a mi piso, que vivo cerca del centro y sólo estamos mi compañero de piso y yo”. Y, yo…-”No hombre, que me sabe mal bla bla bla”. ¿Mañana te lo digo, vale? – pensé
Tocaban las 5 de la mañana y nos despedimos para vernos el próximo sábado en la fiesta de Guy. Yo, tomé un taxi hacia mi viejo hostal pensando que a las 10 de la mañana ya tenía que estar fuera. ¿Qué haré? ¿Voy a casa de Tete? ¿Me voy al hostal de la playa? ¿Me marcho a Sydney? …Ay…
























