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La maldita guindilla denverina

Abril 22, 2009

denverSé que la norma del viajero dice: “No pasar más de ocho horas en la habitación mientras se visita”. Pero el día de ayer me pasé esta ley por el anonimato. Estaba tan agotado después de los vicios en Las Vegas, las fiestas en Salt Lake City y el viajecito en tren cruzando la mitad de los Estados Unidos, que lo único que quería era reposar como una raposa. ¡Y lo hice! Coloqué el “No molesten” en el pomo de la puerta y me pasé todo el día comiendo entre las sábanas, viendo documentales del Discovery Channel y, de vez en cuando, arrastrándome como p1050331una serpiente hacia el lavabo para tomar baños ardiendo con jabón de Marsella. La ley del “nada que hacer” pudo conmigo ese día y lo único “interesante” que hice fue leerme la guía de Denver para, al día siguiente, visitar la ciudad con un par de pies.

p1050337Me levanté a una hora prudente y, como soy así, decidí ir al centro de la ciudad andando y siguiendo las instrucciones del “Google Maps”. Ya habían pasado dos noches en Denver y dejé la maleta en recepción porque me tenía que ir al atardecer: -“Cindy, volveré a por ella sobre las 8 de la tarde porque ayer me quedé “perreando” y quiero aprovechar el día para ver la ciudad”- ¡Vale, cielo…yo estaré en Internet todo el día” – me dijo tirando de la maleta hacia el interior de la habitación.

Tomé unas calles angostas llenas de casitas bajas, banderas americanas por doquier pero nadie, absolutamente nadie por la calle. Estaba lejos del centro de la ciudad pero, al menos, de esta forma también se puede ver cómo vive la gente, lo que hacen…

Seguí andando más y más kilómetros pasando por autopistas, áreas de p1050351servicio, gasolineras de gasoil, funerarias…hasta que llegué a la calle que, supuestamente, iba derecha al centro de la ciudad. Pero no…¿¡Qué es esta ratonera?! – me preguntaba mientras pensaba en la madre de Google. Delante de mí había una p1050356muralla china, un muro de Berlín que cerraba la calle hasta límites que ni mi vista podía llegar a ver. Y ya me veis alargando el kilometraje casi una hora para llegar a un puente que, posiblemente, cruzaría la autopista.

Estados Unidos está hecha para los coches. Nadie, absolutamente nadie, se pega caminatas como hacemos los europeos. Los restaurantes tienen las ventanillas para pedir mientras se conduce, el transporte público es deficiente y a nadie se le ocurre ir cruzando barrios “a pata”. Yo, pensando en todo eso, p1050475me paré delante del puente con su correspondiente autopista debajo y envié un mensaje telepático a los conductores: “No es la comida lo que te engorda, América, es la falta de infraestructuras para el caminante porque si no se anda, se pierde el camino. Y el camino, se va haciendo al andar, no al conducir”. Es más cómodo en coche, eso sí…

Bueno, pues ya tenía Denver delante de mí y, lo último que me faltaba hacer era llegar hasta la ciudad, andar por ella y hacer unas cuantas fotos. Poco a poco me fui introduciendo en la  modesta urbe y la primera parada fue en el estadio p1050384de béisbol de los Rockets, donde una mujer, con muy “mala folla” para las fotos, me hizo una delante del estadio. Me dirigí a la Central Station, donde acabé de recoger los billetes de tren que me faltaban para perfilar mi ruta americana y me tomé un café observando el movimiento ferroviario, que es uno de los que más me gusta.

Más tarde empecé a sumergirme en el centro de la ciudad y el movimiento de p1050413gente ya se podía percibir. Entré en algunas tiendas, observé el río y me fasciné pensando en lo aburrido que debía ser vivir ahí. Lo que visité más tarde me gustó más: fui a parar al museo de arte moderno, al capitolio del Estado de Colorado y, bueno…fui visitando parques, parajes, edificios y cosas varias. Hoy era un día de visita obligada y tenía que recuperar todo el tiempo que había perdido el día anterior.

Más tarde, sobre las tres de la tarde, decidí volver al motel porque, al cabo de p1050437unas horas tenía el “Galgo” para trasladarme a….chan, chan, chan: ¡Kansas City!

