
El día que decidí visitar las letras de HOLLYWOOD
abril 9, 2009Hoy me siento como un ángel. He descansado tantas horas que, hasta mi
cerebro, está ligero como una esponja.
-“Hoy toca visitar Hollywood, Marc” – me decía mientras me peinaba la cabellera con la mirada perdida, sentado en una silla y mirándome al espejo.
Salí de mi motel y empecé a subir la calle Vein, más allá del Pollo Loco. Y, de pronto: “Vaya…aquí está enterrada Audrey Hepburn” – me dije al ver una lápida en el suelo con su nombre…Pero, ¡NO!…Sin saberlo, me topé con el Paseo de las Estrellas y, bueno, no os cuento las horas que me pasé mirando y mirando nombres. Además, siempre había creído que estas estrellas estaban en una sola calle, pero hay como seis ó siete calles con ellas. El chico de recepción
me advirtió que no me quedara demasiado atento mirándolas calle porque algunos transeúntes se aprovechan del despiste ajeno para hacer jugarretas. Poco a poco fui llegando al meollo de Hollywood Boulevard y, tal como había pensado, no me gustó nada. El tema de las estrellas está bien pero, a parte de eso, todo lo que hay alrededor es un desastre: pobreza, tiendas cerradas y abandonadas, marabuntas de guiris de agencia y más naves industriales. Bueno, me hice las
fotos pertinentes con mis ídolos y seguí bajando esa calle hasta llegar al teatro Kodak, donde se celebran los “Óscar” cada año. Bueno, el teatro está bien y, por dentro, puedes ver columnas con los años y las películas ganadoras. Me aseguré que en 1998 estuviera Titanic y, ya convencido, seguí con mi ruta estelar.
Al final de la calle, en lo alto de una colina, pude ver las famosas letras blancas de Hollywood. –“¡Qué bien! No parecen estar muy lejos. Intentaré ir subiendo a la colina a ver qué tal se ve desde más cerca”. Y, nada, pasé por Capitol Records, casas de música, estudios de grabación, estudios de cine y me encontré con una calle con pendiente. Fui subiendo, crucé por debajo de la autopista enorme que cruza la ciudad de Los Ángeles y, de golpe, llegué al barrio de
Belair. Iba siguiendo una callejuela con curvas que cada vez se hacía más estrecha. Casi ahogado de las subidas, empecé a ver más y más mansiones con sus jardines, parques privados, fuentes…¡Cómo cambiaba todo en un momento! Seguí subiendo aún más pero no veía las letras de la ciudad por ningún sitio. “Debo estar debajo, por eso no las veo” – pensaba, iluso de mí. Y, conforme ascendía, más lujo veía. Luego, llegó un punto que las cosas ya no estaban tan pegadas y sufría por estar en alguna propiedad privada ya que los vecinos de la zona me observaban cuando me veían paseando por ahí.
Finalmente, cuando el paisaje ya casi era totalmente verde, se abría ante mí un especie de camino de cabras lleno de matojos. –“Cómo voy a entrar por aquí? – pensaba con los auriculares puestos. “Bueno, ya que he llegado hasta este punto, ahora no me puedo echar atrás” – y tomé el camino. Y, conforme avanzaba, todo iba tomando un color más y más verde: estaba en medio de un bosque mitago. Apartaba arbustos, plantas y empecé a andar más y más rápido porque la situación me empezaba a resultar incómoda. “Tssssssssss” – oí de repente. No os podéis imaginar cuando empecé a ver serpientes negras en medio del camino. La reacción fue inminente:empecé a correr campos a través con uno de los auriculares colgando hasta que los
arbustos desaparecieron del paisaje. Ahora, eso sí, estaba en una montaña y, al final de los árboles, aparecía un pantano de grandes dimensiones. Parecía que otro camino llevaría a algún sitio, así que lo seguí y, al cabo de unos veinte minutos más,
llegaba a la cima y podía ver el letrero de Hollywood. No estaba tan cerca como me esperaba pero, al menos, lo estaba un poquito más. Estaba en un especie de mirador y, a mi lado, había dos chicas asiáticas que habían subido en coche desde la ciudad. –“Pues yo he subido andando y me he encontrado hasta con
serpientes”- les mencionaba con cara de pena. Pero no, las hijas de Satán, no se ofrecieron a bajarme en coche y, como no había otra forma, tuve que dar la vuelta y hacer todo el macrorecorrido que me había ocupado casi toda la mañana. Me puse mi música, esta vez The Ronettes y, sin pensar en serpientes, atravesé el pantano, el bosque, el camino de cabras, las mansiones y llegué al centro de la ciudad.
