
La Utah que los vio nacer
Abril 18, 2009
La decisión de ir a Salt Lake City tengo que remontarla a mi infancia más remota. Siempre me había atraído la Ciudad del Lago de Sal, en un estado perdido al este de los Estados Unidos. De hecho, la primera palabra que aprendí de pequeño fue “Saleisiti”.
Utah es uno de los estados más conservadores de América. El 80% de la
población es mormona y, ellos, los mormones, entre otras cosas no pueden fumar, ni tomar alcohol ni café ni nada que altere el estado de una persona. El tema del alcohol pues también tiene su cosa: para consumir en los bares, el dueño o alguien del bar que sea miembro, te tiene que patrocinar para que tengas la libertad de beber. A todo eso, a partir de la 1 de la madrugada, ningún bar ni ningún club podrá servir más alcohol. ¿Qué pasará?
Iba yo pensando en estas cosas en el Greyhound y, de repente, el autocar paró en plena noche:- “Tienen 20 minutos” – dijo el conductor gritando. Yo, que no había ni visto el paisaje exterior por la falta de luz, bajé con mi camiseta y con la cartera. –“¿¡Pero qué es esto?!!” – me decía mientras mi organismo se iba congelando por segundos. El exterior estaba completamente blanco, todo nevado y hacía un frío horrible. Corriendo con la camiseta fui hacia una
especie de tienda de madera pero, cuando entré ahí, lo que había era aún peor: cabezas de alces disecadas, ciervos enteros y descerebrados en la entrada de la tienda y, absolutamente todo, olía como a rancio, como a libro antiguo. ¡Ay, Dios! – acabo de llegar a la América profunda – me dije consternado por el olor. Suerte que me compré un café fresquito que me lo bebí a bordo, mientras esperaba que las ocho horas pasaran de una santa vez. La chica de al lado, que debía tener un problema con el líquido del equilibrio, se iba tumbando hacia mi lado hasta el punto que tuve dos experiencias sensoriales: el pelo que me estaba entrando en la boca y el olor a “Fructis” que inundaba su larga cabellera rubia. -”Al menos, para ser mochilera, no huele a calle” – pensé.
“Salt Lake City…Salt Lake City” – no paraba de gritar el conductor. Yo, con la
cara pegada a las cortinas, bajé como pude del autocar y tomé la maleta. Estaba muy desconcertado y desconcentrado pero, bueno, ya me había estudiado los mapas de la ciudad y ya sabría por donde ir y cómo moverme.
Eran las siete de la mañana en Salt Lake City, el autocar arrancó para seguir su ruta y, yo me quedé en el medio de la nada: “¡Qué hago yo aquí?” – iba pensando mientras abría la maleta para coger sudaderas y taparme para protegerme del frío del norte.
Era muy pronto por la mañana y, obviamente, no podía entrar en el hostel hasta las 2 del mediodía. Sin embargo, ya tenía la dirección de todos los Starbucks de la ciudad (aunque pensaba que no habría ninguno por la influencia mormona). Así que, mi maleta y yo llegamos a un centro comercial donde todas las tiendas estaban cerradas. Como estaba literalmente en la calle, tomé la opción de no desesperarme y saqué una tarjeta de teléfono para hablar con familiares y amigos. Una vez tranquilo, pero aún con frío, me dirigí al Starbucks para ver si habían abierto. ¡Sí…estábamos de suerte!. Poco a poco me fui quedando impactado de la gente de Salt Lake City. Acostumbrado a la mezcla racial de los Estados Unidos, me di cuenta que en esta ciudad la gente
era, básicamente blanca, hasta el punto que sus caras tomaban facciones de batracio…La ciudad se veía bonita con sus casas bajas, un tranvía que cruzaba las calles y, a lo lejos, las montañas nevadas que le dan ese toque tan invernal y señorial. Yo mientras, seguía en la cafetería robando wifi de las tiendas colindantes y tomándome cafés para poder resistir el cansancio que llevaba acumulado. -”¿Tienes un vuelo hoy?” – me dijo la encargada del Starbucks mientras llenaba las máquinas de café. -”No, soy de la vieja Barcelona” – le dije con el café en la mano. -”Qué ilusión! Yo he estado un par de veces en Émiratos Árabes y me encantan” – me dijo esperando una reacción. Y, como no sé si lo decía de coña o no, le contesté: -”Yo he estado en Canadá y también me encanta”. Se quedó con la boca abierta mostrandome la lengua y afirmando con la cabeza. “Creo que la conversación se ha acabado” – iba pensando mientras buscaba una mesa con enchufes.
