
Aloha
abril 4, 20094 de abril de 2009. ¡Vaya día! o ¡vaya días! tendría que de decir… Esta
jornada va a ser muy importante para el resto de mi vida porque será el día que viví dos veces. Esta tarde, desde Sydney, tenía mi vuelo de once horas hacia Honolulu, Hawaii. Después del largo vuelo, llegaría a las 6 de la mañana del mismo día a las islas del Pacífico. ¿Por qué? Pues iba a atravesar el límite de la zona horaria mundial y, de esta forma, recuperaba un día entero. Como Willy Fog, pero con más pelo! ¡Ole!
No había nadie en Wallacia y me quedé durante la mañana preparando una mochila cargada de sentimientos: ropa usada, nuevas guías y gafas de sol de bajo presupuesto.
Aaron acabó de trabajar sobre las tres de la tarde y, cuando llegó a casa, me
ayudó a acomodar el equipaje en el coche y nos dirigimos al aeropuerto de Sydney.
El camino hacia el aeródromo se basó más en los paisajes que en las palabras. Todo se quedaba ahí, y yo empezaba una ruta lejos de Australia, lejos de mi casa y apartada de lo que, hasta ahora, había conocido.
Llegamos a la terminal internacional y Aaron, con su efusividad, se despidió nuevamente de mí: “Bueno…ya nos veremos en algún momento” – dijo sonriendo. Lo abracé, le agradecí todo lo que había hecho por mí, y mi realidad y yo entramos en el aeropuerto. ¿Os ha pasado alguna vez que perdéis de vista el mundo por unos minutos y estáis en algún sitio sin estar consciente de que estáis? Pues eso me suele pasar en los aeropuertos y, especialmente, mientras estaba en la cola de facturación me ocurrió… no sabía qué estaba haciendo y parecía un zombie sin rumbo.
Ya sin el monstruo en mano, subí a las puertas de embarque, me estamparon el pasaporte y me quedé delante del avión que me llevaría a Hawaii. ¡Por fin voy a tomar el Airbus 380! – me iba diciendo mientras veía el mastodonte desde las ventanas de la terminal. ¡Me hacia tanta ilusión coger el avión más grande del mundo que sólo pensaba en las fotos que haría dentro de él! Pero, mi gozo en un pozo porque cuando embarcamos, me di cuenta de que mi avión estaba detrás del Airbus y, lógicamente, no lo había visto porque el otro lo cubría. –“ffffff”- vaya miseria de avión – pensé. Y, nada, me senté al lado del ala y, poco a poco, me fui durmiendo con la revista de sudokus en mano.
Despegamos y tenía tres cosas en la cabeza: el maravilloso ocaso que se veía desde el cielo, la experiencia australiana y la desesperación de pensar que tenía que pasar 11 horas en ese aparato con el hombre más rancio del mundo a mi lado. Se ponía el dvd portátil, me miraba de reojo, cerraba los ojos, me volvía a mirar, pedía vino, dormía, me volvía a mirar y, cuando yo le miraba, hacía que dormía. Me estaba poniendo tan nervioso que le iba a decir: “¿le importaría cubrirse los oídos con los dedos a ver si revienta con la presión, por favor?”
Y, bueno, no sé que más contar de 11 horas de vuelo por medio del Pacífico:
sudokus, comida, sudokus, ipod, comida, tele, revista del avión, cuestionarios para la entrada de América, iPod, siesta, sudoku, agua, lavabo….y, así, hasta que en las pantallas del avión ya se veía algo más que mar: “Honolulu”. ¡Qué ilusión!
El avión parecía una fiesta gitana: “¡¡Tierra!!” – gritaba una mujer australiana. “Oh, my God!” – decían mucho de los pasajeros. Ya llegábamos a Hawaii y el avión, con unos movimientos bruscos, aterrizaba en el aeropuerto de Honolulu, antes llamado Pearl Harbour.
Para quien no lo sepa, Hawaii es el estado número 50 de los Estados Unidos y, lógicamente, pensé: “Seguro que al tratarse de una isla, los controles de seguridad son más “light”. Pero estaba equivocado.
Llegué a los mostradores de inmigración y ,un señor con cara de rabino, empezó a mirar mi pasaporte con cara de sorpresa: “Egipto, Rusia, Bahrein, Turquía” – iba murmurando mientras asentía con la cabeza. Pero lo que quería oir, lo oí: “Welcome to the United States of America” y ,con una estampada de sello en el pasaporte, salí a la terminal del aeropuerto.
