
Ela L.A L.A L.A
abril 8, 2009
Hoy podría haber hecho el récord Guinness del cansancio y de las pocas ganas. A las cuatro de la mañana, mi iPod me ha despertado con un remix del Chasis que tenía desde mi adolescencia más lejana. Sin abrir los ojos he hecho la maleta, me he despedido de mi pequeña guarida de Waikiki y, antes de tomar el autobús del aeropuerto, he llevado a cabo un hecho muy importante: he tomado el collar de flores, que ahora ya eran matojos, le he quitado las espinas y lo he lanzado a la ría que va a desembocar al mar. Era de noche y no había gente por la calle. Supongo, que si alguien me estaba viendo desde algún edificio o algo, habrán pensado: -“Mira, pobre…va a tirar las cenizas de algún familiar”. Me he sentado en la recepción a hablar con Mohammed y, en unos minutos, una furgoneta de Rogers Hawaii se paraba ante mí. –“Mark Highville” – decía un hombre con aspecto casposo. Me subía al último asiento de la furgoneta y el viaje tomaba una canción que salía directamente de mi iPod: “Please, don’t leave me” de Pink.
Y, con melodías rockeras iba llegando al aeropuerto-hospital maternal de Honolulu. Allí, un joven que parecía maquillador de cadáveres me decía que tenía que pasar por “Agricultura”.Y yo: - “Am I sorry”? Cuando se deja Hawaii y se va a Mainland (los Estados Unidos en tierra) te hacen unos controles extras para que no lleves nada que tenga que ver con la flora: arenas, tierras, flores, césped, musgos, carne de campo…para proteger la biodiversidad de ambas regiones. Así que, a los que prometí traer arena de Hawai, ahí se quedó.
El aeropuerto de Honolulu olía a cebolla hervida, no sé si por una reacción del queroseno o por una humedad calificada .Sin embargo y, ya acostumbrado a ese aroma tan característico, me tomé un buen emparedado de bacon con cebolla (valga la rebundancia) en el Starbucks Cuaffi.
Mi vuelo de Hawaiian Airlines estaba esperándome y, después de los típicos protocolos aeroportuarios, mi pesado cerebro y yo tomamos asiento. Próxima estación: “Los Angeles, CA”.
¿Por qué Los Ángeles? Pues, en primer lugar, porque era el vuelo más barato
para cruzar el pacífico y llegar a los Estados Unidos. Cierto es que me atrae más San Francisco pero, cuando vivía en NY, ya hice una escapada a la ciudad con mi amigo Papo de Suecia y ahora, pues la verdad es que quiero ver cosas nuevas. ¡Qué recuerdos San Francisco, por eso…!
Estuve durmiendo tantas horas en el avión que ,llegó un momento en que hasta la azafata me despertó para ver si estaba aún con vida. –“Chicken Burrito?” – me preguntaba la joven. “Yes, of course madam” – le contesté. Me comí el burrito que parecía de la marca Boomer y, de nuevo, me volví a dormir como un feto.
Con los movimientos bruscos me volví a despertar y, ahora sí, se veía tierra. Me incorporé al asiento y, mirando desde la ventanilla, sólo pude decir: “¿Qué esta patraña?”. No os imagináis cómo se ve Los Ángeles desde el cielo: una especie de telaraña cuadriculada y enorme con una autopista que pasa por el centro. –“¡Qué poco me va a gustar esta ciudad” – iba pensando observando la pobreza urbanística.
Sudado y chorreando de aburrimiento salí a LAX y vi la famosa escultura del aeropuerto que, por suerte, estaba en obras. –“Si esta escultura es una referencia de la ciudad, no quiero ni saber cómo será lo demás” – iba pensando por el exterior de la terminal de llegadas.
Como no sabía cómo iba a ir a la ciudad, decidí coger un Super Shuttle, que son unas furgonetas que, desde el aeropuerto, te dejan en la puerta del hotel por un precio razonable. Pero, como no, mi entrada a Los Angeles fue en hora punta y estuve más de dos horas del aeropuerto al hotel que había reservado en el oeste de la ciudad. Empezamos a cruzar Hollywood, los famosos bulevares y entramos a la calle Vein, donde estaba mi hotel. Supuestamente estaba en el centro de la ciudad pero la imagen era deplorable. Si creía que Toronto se llevaba el número 1 de ciudades horribles, lo que había visto de Los Ángeles, aún lo superaba más. Mi calle céntrica no era más que un paseo gris con polígonos industriales, naves y restaurantes rápidos. Era el Poblenou de California, pero con Mcdonald’s.
La gente que paseaba por la zona no era de “lo más” tampoco. Yo me esperaba ver glamour, vestidos de cola, smokings y celebridades pero, lo que realmente había eran ancianos con el pelo amarillo y largo hablando solos, afroamericanos con las piernas amputadas y con parches en los ojos, mujeres de la vida (o de la muerte, no sé), tullidos, exmilitares de la guerra del Vietnam…En ese momento, me acordé de Mark de Honoulu. Él había vivido en esta ciudad durante cuatro años y me advirtió que cogiera taxis por las noches porque la zona de Hollywood realmente estaba llena de estrellas, pero no de las que pensamos. “(con efecto de eco) Ten cuidado en Los Ángeles, jovencito!
Hice el check in en un motel típico súper chulo: una habitación amplia con una
cama gigantesca y una mesa para escribir por las noches. Me acomodé y, como estaba muy cansado, decidí ir a buscar algo para cenar y quedarme ya en el hotel. Aquí empezaba otra aventura:
Salí dispuesto a tomar algo rápido pero, más o menos sano. Como todo eran McDonald’s y Kentuckys, decidí ir a un establecimiento al otro lado de la acera: “El pollo loco”. Y en ese restaurante, plagado de hispanohablantes, me sirvieron m
ejor que en ningún sitio del mundo porque hablaba en español. Me llevé el pollo en una bolsa de plástico con una Coca Cola en la otra mano y salí de nuevo a la calle para dirigirme, de nuevo, al hotel. Y, bueno, los transeúntes me paraban por la calle y maldecían mi existencia. –“Ay señor… pues entraré en este supermercado que hay aquí, y así la gente se pensará que soy de la zona. Y, ya que estoy, aprovecharé para comprar mayonesa Hellmans y café” – pensé decididamente.
Y cuando entré al “Giant Dollar” no os imagináis. Se llamaba así porque todos los productos valían 99 centavos y, como había muchas cosas, pues empecé a coger pan, cafés, la mayonesa….y, tanto cogí, que se me cayó todo por el suelo: los panes, la mayonesa, un galón de leche, el pollo y la Coca Cola. “Oh
my God, you’re a mess” – dijo una mujer blanca, sin ningún tipo de mala intención. Pero Grasiela, que previamente me había vendido el galón de leche, se indignó mucho con el comentario de la caucásica: “Tu lo que ere e una blanquinussa ajkerossa que no sabe lo que dise, como si lo demá no fuerang perssona. Ajkerossa blanquinussa” – iba renegando mientras mascaba chicle sin parar. La otra, por supuesto, ajena a todo lo que decía, abrió la puerta y salió del supermercado como si estuviera oyendo gatos.
Salí del establecimiento e intenté cruzar los semáforos en rojo para llegar rápido a mi hotel. Una vez dentro de la habitación cerré los pestillos, las ventanas y me preparé un baño y un café. Me senté en la mesa, puse “American Idol” en la tele y me comí mi pollo loco. TeLA.


Papito es una blanquinussa! jejejejeje mayonesa hellman’s o best food!
L.A L.A Tuturúúú tuturúú!!! jajajajaja
Papito es una blanquinussa!