“Mr. Highville ,Good morning. It’s 2.45” – decía una voz quebrada a causa de trasnochar. No podíamos creer cómo nos íbamos a levantar de la cama a esa hora sólo para ver un templo a 3 horas de Aswan (donde nuestro barco estaba atracado). Bajamos las escaleras de caracol que caracterizaban el barco, nos sentamos en un pequeño sofá y, de pronto, pudimos observar que alguien salía del bar. “¿Quién será a esta hora?…si no hay nadie” – se preguntaba Aaron mientras leía los prospectos del tabaco. Y, con una mirada desafiante, el último personaje por conocer del barco se nos quedaba mirando desde el segundo piso. Una mujer de unos 60 años con el pelo canoso, opulenta y con unas gafas de época no paraba de apartarnos la vista mientras fumaba su cigarrillo con sus dos dedos de la mano izquierda. La bautizamos como Pili y, a partir de ese momento, Pili se convirtió en el personaje más entrañable de la galera. Con un poco desganados y con las espaldas encorvadas nos metimos en una furgoneta y, poco a poco, fueron subiendo más clientes que se hospedaban en los barcos contiguos. Empezaron a aparecer más furgonetas,
autocares, carros que se fueron apilando en un polígono industrial y, cuando estuvimos todos, un militar armado se sentaba en el primer autocar y otro militar en el último. Parecía todo el tren de “Dumbo” cuando iban a instalar el circo a otra ciudad. Y, la cabalgata empezó a andar y a adentrarse en el desierto de nuevo. Aún era de noche y la imagen que se me queda de esa furgoneta era de terror: gente gimiendo mientras dormía, espasmos, extremidades colgando de los asientos…todo el mundo estaba tan
cansado! Suerte que en el exterior otra imagen era bien diferente. Al estar en desierto raso, las estrellas que se podían ver eran increíbles y además estaba amaneciendo y se insinuaba una línea naranja muy perfilada que se reflejaba en la arena. Cuando volví a abrir los ojos ya
estábamos en Abu Simbel. Este templo es otra de las maravillas que se encuentra en el sur de Egipto y la zona está a pocos kilómetros de Sudán, por eso toman tantas medidas de seguridad. Y el templo y las estatuas eran muy chulas, con cuatro faraones colosales en el exterior que, supongo, daban la entrada al imperio. Teníamos dos horas para verlo y estudiarlo todo pero sólo tomamos una porque tampoco había tanta gente. Más tarde fuimos a la
cafetería que había en la entrada y, allí, nos encontramos con Richard Gere que se estaba tomando un té en la mesa de al lado. Después de estar pensando cómo se llamaba “Oficial y caballero” en inglés para decirle a Aaron quién era ese personaje, nos dirigimos de nuevo a la furgoneta
que nos llevaría, de nuevo, a Aswan…otros 300 km de vuelta. ¡Vaya paliza! Lo que más me impactó de la vuelta fue ver un edificio que era IGUAL que mi colegio!
Al regresar de nuevo al buque se podía intuir un ambiente bastante diferente del que encontramos el día anterior. Las peluqueras se habían comprado vestidos de faraonas, la de los ojos de los récords Guinness iba maquillada, Pili seguía en el bar. “-¿Qué pasa? ,¿por qué todo el mundo está tan contento hoy?”. “Es que hoy es la cena del capitán” – nos contestaron las chicas argentinas. Y, sin dudarlo ni un momento, Aaron y yo fuimos a buscar vodka en alguna tienda de Aswan. ¡Y qué difícil fue! Al tratarse de un país árabe el consumo de alcohol está muy limitado y comprarlo aún más. Sin embargo, vimos una tienda oscura y nos atrevimos preguntarle al dueño: “Do you have vodka?”. Asintió con la mirada y nos llevó a una pequeña trastienda que parecía una bodega: vodkas, licores,
vinos…de todo!! Tuvimos que ir muy rápido y coger un taxi para poder llegar al barco, pues partía al cabo de 10 minutos. Ya con la mochila bien equipada llegamos al buque y nos fuimos a comer al bufet y, seguidamente, el crucero ya empezaba: PUUU PUUU: nos fuimos adentrando, poco a poco, al interior de Egipto. Una siesta muy escueta y, por la noche, la cena del capitán se vio envuelta por música, gente bailando de aquí para allá, concursos de cucharas, de sillas…mientras Aaron y yo
íbamos tomando unas cervezas. Más tarde, las chicas argentinas, el chico colombiano y su novia inglesa fuimos a la terracita del barco y, ahí, charlábamos y bebíamos vodka. Qué bien nos sentó la tranquilidad del Nilo, las charlas, el agua y la sensación. Otro día para recordar!
















