Hoy ha sido un día de sorpresas de todo tipo: museísticas, vitales, culturales, amigables…
Después de comer unos huevos duros con vistas al Nilo, hemos pensado: ¿por qué no vamos al museo egipcio?
Y nada…hemos bajado a la calle y, al cruzarla, hemos vuelto a poner
nuestras vidas en peligro: cláxones, coches por arriba, por abajo, gente cruzando! Sin embargo, ya he encontrado la táctica: busco la primera mujer con niños y me adhiero a ellos, cual miembro de la familia. Cuando pasan…paso!
El museo está en la otra manzana del hostal pero tardamos como 10 minutos o más en llegar. La entrada pues estaba llena de turistas y nos hemos colocado en la cola de estudiantes. Nuestro carné del “Carrefour” no nos ha servido como identificación estudiantil y hemos vuelto a la cola ordinaria.
El museo era todo de color beige, muy sucio y desordenado. Te podías encontrar esfinges faraónicas mezcladas con escarabajos de nuestros días, vasijas que usaba Cleopatra para la leche de burra con envoltorios del McDonald’s. Al final de todo había una parte que parecía un poco más atractiva: “Momias reales”, se llamaba. Y hemos pagado como 12 euros más para ver qué se cocía ahí dentro. Hemos visto a Tutankamon, eso sí.
Una cámara llena de cadáveres, momias con pelo y uñas largas, manos secas
y encarcaradas y, en cada una de ellas, una nota: Así murió tal…Bastante macabro, no sé.
Para paliar este efecto tan negativo hemos ido a buscar algo para comer sin especias. Y, cruzando el Nilo, hemos llegado a una especie de pizzeria donde nos hemos puesto las botas comiendo platos de pasta y fritanga varia.
De pronto, un mensaje de texto llegaba a mi móvil: “Marc, ya estoy en el aeropuerto”. Sí, Miquel (el tercero de los monos) volvía a reunirse con nosotros después de insistentes pregarias. Al llegar al hostal, Miquel yacía en
nuestra habitación común tocando una guitarra española que rondaba por ahí. Hemos pasado varias horas hablando, recordando nuestras experiencias en Rusia y tomando cafés aguachirri que, en ese momento, era lo menos importante.
Al cabo de un rato nos hemos vestido y hemos ido a ver qué se cocía por las zonas hoteleras de la ciudad y los rincones occidentales. Hemos entrado al Hilton, al Hotel Nilo pasando por controles de seguridad y. una vez en el interior, pues nos hemos dado cuenta que aquéllo parece otro pais. Es como el rincón occidental donde el lujo, los restaurantes, los bares y el ocio dan la espalda al Cairo pobre, destartalado, sucio y caótico. Sin embargo, nos hemos tomado una cerveza en una de las tavernas…
Después de esta ruta de contrastes socioculturales hemos ido corriendo como gacelas hacia el hostal porque esta noche había una cosa preparada: cena-espectáculo en un barco navegando por el Nilo! Nuestro recepcionista favorito nos ha preparado una pequeña guía para poder ir bajando por Egipto y, por supuesto, esta guía incluye esta cena que mirábamos con recelo. ¿Será tan cutre como pensamos?
Al llegar a la guarida cairina, nos pusimos un poco de colonia para alegrar los olfatos ajenos y nuestro guía-chófer llegaba al cabo de unos minutos. El olor a comino y la niebla ,causada por la contaminación, inundaba las calles. El caos, los pitidos, la gente cruzando sin mirar, los burros en carro y los altavoces de las mezquitas parecen que ya no se hacen tan molestos…nos estaremos adaptando?
La entrada del barco era como la de un restaurante de lujo con moquetas y cortinas rojas, es decir, el tipo de restaurante al que jamás iría. El comedor bastante grande, con mesas bien preparadas y una luz bastante fuerte. En el centro de la sala nos encontrábamos con una pequeña tarima donde darían lugar los espectáculos y, al final de todo, como una pequeña subsala donde se estaba preparando el bufet. La primera sorpresa de la velada es que nuestro guía no se fue a su casa…se quedó a cenar con nosotros. Y, no es que me molestara el pobre hombre pero, si la situación ya era violenta de por sí, sólo faltaba él. Los comensales empezaron a llegar: la primera mesa eran unos canadienses que, por las caras, estarían en una situación parecida a la nuestra; la segunda mesa constaba de dos niños, una mujer con un burka, su marido, la hermana que era la oveja negra de la familia y la abuela que, por la cara que tenía, hubiera preferido estar en su casa pelando gallos; la tercera mesa era una pareja egipcia bastante acaudalada, otra mesa estaba formada por dos chicas musulmanas bañadas en polvos de talco y, por último, la última mesa era un matrimonio: él de Egipto y ella afroamericana. De repente, dos cantantes y un pianista que no tocaba el piano llegaron y empezaron a cantar la canción de Titanic. Ya partíamos!
Nosotros también partimos hacia el bufet e hicimos de nuestro plato una
miscelanea alimenticia: calamares, pollo, carne, vegetales, huevos, legumbres, pasta y arroz. Y, nada…empezaron a aparecer personajes en el centro del salón: dos jóvenes bastoneros, una danzarina del vientre oronda, un hombre que daba vueltas con una especie de nórdico de colores, un enano danzarín, un dueto tipo Pimpinela…Parecía estar en el Circus de los Oddities de nuevo…
Pero la cosa se fue animando después de la cena: la cantante oronda que tenía menos gracia que un elefante sin trompa tomó a Aaron de las manos y empezaron a bailar. De pronto, vino el bastonero y nos cogió a Miquel y a mí; la afroamericana se descalzó y vino a bailar; el marido de la mujer del burka
también entró en la pista y todo fue una catarsis de emociones: bailes, corrillos, bastonazos y alegría!! Oleeeee!!!! Que buen final de día para darle a Miquel la bienvenida.


















