
Colorado de cansancio
Abril 21, 2009 Estaba tan desamparado en ese tren que lo único que podía hacer era
aprovechar y dormir todas esas horas perdidas. Estaba ubicado en un pasillo muy oscuro con criaturas llorando y, a mi izquierda, una señora de unos 80 años con aspecto hippie que no paraba de beber “Dr Pepper” (soda de higos). Lo más importante para mí era conseguir llegar a la metamorfosis personal y llegar a Denver con mucha ilusión. Sin embargo, más adelante nos encontraríamos con un contratiempo muy desagradable.
El Amtrak seguía avanzando por el colorido estado de Colorado mientras amanecía. Dormía, me despertaba y el paisaje cambiaba radicalmente. Pasé por los más increíbles parajes amarillos, parte del cañón, la América más escondida. Al hacer otra siesta y despertarme, de nuevo, todo a mí alrededor había cambiado radicalmente: nieve, montañas,cañones, ríos, molinos…
Sin embargo, cuando ya faltaba menos para llegar a la capital del estado, el tren frenó de repente y la inercia hizo que todos nuestros objetos, así como nuestras cabezas se desplazaran unos metros: mi portátil se cayó al suelo, la soda de la mujer se derramó al asiento de delante. -¿Qué ocurre? – se preguntaba la plebe con caras de sorpresa y de pánico. En el tren todo eran nervios y desesperación. La dueña del vagón pasó corriendo unas cuantas veces, mientras nosotros, esperábamos algún anuncio o reseña por parte del conductor.
–“Señoras y señores, el conductor de Amtrak – Union Pacific está hablando. Nuestro tren ha sido víctima de un sabotaje natural: las vías están cubiertas de nieve y las autoridades van a proceder a retirarla. Este hecho comportará una demora de, al menos dos horas, pudiendo llegar a ser doce”. En ese momento crucé las piernas, miré por la ventana y una lágrima con una frase salpicaba las ventanas del tren: “Cabeza alta, jovencito” – decía.
El vagón se convirtió en un espectáculo circense. Los teléfonos no tenían ningún tipo de cobertura y la gente empezó a sonreír a causa de la histeria, a explicarse las vidas y a hacer contactos, quizá los últimos contactos que podrían hacer en sus vidas. Yo estaba pereciendo bajo esa situación de descontrol y probando hasta dónde podían llegar mis límites de superación personal. Fuera del tren, el
cielo del nido de América empezó a tomar un color rojo intenso: el mismo color que mi abuelo siempre me describía cuando se predecían plagas, pandemias y guerras. Cuando nadie se esperaba nada peor, las conversaciones se vieron sorprendidas por un mensaje urgente por parte del conductor. –“Señoras y señores: necesitamos un médico o enfermero lo antes posible. Si alguien ejerce esta profesión o está estudiándola, por favor contacten urgentemente con el equipo de Amtrak – Union Pacific”. Al parecer, nadie hizo ningún tipo de amago de levantarse con una percha y decir: “¡Yo soy médico!”. Sin embargo, el conductor, al ver que no había respuesta salió de su cabina y empezó a preguntar a uno por uno si ejercíamos médico o si, en su defecto, llevábamos manteca de cacahuete. “Ah…ya sé lo que ha pasado” – pensé cerrando los ojos y afirmando con la cabeza. “Alguien habrá tenido una bajada de azúcar y piden manteca de cacahuete para regular los niveles sanguíneos”. “O…¿quizá hay alguna moza pariendo y necesitan manteca para lubricar el túnel y dar a luz?”. Podían ser tantas cosas…
No sabía lo que estaba ocurriendo en ese tren y yo, como un vigía, observaba todo lo que pasaba por delante para poder hacer una crónica en directo. Por un momento pensé en acudir a la víctima y grabarle su propio parto para recibir algún tipo de remuneración, pero nadie más comentó nada y acabé pensando que todo quedó en un ataque de gula.
