Hoy la entrada tendrá 3 dias porque en la selva no teníamos
horarios, los relojes no existían, el día se mezclaba con la noche…
El pasaporte, un par de prendas de ropa interior, una sudadera, pantalones cortos y largos y, sobretodo, antimosquitos. Así empezaba el día: nervios, prisas, Aaron dejándose el neceser en el baño, maletas que no cerraban…
Como tres budas sin barriga, nos esperamos fuera del hostel hasta que llegara la flagoneta que nos llevaría al norte de la ciudad y subir hasta la base de la montaña para, una vez allí, comenzar la ruta.
Un guía joven con una sonrisa permanente nos abrió la puerta del automóvil. Se llama Brita y era muy moreno, nacido criado en Chiang Mai. Dentro de la furgoneta había 3 parejas: dos
parejas de franceses y una pareja, más mayor, de Holanda. La pareja de holanda era muy divertida: tendrían unos 50 años, tatuados de los pies a la cabeza, no comían nada porque no les guataba la comida tailandesa y sólo fumaban y bebían cerveza.
Un poco intimidados Aaron, Victor y yo nos pusimos en los asientos de atrás
para poder rajar de todos los pasajeros. Nos condujeron a la policía turística para dejar nuestros pasaportes y ya nos pusimos en marcha. Las ventanas de la furgoneta estaban abiertas, casi no se nos oía al hablar y la sensación de aventura parecía que ya había empezado. Poco a poco el paisaje fue cambiando: empezamos a ver más y más naturaleza, caminos más angostos y menos asfalto. La primera parada fue a un mercado muy típico tailandés para comprar las últimas cosas que necesitábamos para el viaje: papel de WC porque, evidententemente no habrían váteres, alguna linterna y
cerdo…mucho cerdo para pasar la angustia o provocarla. El mercado estaba en hora punta: gente corriendo, paradas llenas de comida y frutas, despojos…entre los personajes vimos a la
Carmen Sevilla tailandesa y a la frutera con el ojo seco. Cuando ya nos llenamos la mochila de provisiones volvimos a la camioneta y, desde el mercado, pues sólo faltarían un par de horas para llegar a pie de jungla.
Me desperté y a mi alrededor ya sólo había montañas. Llegamos como a un especie de abrevadero donde nos sirvieron unos táperes con arroz tres delicias. En ese momento, empezamos todos a conocernos, los hielos se rompieron y el grupo estaba más unido. “Qué hacéis en la vida?”, “Cuántos días estais en Tailandia?” y así…
De repente, Brita llegó y nos dijo: “Ahora nos vamos a montar en elefantes y daremos una vuelta”. Y, con toda la ilusión, fuimos bajando por unas laderas para encontrarnos con los elefantes. La imagen que tengo es la de “Jurassic
Park” cuando se ven los dinosaurios de fondo…Allí, a lo lejos, estaban los elefantes comiendo hierba y moviendo la trompa. ¡ Qué ilusión!, era la primera vez en mi vida que veía a estos animales disfrutar en su hábitat natural. Victor y yo nos subimos en el lomo de Paqui, nuestra paquiderma preferida y Aaron se subió en la cabeza. Y, la sensación, pues no sé…es mucha altura y los animales bajan unas cuestas que no quería ni mirar hacia abajo. Paqui era
muy perezosa y nos quedamos los últimos porque se iba parando todo el rato. Finalmente, después de haber tomado unas fotos y disfrutar de la experiencia, nos estiramos un rato en la hierba para relajarnos. Los franceses, los holandeses, Victor, Aaron y yo seguimos al guía y fuimos subiendo por la montaña. Y subimos, y subimos…hasta que no podíamos más: todo era pronunciado, muchos árboles que nunca había visto, arañas y telas por todo el recorrido.