Sobre la 1 del mediodía me dirigí al hostel que, previamente había reservado.
Empecé a bajar calles y calles desérticas y, al observar todo mi alrededor, iba pensando: “realmente he llegado a la América desconocida”. Pude observar y observar durante horas porque, Salt Lake City es la única ciudad del mundo donde los botones para que los semáforos se pongan en verde funcionan. Y si no pulsas los
botones, no pasas…y me pasaba minutos y minutos como una estatua por todas las calles de la urbe. Me detuve delante de un accidente de tráfico y, en pocos minutos, una unidad móvil del Canal NBC5 llegaba a toda prisa. “No deben pasar muchas cosas por aquí” – iba pensando con los auriculares puestos.
En la esquina de la calle 800S se podía ver una casa amarilla y azul con rótulos por todos los lados: era mi hostel. Además, como siempre me gusta probar cosas nuevas, pues escogí el único hostal automático del oeste americano. El primer paso era abrir la puerta de entrada de la casa con una contraseña que me habían enviado por Internet. Llego yo con toda la gracia del universo y, como era de esperar, el número que me habían dado no me accionaba la puerta. En eso, que al cabo de un segundo, llega el jardinero de la propiedad y le digo: -“Mire, que tengo reserva aquí pero este código no me funciona”. El hombre se fió de mí y me abrió la puerta con otro código. Una vez dentro de la casa me quedé de piedra: aparecí en medio de un salón con cámaras, una tele, una lavadora y un ordenador en el centro. Tuve que conectar la computadora y, una vez abierto, introducir el número de referencia de mi reserva. Pero, al introducir mi número de registro, me apareció un mensaje atroz: “Su tarjeta de crédito no ha sido aceptada y su reserva ha sido cancelada”. En ese momento, me convertí en ceniza y me caí al sueño en forma de remolino. –“Cómo puede ser que me hayan cancelado la reserva?” – me preguntaba clavándome las uñas cerca del hígado. Total, que busqué un teléfono por la casa pero, desgraciadamente, el aparato tampoco funcionaba. Intenté buscar una conexión a Internet y les envié un e-mail diciéndoles que estaba en su propiedad y que, por favor, se pusieran en contacto conmigo. Al cabo de unos segundos, un teléfono sonaba: -“Marc, soy Richard. Por favor, necesito otro número de tarjeta para poder abonar el precio de la estancia y darte la habitación”. Le di el número de la tarjeta, esta vez real, me conecté otra vez al ordenador y, esta vez, al introducir el código de la reserva me apareció: “Hab. 10, número 2223”. El tema de los códigos todavía no había terminado: después de eso, al lado de la puerta de la habitación había una especie de caja fuerte donde, al marcar el nuevo código,
se abría y te daba las llaves para la habitación. Al final, tanta tontería y tanta automatización parecía un juego de rol sin salida alguna. Menos mal que había llegado ya a mi cama y, al menos, podía descansar unas cuantas horas hasta el atardecer.
“Tzzz tzzzz tzzz” – hacía la alarma del móvil. –“Mira, me voy a cenar y, si tengo suerte, me tomaré un vino o algo” – pensé al abrir la puerta de la habitación. Salí hacia la ciudad y, poco a poco, fui andando hacia el centro de la misma. Hacía bastante frío y los restaurantes estaban llenísimos de gente
con familias, amigos…Me dirigí al centro comercial donde había estado por la mañana y, entre muchos “Diners”, entré al Applebee’s (que es una cadena tipo Friday’s). Me llené la saciedad con un buen arroz y, al salir del restaurante me fui a tomar un café para decidir qué iba a hacer mi noche de viernes.
