Vaya calvario de tren…pelos grasientos, estómagos hinchados, ojos somnolientos…es toda la descripción que puedo dar sobre las 10 horas de viaje desde Luxor al Cairo. Parecía que llegar a la capital de Egipto era como algo familiar. El mismo caos de gente, la ciudad sin semáforos, la contaminación, eran ya, parte
de nuestra cultura del día a día. Nada más salir del tren estuvimos buscando un taxi que nos conduciría al hostal donde pasamos las noches en el Cairo. Allí, nos habían ofrecido una ducha y un buen té antes de tomar el vuelo hacia Bahrein. Tomamos el taxi y, al llegar al hostal, todo fue al pie de la letra. ¡Qué bien sentaba la ducha a primera hora de la mañana!.
Después de mojar nuestro cansancio en un buen café aguachirri, un señor nos vino a buscar para trasladarnos al aeropuerto internacional del Cairo. Dejamos la ciudad atrás con un poco de morriña pero necesitábamos un cambio inminente para poner nuestras mentes en remojo.
Estuvimos una horita en el aeropuerto, también caótico: multitud de personas en la cola de entrada que no sabía si eran parientes o pasajeros; maletas del tamaño de un edificio; caos en un entorno amarillento y húmedo. Una vez pasados los controles todo parecía más tranquilo y, para hacer gala al órden, nos tomamos una lasaña del tamaño de un ladrillo.
Nuestro Air Bus A340 ya estaba preparado para despegar. Un avión grande, amplio, con pantallas enormes y los pasajeros formados, básicamente, por grandes personajes y emires. Y, no sé por qué, estas personas vestidas con su traje árabe nos paraban todo
el rato y nos preguntaban de dónde éramos. Realmente me sorprendí sobre ésto porque, como la vestimenta me produce respeto, la forma de ser de ellos era muy cordial e informal. Y nada, tres horitas en un avión muy cómodo hacia Manama, la capital de Bahrein.
Este país es el más pequeño del Golfo Pérsico, con frontera con Arabia Saudí y Qatar. Al llegar a inmigración, el caballero que sellaba los humildes pasaportes se me quedó mirando muy seriamente y me dijo: “What team?”…y yo…”sorry?”….”WHAT TEAM?” – respondió gritándome, de nuevo. “Barcelona” – le dije. “JA JA JA – I love Messi” – dijo, y estampó el visado. Y, con humor, llegamos al mostrador de Gulfair que se hizo cargo de nuestra estancia en Bahrein: cena, alojamiento y desayuno hasta la mañana siguiente que cogeríamos el vuelo, de la misma compañía,hasta Tailandia.
Salir del aeropuerto y ver un emirato árabe después de estar en Egipto es como comerte un potaje de la abuela con sushi! Otro mundo…
La ciudad en sí era como Las Vegas pero sin casinos, todo
parecía artificial: las calles, los edificios, la arquitectura…parecía como si todo estuviera preparado para la economía: bancos, world trade centers, compañías aereas muchas centrales petrolíferas…muchas!!Nuestro hotel, al lado de un KFC, era muy correcto, y más pensando que no pagábamos nada. Al lado había una a
utopista que iba directamente a la conservadora Arabia Saudí y, al otro lado de la acera, un cartel de bienvenida con los emires o los príncipes o los políticos: no sé bien bien qué era.
Dimos una vuelta por la ciudad pero, rápidamente, nos dimos cuenta que era como Zamora…y, como teníamos las horas contadas para dormir, nos fuimos orgullosos a la cama después de haber visto un trozo de país, el cual jamás hubiera pensado que algún día pisaría.






