Llegamos arriba exhaustos y maldeciendo a la p. madre que había parido al guía porque era realmente agotador. ¡Qué vistas desde ahí arriba! La civilización ya no existía, todo era verde y, conforme nos ibamos metiendo en la selva, había sonidos de riachuelos, de hojas que se movían con el viento y del tipo: ” uuu,
uuu uuu”, “tshhhh”. Estuvimos cinco horitas más andando hasta que nos fuimos acercando a una aldea. La francesa se torció un tobillo y los holandeses seguían fumando, Victor se tapaba la cara del cansancio y yo me senté en una roca con bastante mal humor. Todo el pueblo salió a recibirnos: las abuelas, los niños,
un joven sordomudo llamado Tom. Nos condujeron a nuestra cabaña que estaba situada al final del poblado, en lo alto de una colina. Todo eran gallos, cerdos sueltos y pequeños fuegos que hacían los campesinos. El guía, gente del pueblo y Víctor fueron a preparar la cena en un rincón de la cabaña y Aaron y yo nos quedamos en el exterior hablando con nuestros compañeros de viaje. Poco a
poco fue atardeciendo y, qué maravilla: el cielo se empezó a poner rojo, las montañas tomaban un color verde oscuro y las primeras estrellas empezaban a aparecer. La cena ya estaba lista: un poco de tarántula que nos habíamos encontrado muerta en el bosque, más arroz y agua. Todo el pueblo empezó a llegar y había mucho ambiente. “Qué pasa?, por qué la gente está tan activa aquí?” – preguntamos al guía. “Es que mañana es Año Nuevo en el pueblo” – contestó. ¡Qué bien! Era mi tercer año nuevo en apenas un mes y estábamos en plena selva y la gente era tan diferente…
La sorpresa mayor fue al salir de nuevo al exterior: miles y miles y miles de
estrellas como nunca antes había visto. Y Aaron me dijo: “ves?, las estrellas aquí son diferentes, como en Australia”. Nos pusimos muchísima crema antimosquitos para protegernos de malarias y picores y nos cubrimos la piel con ropa. Las voces de nuestros compañeros se iban apagando y, al final, sólo se quedó Aaron hablando con Nikki, un joven con rastas que era también guía y pasaba días en esa aldea.
El olor a café nos despertó. Salimos, me lavé como un gato porque no había agua caliente y nos pusimos, de nuevo, calzado cómodo por la posible caminata que volveríamos a dar hoy. Desayunamos huevos duros (otra vez) y nos fuimos a visitar una cueva cercana al pueblo cuyos habitantes eran, nada más y nada menos
que murciélagos. Entramos sigilosamente y Tom, el chico sordomudo, nos esperaba en una roca poniéndose el dedo en los labios para advertir que nos calláramos. Y, con una linterna y un poco de tensión, fuimos hasta el interior de la cueva donde no vimos absolutamente nada…sólo un murciélago muerto en el suelo! Ole!
El grupo se hacía más pequeño hoy. Los franceses se iban a otro sitio y nosotros nos quedábamos con los holandeses hasta el final de la ruta. Con el guía por delante fuimos andando y andando de nuevo: laderas, troncos, hojas y, de vez en cuando, el hombre cogía un cuchillo y, con troncos de bambú, se ponía a hacer objetos: vasos, cucharas, palos…
Al cabo de unas horas ya habíamos atravesado toda la montaña y
llegábamos a otro poblado donde nos dieron de comer. Por la tarde entramos en una zona de la jungla donde había más humedad y se oían riachuelos. Fuimos apartando grandes hojas, pasando por troncos que atravesaban el rió y, finalmente, llegamos al paraje más remoto que quizá haya podido estar en mi vida. Se trataba de una aldea con sólo dos casas y nuestra cabaña. El exterior tenía un color verde oscuro y una gran cascada bañaba la zona! Nos quedamos con las bocas abiertas.