Pues ya me veis a mí, arrastrado por la vida y con una decisión bien firme: “Voy a volver andando al motel a buscar la maleta y volveré a la estación”. ¿Por qué dejé la maleta y no la llevé conmigo por la mañana? Pues porque en los Estados Unidos la gente está muy alterada con el tema de maletas con explosivos y equipajes solitarios y, en muchos de los sitios, es imposible encontrar consignas y dejarlas. Sin embargo, en la estación donde había estado esa mañana, había consignas para parar un tren.

p1050473Pasé por el estadio, seguí los mismos parámetros y las mismas calles por las que había pasado esa misma mañana y, poco a poco y sin prisa, me fui acercando al barrio donde se encontraba el hotel. Pero no sé si fue el sol, el viento, mi mala coordinación o el destino que, en unos diez minutos, me quedé perdido en un barrio de sectas, iglesias y pizzerias. No sabía dónde había ido a parar y había andado más de 20 kilómetros seguidos, habiendo pactado previamente con el diablo. Se me empezaron a cargar las piernas, la paciencia, el humor hasta que, gracias a Satán, encontraba un Starbucks de esos que te salvan la vida con un café y un buen wifi.

Energético y con el rumbo reencontrado, fui andando por una calle hasta llegar a mi motel. Eran ya las ocho de la noche y, en lugar de tomar el equipaje e irme hacia la estación, tomé la decisión de comer algo. ¡Qué error más grande estaba a punto de cometer, amigos…!

Las calles del poblado estaban ya oscuras y empezaba a hacer frío. Todos los restaurantes que había a mi alrededor eran McDonalds, fritangas varias hasta que, “por suerte”, observé una pequeña tienda con un nombre exquisito: “El pollito braseado”. –“mmmmm”. ¡Cómo me apetecía pollo a la brasa en ese momento!. Mi pasión por la carne de corral me hizo entrar encegado en ese establecimiento y, nada más llegar al mostrador le dije a la joven: “Medio pollo braseado, por favor” – Y la chica se dio la vuelta como un robot y me fue preparado un plato con todo tipo de guarniciones: patatas, pimientos, espinacas… – “Aquí tiene, son diez dólares” – me dijo con una voz angelical. –“No, no…lo voy a tomar aquí, no lo quiero para llevar” – le comenté cuando vi la bolsa blanca en sus manos. –“Oh, lo siento mucho. El restaurante está ya cerrado, lo siento de verdad” – me cometó apoyando las manos en el mostrador.

Pues ya me veis a mí, con una bolsa blanca llena de pollos muertos, sin un lugar físico donde comerme mi cena ni caerme muerto. Tampoco podía entrar en el hotel porque ya me tenía que ir hacia la estación así que, como un lince, empecé a mirar cada rincón de la oscura calle para, al menos, sentarme y comer el pollo con un poco de dignidad. Finalmente, en un pequeño callejón a p1050487mano izquierda me di cuenta que había un restaurante abandonado con algunas mesas agrietadas de piedra en el exterior. Llegué con la chaqueta, puse las cosas encima de la mesa, abrí la cajita con el pollo y…¡sorpresa Marc! ¡No has cogido los cubiertos!. Pues bueno, empecé a comerme el arroz con un trozo de la tapa de la caja de “porexpan” y el pollo…pues me veía como un cavernícola con las manos perdidas de aceite, brasas y con las mangas de la chaqueta rebosando de aceite de las patatas. Al cabo de unos minutos:  –“Mira…¡a tomar por saco! ¡se acabó!…decía quitándome los huesos de las alas del pollo de mi boca.-Tomé tres pimientos del padrón que había por la caja, me levanté para quitarme las migas de  la chaqueta y, en ese momento, todo el universo se cayó a mis pies. –“¿Qué me está pasando, dios santo?”…me decía con hipo, con síntomas de mareo y sin poder respirar. Al parecer, los pimientos del padrón eran tres guindillas que, escondidas por la oscuridad del lugar, entraban como pequeños diablillos en mi esófago. Pues, a cuatro patas y sin poder respirar, llegué al lado de un ciprés. ¡Aquí me quedo ya! – pensaba buscando vasos con algún líquido en su interior. Y me da igual de quién fuera el vaso o si había meados de gato dentro pero, las lágrimas que soltaba yo esa noche eran más de agonía que de picor. Me daban retortijones y empecé a perder el sentido de la audición a causa de la bomba que me había tragado. Así que, en plena noche, sólo se me ocurrió una opción: “El pollo al hoyo y el vivo al bollo”.

p1050489Seguí andando, ya más aliviado, tomé mi maleta del hostal, justo cuando el autobús 31 hacia la estación se me escapaba. Con los pantalones por las rodillas y arrastrando la maleta al revés metí un grito que resonó por todo Denver: “STOP!!!!”. Me subí al bus con todo mi cuerpo y cuello acalorado esperando sentado hasta que llegara a mi parada. Una vez ahí, me puse la música y llegué a la estación de autobuses rumbo a Kansas City.

 

2 comentarios

  1. Te pasaste la ley por el anonimato!!jjaajajajaja
    Pobre cari!!! maldita guindilla!!!!!!!


  2. Marc!! Volem més Makakal!!



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