Al cabo de cinco horas, el tren empezó a moverse y todos los pasajeros aplaudieron: “Uhhhhhh”, “woooooow”, “ya eraaa horaaa” – decían con las manos hacia arriba. Sólo me quedaba esperar llegar a la ciudad de Denver y, una vez ahí, tomaría un taxi para que me llevara a mi motel, a las afueras de la ciudad.
Cuando el tren estacionó, tuve la oportunidad de ver mi cara en un espejo de la estación: “Repelús humano”. Tenía los ojos medio cerrados y llorosos, como un gato recién nacido o apaleado. Con el pelo podía aliñar una ensalada y, con lo que había entre mi ropa, podía alimentar a diez niños saludables: migas, café, pipas, trozos de pizza de microondas…
Salí a la ciudad de Denver con intención de encontrarme con restaurantes, bares, gente ebria y decadencia pero el único sonido que acontecía era mi malvado mechero que no tenía ni mecha para encenderme un triste cigarro.
-“Vas a algún sitio, joven? – me dijo un taxista albino desde el coche. Yo, con los ojos en blanco, le miré y le dije: “¡¡¡¡Sí!!!!!, ¿puede esperar que me fume un cigarro tranquilamente?”. Estuve 18 horas en ese tren perdiendo mi vida por momentos y, ahora, todo eran prisas y nervios para el traslado por una ciudad fantasma.
Me subí al coche y le di la dirección de mi motel: -“Bufff chico, eso está lejos” – me dijo moviendo las manos como un títere. Me incliné hacia el respaldo del asiento del coche, cerré los ojos y le dije: -“Da igual, no se preocupe”.
Al cabo de una media hora llegaba a una colina llena de Fast Foods y, al final de una calle, veía el rótulo de mi motel. “Howard Johnsons”.
Salí del taxi y me dije: “Voy a buscar algo para cenar antes de que cierren los restaurantes y ya me lo como en la habitación”. Al lado del hotel había una especie de restaurante de madera muy americano y, cuando entré, sólo faltó que pararan la música country de la radio y las luces de neón. Los clientes, con camisas de cuadros y gorras, miraron hacia la puerta con mala cara y la camarera hizo un movimiento brusco acercándose a mí desde la barra. –“¿Qué quieres muchacho?” – dijo la joven colocando el boli en su oreja. –“Mire, ¿me puede hacer una ensalada césar para llevar?” – le dije con mis venas llenas de intimidación. Se me quedó mirando, hizo una burbuja con su chicle rosa y, cuando le reventó, se fue murmurando: “para llevar…para llevar…”. Y me quedé tomando café en la barra hasta que, al cabo de unos minutos, la princesa llegó sonriendo con mi cena en una bolsa blanca. –“Mira, la salsa te la he puesto en un vaso de cartón. Cuidado no se te caiga rubio”.
Crucé la autopista y llegué al motel, ahora sí. Entro por la puerta y lo primero que veo es una mujer igual que Cindy Lauper haciéndose la manicura en la recepción. –“Uy, vaya cara que llevas, cielo” – me comentó mirándome la frente. –“Sí, es que el tren ha tardado bastante y, bueno, he estado…”. -¡Bueno!, ¿cuál es tu nombre? – me dijo cerrando los ojos e interrumpiéndome.
Me fui hacia la habitación perdiéndome por unos pasillos largos y oscuros y me encontré con mi puerta. Aunque esté cansado siempre me encanta llegar a las habitaciones y abrir la puerta…es siempre una sorpresa para el cuerpo. Y…¡qué bien!…una cama donde podía dormir en diagonal
y dar tantas vueltas como horas había estado en ese tren. Abrí mi caja de comida con un descontrol total, me bebí el vaso con la salsa de queso azul y cené en la cama, como en los hospitales. ¡¡¡Voy a dormir como un rey!!!!






hey marc eso de lo de el tren si k hechastes a andar tu inmaginacion jajaja k me he estado muriendo de la risa por todo lo ke ce te ha cruzado por la mente la azucar , la manteca de cacahuate, los niveles sanguineos manteca para lubricar jajajaja that was funny!!!!!
jajajajajaja y un medico para que querria la percha??jajajaja eres más burro!!!
Dabas asquito con el aspecto que has descrito que tenias! XD