Todo era perfecto: una cabaña para nosotros, un lago con una cascada para
nosotros y un montón de animales que había ahí también para nosotros. Teníamos casi toda la tarde por delante para hacer cosas, así que lo que primero hicimos fue, como podeis imaginaros, bañarnos en la cascada. Qué placer y qué bien sienta bañarse en un sitio así, con el agua cristalina y todo tu alrededor tan verde y fresco. Más tarde, nos pusimos en una especie de mesa de madera que estaba en la cascada a hablar con los holandeses. Tomamos cerveza,
como no, y conocimos a unos niños que eran de ese pueblo. El guía nos explicó que ,en estos poblados que estábamos visitando, la gente habla idiomas locales, tienen celebraciones muy diversas y, como podíamos ver, también vestían y vivían muy diferente a la gente de, por ejemplo, Chiang Mai. La tarde fue pasando y ya llegaba la hora de la cena. Una vela con la que no podíamos ver casi el plato de comida y una anciana del poblado eran la única diversión de la zona a esa hora. Aaron y yo fuimos a buscar algún sitio para depositar y nos adentramos un poco en el bosque. Qué sensación más rara! ¡cómo cambiaba la jungla de día! Ahora todo oscuro, los árboles tomaban
formas raras y daba un poco de respeto dejar el pueblo atrás. Volvimos de nuevo a la cabaña y…sorpresa…la anciana estaba esperando que nos fuéramos a dormir para apagar la única luz que quedaba en la montaña: nuestra vela. Eran las 20.00! Y sí, apagó la vela y ahora sí que no se veía nada. La noche fue bastante dura: perros ladrando de repente, el sonido de la cascada de fondo, oscuridad total y, de vez en cuando, ruidos dentro y fuera de nuestra choza. Al cabo de unos minutos se podía intuir una luz de una vela en el exterior.Como no podía dormir y las mosquiteras me daban una sensación claustrofóbica, decidí mirar por entre las tablas de madera de la cabaña : la anciana estaba parada con la vela mirando nuestra cabaña! Ay qué miedo pasé esa noche!!
“Marc, wake up” – me dijo Aaron sobre las 9 de la mañana. Con las paranoias de la noche anterior y el frío que pasé, no sé cómo aún estaba vivo. Hoy ya tocaba ducha y qué mejor que, a primera hora de la mañana, meterse en la cascada con el agua bien helada. Durante los tres minutos que estuve en el lago no pude cerrar la boca en ningún momento pero, eso sí, salí con una energía del lago que no necesitaba ni comer cereales. Ya desayunados y
saneados la anciana vino a despedirnos y dejamos el poblado atrás. Fuimos siguiendo el riachuelo, pasamos troncos de 20 metros por encima de éste, saltamos, subimos, bajamos…todo eran obstáculos. Llegamos a otra cascada pero ya empezaban a aparecer más turistas ya que habíamos llegado a la zona donde se
practican deportes de aventura. Y, por supuesto, hicimos rafting y bambú rafting que, en lugar de ir con una barca inflable, se va con una balsa de bambú. La aventura estuvo guay aunque, si hubiera habido más agua en el río, supongo que hubiera sido más emocionante.
Estábamos esperando en la mesa de un merendero nuestra furgoneta de vuelta a Chiang Mai. Los holandeses se emborracharon de cerveza pero, esta vez, fue bastante más fuerte: el hombre imitaba a los gallos, bailaba con las chicas jóvenes y ella sólo fumaba, reía y nos iba explicando capítulos de su interesante vida como trailera de la Heineken.
Nuestra furgoneta llegó y nos dirigimos, de nuevo, a Chang Mai. Dentro de ésta, estaba Nikki ( el chico de las rastas ) que nos entretuvo durante todo el viaje de vuelta. Llegamos a nuestro querido MD House y descansamos un
rato hasta que Nikki vino con una amiga suya y nos fuimos al mercado del domindo que se celebra en Chang Mai cada semana. Fuimos a cenar juntos, nos tomamos unas copas y,
para finalizar estos tres días de diversión, fuimos a un club muy chulo de la ciudad: “Discovery”. Entramos, sólo había tailandeses y las bebidas se compraban por botellas!! No os imaginais qué forma de terminar la excursión!