
Rutahs
Abril 19, 2009No podía creer que fuese la 1 del mediodía y mis uñas aún siguieran en la
cama. –“Madre mía, no podré ni ver el lago” – iba pensando con preocupación.
Me tomé una ducha muy fresca, me puse un suéter y salí del horrendo hostal para dirigirme al centro de la ciudad. Hoy hacía mucho sol pero también hacía bastante fresco. Pasé por unos parques y acabé en una calle larga que parecía la calle principal de la ciudad (Main Street). Una vez ahí, me fijé en un pequeño merendero donde vendían comida asiática y, en medio de la calle, me quedé yo con una caja de fideos chinos y setas. Aún tenía fideos en la boca cuando me acerqué a una cabina de teléfono para llamar a Merlín. “Hola, Merlín…soy Marc” – le dije casi con la boca llena. “Si quieres quedamos en el Starbucks Coffee y nos vamos a dar una vuelta todo el día” – me dijo Merlin. “Perfecto” – te espero ahí, le dije yo.
Un café era el único elemento que me estaba haciendo compañía en ese momento. Si a eso le sumo las vistas de la ciudad y la gente que iba entrando a la cafetería constantemente, os diré que Salt Lake City me hacía sentir muy a gusto y tranquilo.
Cuando casi me estaba durmiendo de la tranquilidad interior que tenía, la puerta del Starbucks se abrió y Merlín entraba decididamente: -“Estoy aquí” – le dije subiendo la mano.
Los dos nos fuimos hacia su coche y, cuando estábamos dentro, el hondureño decidió llevarme al lago de sal, que está a unos 5km de la ciudad. Dejamos la ciudad y nos metimos en las grandes autopistas típicas de América. “Por qué no me enseñas la música que se escucha en tu país?”- me comentó Merlin. Yo, ni corto ni perezoso, no se me ocurre otra cosa que ponerle todos los “Máquina
Totales” y el “Chasis” que guardaba en un rincón del iPod. Conduciendo con toda la matraca de fondo era agradable pero no se asociaba demasiado con las vistas del exterior, así que tomamos la decisión de poner canciones tipo “Status Quo” o “Peter Cetera”. Poco a poco se empezó divisar una especie de playa al lado de las montañas: ese era el lago. Conforme nos fuimos aproximando el cúmulo de agua se hacía más y más grande. Es muy fuerte que sea el segundo lago salado del mundo y que no tenga ningún tipo de vida en su interior. Hace millones de años la zona de Utah era mar y, al cerrarse por los movimientos de las fallas volcánicas, este resto de mar se quedó ahí, en forma de lago. El olor que se respira en la zona es muy fuerte y, a veces, apar
ecen como una serie de bacterias que se te suben por las piernas cuando menos te lo esperas. No tuve la suerte de comprobarlo porque no estamos en la estación idónea. Sin embargo, lo que sí probé era el agua porque quería asegurarme que era salado. Y, sí, es salado.
Después de divisar el fabuloso paisaje de la zona, el gran lago y las montañas
de alrededor llegamos a una urbanización casas bajas y jardines. Acompañé a Merlín a comer algo a su casa y, fue ahí donde conocí a su madre a sus cuatro hijos, especialmente a Briceis. Yo, mientras, descubrí un karaoke muy original, estuve charlando con la madre de Merlín y me tomé unos vasos de zumos de maracuyá.
Ahora, ya comidos y servidos, tomamos el coche otra vez para desplazarnos hasta Park City, un bonito pueblo al norte, cerca del estado de Wyoming y sede de muchos de los deportes de invierno de Salt Lake 2002. Cruzamos unos cañones impresionantes mientras estaba oscureciendo y, pasada una hora o así, llegamos a un pueblo de hadas: era pequeño, con olor a leña y con casas de madera y luces anaranjadas por todos los sitios. Las calles estaban repletas
de establecimientos de madera, pequeños comercios y restaurantes muy originales. Estuvimos haciendo fotos del increíble pueblo, riéndonos y, en un rato volvimos hacia el coche para pasar por la zona olímpica. Merlín, ya cuidado del frío que hace por esos montes, me prestó una chaqueta negra y nos dirigimos a hacer fotos de las infraestructuras deportivas de los Juegos Olímpicos.
–“Juan, nos vamos para tu casa a tomarnos unas cervezas” – le dijo Merlín a un amigo suyo. Pues sí, fuimos bajando hacia el valle reclutando a los amigos de Merlín para, más tarde, acabar en una fiesta que se hacía en la ciudad. Primero fuimos a la casa mejor decorada que he visto en mi vida: la casa de Juan, después tomamos el coche y fuimos a buscar a Osama y a Carlos, que también vivían en la ciudad de Salt Lake.
Juntos y con ganas de espectáculo y emociones fuimos divisando las vistas de las luces de la ciudad. Ahora, que era de noche, todo parecía muy grande, las montañas no se veían y tenía la impresión que estaba entrando en una ciudad completamente diferente. Era sábado por la noche y había muchas cosas que hacer en la urbe: el bar donde habíamos ido ayer, diferentes fiestas pero, al final, decidieron ir a una fiesta latina que daba lugar en el centro de la ciudad.
Entramos a una especie de polígono industrial con un escenario al final y muchas mesas con sillas alrededor. Nos pusimos en una mesa al fondo del local y, poco a poco, fueron llegaron más amigos
de Merlín. Al final, matamos nuestras alegrías con chupitos de buen tequila y salimos hacia my motel para hacer un “early check out”: – “Marc, vente a dormir con nosotros, no vayas a levantarte a las 10 de la mañana”. Hice mi maleta en ocho minutos y me subí de nuevo al coche.


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