Empecé a subir una calle muy oscura hasta que, a mano izquierda, vi una pequeña taberna donde parecía que había alguien y salía luz. –“Vamos a ver qué pasa” – pensé. Yo, cual ciudadano de Utah, entré al bar sin ningún tapujo pero, en el mismo momento que crucé la puerta, vino un señor y me dijo: -“Membership?”, pero yo no tenía ningún tipo de membresía. “No, no tengo, no soy de aquí” – le dije con la cabeza mirando al suelo y moviendo el pie derecho. El hombre señaló a uno de los clientes y me dijo: “este señor te patrocinará durante quince días”. El cliente me miró, asintió con la mirada y firmó al lado de mis datos personales.¡Menos mal!, ya había conseguido lo más importante y, a partir de ahora, todo era soplar y hacer burbujas.
La taberna era de madera, con algún zorro disecado y con la luz un poco
tenue. La cerveza era la estrella de las bebidas pero también servían whiskeys y cócteles en unas jarras de cristal, típicas donde se suele guardar el azúcar. Estuve hablando con el mesero durante un buen rato y, después salí al exterior donde había vaqueros y gente muy corpulenta fumando. Intercambié algunas palabras con habitantes de la zona y me explicaron que muchas leyes, sobretodo aquéllas relacionadas con el alcohol y su consumo, eran estrictas a causa de la presencia mormona en el gobierno del estado del Utah. Me parecía interesante que la gente no pudiera beber a partir de la una de la madrugada pero no parecía que a la gente le importara demasiado.Ya estarían acostumbrados. Volví de nuevo a la barra porque, por suerte, todavía no era la 01.00 y empecé a hablar con dos chicos hondureños y residentes en Salt Lake City: Osama y Merlín. Estuvimos hablando un rato, probamos un chupito de canela muy dulzón y, al cabo de un rato, un señor que estaba en el bar me invitó a hacer una ruta por las discotecas que regentaba en la zona. “Ahora están vacías, pero ya verás el sábado y el domingo” – me dijo George. Volvimos al bar y Merlín vino corriendo hacia mí: “Aún tienes tiempo de tomarte otra” – me comentó el joven mientras miraba el reloj.
Estaba muy contento de haber llegado a Utah y haberme encontrado a gente tan maja y agradable. Estuvimos hablando bastante rato más hasta que, sobre las dos de la madrugada, los chicos se ofrecieron a llevarme al hostal automatizado. –“Marc, llámame mañana y te enseño el lago de sal” – me dijo Merlín por la ventanilla del coche. “Gracias, hasta mañana” – decía yo desde el porche de la casa.
Noche tranquila, ciudad ya dormida y ,en mi mano un piti, en la ciudad de lago, en Salt Lake City.


Hola Marc:
Em sembla que ja estic engantxada al teu makakal, je, je, je… La veritat es que m’agrada molt llegir les teves històries i poder fer-me una idea de les coses sense haver-les vist mai.
Espero que estiguis gaudint molt del teu viatge, suposo que saps quan afortunat ets de poder i voler fer algo així… Cuida’t molt i continua escribint!!
Petons!!
Hola Mark …
me alegro tanto k t la hayas pasado tan bien en Saleisiti” kiero decirte k tambien yo pase una experiencia unika y disfrute tanto como tu tu estadia en utah …como t dije tu eres una inspiracion a muchas personas k kiza kieran hacer lo mismo k tu pero no se atreven por temor a que sabe k o kien y claro yo soy una de esas personas me alegra tanto haber sido parte de esa gran aventura ya k eso me ha motivado mucho a hacer las cosas k a mi me gustan …..me encanta la autenticidad y el carisma k tu tienes ,por favor nucna cambies ..te recuerdo y te recordare …espero verte pronto tu amigo merlin
:p:0:p se me olvidaba me gusto mucho lo de :La Utah que los vio nacer LOL
A ti te van a callar la boca, ja! bien dicho lo de Canadá, la dejaste K.O!
Soplar y hacer burbujas!!!jajajajaja me ha gustado mucho el rodolín del final!
1beeeeeesooooo