Estuve descansado durante toda la tarde y, ya entrada la noche, decidí ir a ver qué tal eran los bares en la ciudad. Ya había anochecido y, saltándome todos los protocolos de seguridad, tomé el portante y me dirigí al oeste de Hollywood a través de la Avenida de Santa Mónica. Las vistas urbanas no habían cambiado demasiado: los mismos descampados, la misma oscuridad…pero,conforme iba andando, los polígonos industriales se convertían en bares y restaurantes de categoría. De repente y cuando menos lo esperaba, unos flashes destacaban entre la oscuridad de la noche. “¿Qué es eso? – me preguntaba mientras aumentaba la velocidad de mis pasos. En la entrada de un restaurante, había un grupo de paparazzis haciendo fotos a una cosa rubia que no podía ver desde la distancia. Y, en eso que dos chicas, rubias también, pasaron por delante del meollo y dijeron con mala cara: “Oh my God, it’s Paris”. Y, yo, la primera noche que no tomaba la cámara de fotos conmigo, y resulta que me encuentro a Paris Hilton posando para una fiesta privada. Bueno, supongo que era ella porque habían millones de personas observándola y era imposible ponerle rostro a la figura pero, lo único que sé seguro, es que la joven rubia, tenía un ojo más cerrado que el otro. Tenía que ser ella.
Seguí con mi andanza hasta que encontré un bar con terraza que parecía chulo. Enseñé mi carnet de Nueva York para pasar desapercibido y, cual topo, me colé en una fiesta.
La mejor de las sorpresas fue al pedir la primera copa de la noche. “Hey, can I get a Scotch with Coke?” – le dije a una joven promesa del cine. Y, la chica, con aspecto de camarera estúpida me respondió con: “¿de dónde eres?” Y yo: “pues de BCN” Y ella: “Explícame que haces aquí”. Y yo: “pues bla bla bla”. Contando que el bar estaba lleno de gente y que la chica estaba solamente por mí, pues dijo mucho de la señorita y de los tópicos de “rubia camarera, aguántante y espera”. Además me invitó a las copas y eso, eso jamás me ha pasado en América.
Empezaron a sonar canciones pops comerciales y me fui a la pista de baile que, en ese momento, estaba revententada de gente. Sin comerlo ni beberlo, unos jóvenes argentinos, residentes en Los Ángeles se acercaron a mí y me empezaron a hablar. Estuvo muy bien, la chica hacía mamografías en un hospital y el chica era radiólogo. Más tarde, conocí a otro amigo suyo que trabaja en la morgue de California y, cuando el grupo se hizo más grande, pues salimos a la terraza para que nos diera el aire fresco. Anne me invitó a una fiesta el sábado por la noche: “Puedes comer gluten y frutos secos?” – me preguntó. “Pues sí, por?” – le dije extrañado. “No, es que al ser doctora, cuando hago una fiesta siempre pregunto estas cosas para los ingredientes de la cena” – me dijo en un tono muy benevolente. –“Bueno, nos vamos que ya cierran” – dijeron todos. –“¿Cómo que ya cierran? Si es una discoteca”
– les contesté extrañado. Y, en ese momento, todo el mundo se partió de carcajadas. –“Amigo, en Los Ángeles todo cierra a las 2” – dijeron los argentinos. Pues bueno, no me quedó más remedio que coger un taxi, porque creo que había andando demasiado, e irme a ver “el tiempo” y a dormir a mi motel. Tampoco estaba de más.


A mi me invitana una fiesta y me preguntan lo del gluten ya no voy….
Pooobreee mi amigo caminando solo por las montañas con las serpentinas por ahi en medio..y encima las chinescas no te bajaron!!!