La mañana ha estado como la noche en Kuala Lumpur: tranquila.
A pesar de las inclemencias del calor, hemos podido llegar a la zona donde se encontraban los autocares, cerca del “Central Market”. Hemos podido degustar un buen “Iced Café Latte” con bastante hielo y cafeína y, al cabo de un momento, nuestro autocar aparecía detrás de unos arbustos.
“Qué lujazo” – decíamos a la vez. Un autocar ancho con asientos reclinables hasta la horizontalidad, tanto espacio entre los asientos que, incluso se podrían colocar dos terneros entre tus piernas y el asiento de delante. Y dejábamos Kuala Lumpur, sus torres Petronas, su forma de vida y su poderío.
Carretera y manta, teníamos unas cinco horas de autocar que se hicieron
bastante amenas. Íbamos parando de vez en cuando y, en estas pausas, compramos marranadas: quicos, apetinas, empanadillas de patata que, por cierto,provocaron una frustración a Víctor….
Entre silbatos y trompetones ya dejábamos Malasia y, con el autocar, pasamos por la aduana para que el gobierno malasino nos pusiera el sello de salida. Una vez en territorio cero, delante nuestro había mucho agua y un puente que cruzaba: estábamos llegando a Singapur. La ciudad-país-provincia es sólo una isla de 692 km2 conectada con metro y algunas islas artificiales que cada vez se van acercando más a Indonesia. Llegamos a Singapur y nos dejaron en
una especie de terminal de aeropuerto donde había un cartel donde dejaban las cosas claras: “If you have drugs, you will be executed”. Pasamos unos controles para entrar al país y, una vez dentro, el autocar nos venía a buscar de nuevo para conducirnos al centro. Ante nosotros, cientos de rascacielos acabados y sin acabar, se abrían paso. A parte de muchos edificios, Singapur es el país con mayor densidad del mundo, su lengua oficial es el inglés pero, en todos los sitios, el hindú, el chino y el malayo están presentes ya que todo el mundo proviene de algún otro país.
Salimos del autocar con ansias de visita y, subiendo por “Arabic Street” llegamos a nuestro hostal donde, un señor muy sonriente, nos llevó a las habitaciones. ¡Ay, Dios! Nunca había estado en un sitio tan raro: era como un piso con muchos departamentos tipo rayos UVA y, en cada una de estos agujerillos, pues había una cama y un armario. El techo estaba abierto y podíamos hablar desde la habitación y, todo era como plastificado y claustrofóbico. La tarde estaba muy húmeda, ya con el sol muy bajo y la primera impresión de Singapur fue bastante confusa. A medida que íbamos andando, pues la ciudad iba cogiendo su encanto. Se trata de una ciudad con diferentes
barrios étnicos: el barrio chino, el barrio indio, el barrio tal y cual. El centro está lleno de rascacielos que están bañados por un río y, al final de este río, está la Marina y muchísimos teatros. Los paquetes de tabaco ya subieron a los 6 euros, no se podía fumar en ningún sitio y, las consecuencias por tirar la colilla al suelo, podrían ser fatales. Todo está plagado de tiendas de informática a precios baratos, muchos restaurantes y una exageración de centros comerciales con miles de tiendas en el interior. No cabe el aburrimiento en esta ciudad, incluso si por fuera, parece una ciudad típica de negocios.
Llegamos a un pequeño mercado donde servían mucha comida china y comimos unos cuantos noodles con salsas raras. El ambiente alrededor un poco bizarro: chinos con las miradas perdidas y comiendo con la boca abierta, cabezas de pato laqueados colgando de todas las tiendas, olor de comida mezclada con perfume barato y amoníaco. Pero cenamos…
Ya de noche, fuimos bajando la Calle Victoria hacia abajo y llegamos a China
Town que, para mi gusto, se le da un aire a Nueva Orleans, no sé por qué. Estuvimos en una terracita de un bar muy chulo y nos tomamos un par o tres de Long Islands para celebrar la noche singapurina. A ver mañana qué nos ofrecería el día























