No he podido dejar de ir. Al llegar a Hong Kong y leer sobre las atracciones y
las cosas que ver, me di cuenta que al final del mapa, a mano izquierda, había una pequeña isla con un símbolo del Mickey: “Disneyland Hong Kong”, ponía. Siempre he sido un fanático de los parques temáticos, montañas rusas y atracciones varias. Y tenía la “necesidad” de visitar este parque y ver qué diferencias había con los otros parques Disney. Mientras mis compañeros se acicalaban la dignidad, mi iPod y yo fuimos a dar una vuelta
por la ciudad. Crucé la calle y pude observar lo horrendo que era el edificio donde se ubicaba nuestro hostal. Feo de cojones…! Subí por una calle principal y había mucha gente: ejecutivos, estudiantes, mujeres que te daban panfletos para hacerte masajes, gente cocinando en los restaurantes y, de nuevo, olor a pescados y vapor. La otra sorpresa de la mañana, a parte de nuestro edificio, era la cara con la que me encontré a Aaron por la calle: tenía ojeras para guardar un móvil, se había mojado el pelo y parecía una cría de nutria recién nacida. “Aaron, qué te pasa?” – le pregunté. Se ve que los colchones de la habitación eran duros como una piedra y el pobre bicho no había pegado ojo en toda la noche. “Va, vamos al Starbucks Coffee” – sugerí. Víctor se enamoró
de una pasta de hojaldre rellena de salchichas y yo, pues intentaba ver mejoras en la cara de Aaron conforme bebía cafeses. Parecía que ya nos encontrábamos mejor y fuimos a coger el metro para ir a Disneylandia. Y nada, hicimos un par de trasbordos mal cruzados y, en unos veinte minutos, ya estábamos delante de la linea Disney. Qué fuertos los trenes: las ventanillas con las caras del Micky, los asientos hechos de la piel de Blancanieves y los sujetamanos
también disneylizados. De repente, cuando todavía estábamos admirando el tren, un sonido de estrellas se oía por todo el vagón: “iiinnnggg, Welcome to Hong Kong
Disneyland, have a wonderful day”. Salimos del vagón y fuimos andando hacia el parque. El día era gris como una yema rehervida pero, sin embargo, quizá este hecho hacía descender el número de visitantes. Pero no…nos habíamos olvidado de algo: hoy era 14 de febrero y había miles de parejas chinas con ramos de flores indagando por las cercanías del parque. Noooo! Bueno, una vez dentro, parecía que la cosa no era tan grave… -Pero, qué es esto??!! – gritamos. Cuando vi el castillo del parque, se
me cayó el alma a los pies: una cosa pequeña y achatada…mi casa
es más alta que el castillo. Empezamos a dar vueltas por el recinto, nos subimos a la Space Mountain, que era la única atracción fuerte del parque, y casi todo lo demás fueron espectáculos y paseos. Al parque le faltaba una zona, no había casi atracciones y Víctor me miraba y decía:” este parque es un quiero y no puedo!”. A la hora de comer hubo una equivocación y pedimos comida para un regimiento y, durante la tarde, estuvimos subiéndonos en las atracciones infantiles para darle un poco de acción al parque! Los chinos se quedaban estupefactos al ver tal espectáculo
pero, total… nadie nos conocía. Salimos del parque sobre las siete de la tarde y tomamos, de nuevo, el metro para volver al centro de Hong Kong. Qué guay, teníamos el síndrome de la
montaña rusa: pies machacados, acaloramiento general y espaldas encorvadas. Todo esto se arregló con una ducha y una cena en un restaurante neochino. Llegamos a un bar, cerca de nuestra casa y, ahí, brindamos por el día y pasamos de San Valentín a San Ballantine’s.
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