¡Vaya aeropuerto! Nunca he visto una cosa igual en mi vida: es una catástrofe sesentera de madera con una arquitectura súper antigua y repleto de ventiladores por todos los mostradores. Las puertas automáticas de la terminal se abrieron y una humedad escabrosa me llenó las venas desde el cerebelo hasta el talón. –“Bienvenido a la Polinesia” – me iba diciendo mientras buscaba un autobús para trasladarme a Waikiki.
Me estacioné frente a una paradita, que parecía de pipas, y una joven morena me dijo: “Aloha”. Me esperé un ratito y, rápidamente, un autobús de la compañía Rogers Hawaii me trasladaba a la zona más playera de Honolulu.
Al final de una calle con muchas palmeras estaba el hotel que había
reservado. A esa hora, la gente vestía pantalones cortos, camisas hawaianas y se respiraba un ambiente muy playero e informal. Llegué a la recepción pero era demasiado pronto y me tuve que esperar en el Starbucks del centro de la ciudad. Parecía que las horas no pasaban pero, al menos, tenía una ventana para poder observar los movimientos de Honolulu: hay muchas tiendas, restaurantes con terrazas y, a cada dos pasos, tiendas que venden chancletas, cremas para el sol y patitos amarillos. “Esto parece Lloret a la americana” – pensaba. Pero no…todo cambió cuando fui a ver la playa que estaba cerca de la cafetería. El día era muy soleado, los surfistas ocupaban casi toda la orilla y, desde donde yo me ubicaba, parecía estar viendo una piscina enorme. “Nada más hacer el check in en este hotel, cojo la toalla y me tiro al agua” – me decía mi mente sin cesar.
Así que, a toda prisa, fui a ver si me habitación estaba preparada y: “Bingo!”, pude entrar a mi pequeña cámara. Me sorprendí mucho porque ésta era muy grande, con un baño súper chulo y con vistas, bueno…aceptables por el precio que había pagado. Pero el jetlag y el cansancio no me permitieron hacer nada más que dormir durante unas cuantas horas mientras, fuera, el sol iba anaranjándose y dejando que la noche se acaparara de Honolulu.
Eran las nueve de la noche cuando, a toda prisa, me levanté y me tomé una ducha veraniega. –“Al menos voy a cenar” – me dije. Me puse mi camiseta de St. Johns y, ¡ala!, a la calle. La vida nocturna por la capital hawaiana era una pasada: las farolas no existían y las luces eran solamente de gas, los restaurantes locales estaban llenos y, pude observar, que por las calles había mucha gente de este estado: morenos, un poco asiáticos y bajitos. Fui bajando una calle comercial y , al final de esta, encontré una parada que vendía comida tailandesa. Buenísiiima!
Había leído en la Lonely Planet que había un bar apartado del centro, que estaba bastante bien. Tomé el portante, entré por una calle repleta de cocoteros y me topé con una puerta de madera. La abrí y, en ese momento, entré en una especie de bodega donde estaban cantando karaoke. “Ay Dios” – pensaba un
poco intimidado. Pero nada…pedí un par de Coronitas y empecé a hablar con dos jóvenes americanas de Montana (Kimberly y su amiga Marjorie Williams). Al cabo de un rato, Mark, un chico de Hawaii se puso a hablar conmigo y resulta que, hacía unos años, había hecho un viaje parecido al mío. Y conforme pasaba la noche, conocí a Puna (otro chico de Honolulu), Yashi (de Japón) y, bueno…¡qué os puedo decir de los desconocidos!, lo que siempre
digo…Mark me regaló un collar de flores de Hawaii y, de viajero a viajero, me dio la bienvenida oficial al país. Se me quedó mirando muy serio y me dijo: – ” Toma, esto es un regalo de la tierra. Cuando se muera devuélvelo a ella (Aina) o al Mar (Kai). E komo mai”. ¡Me encanta!


Siempre vas con ese tal “portante” por todos sitios! XDD
Que chulo Hawai nene!
Me alegro que tuviste la oportunidad de experimentar el espíritu de aloha durante tu viaje a nuestras islas hermosas. !Disfruta el resto de tu viaje!