Los días en Las Vegas han empezado a ser repetitivos: máquinas, hoteles,
casinos…La verdad es que tomé unos días extras en la ciudad para poder algunos planes y ya cerrar la ruta por América. Ayer me estuve el día entero organizando dónde iría y la opción más barata de transporte y alojamiento. Después de pasar horas y horas viendo lo que podría hacer, os dejo los horarios definitivos de la ruta transamericana. ¡No tiene desperdicio!
Hoy era el día que hacía el check out de la ciudad de Las Vegas. Qué fuerte me ha parecido esta ciudad y qué interesante es ver cómo el ser humano se transforma frente al dinero y el exceso.
Dejé la maleta en el hotel sobre las 12 de la mañana. A esa hora, los gritos y las sonrisas de riesgo ya se oían en el interior del casino. Yo, sin embargo, con llagas en los dedos de tantas máquinas, decidí ir a dar la última vuelta por la ciudad y a imprimir todos los documentos para los próximos días.
Pues, ¿qué os tengo que decir?: fui al Starbucks (para variar), luego al FedEx Kinko’s (a imprimir billetes) y, más tarde a otra cafetería para leerme las guías y enterarme, al menos, de dónde iba y por qué. Esta noche era muy especial: tomaba, de nuevo, el galgo para irme a Salt Lake City, Utah. Así que, ya os digo, mi tiempo en Las Vegas estaba ya en un cuentagotas. Sobre las siete de la tarde pensé: “Como en el bufé sólo hay comida basura, iré directamente a comerme una hamburguesa y la disfrutaré más”. Otra vez, tomé el paso hacia el hotel y, casi al llegar a la entrada, un hombre vestido de rapero se gira y se ríe al verme. “¿No te acuerdas de mi?” – me dijo mostrando un par de dientes de oro. –“Hombre Jeremy, ¿qué tal todo?” Ayer, cuando fui al 7/11, había estado charlando un rato con él y me aseguró que me lo encontraría otra vez por la ciudad. ¡Y veis, tenía razón! Me saludó, me deseó buen viaje y se despidió de mí.
Entré al restaurante del hotel, saqué la Lonely Planet y me incliné en el
asiento como un pequeño tocino. De pronto, una hamburguesa de 3 libras se apoderaba del blanco de la mesa. Además, como nunca tengo “prou”, me pedí unas onion rings para bajar el exceso de ternera. Fui a buscar mi maleta y, desde fuera del hotel, llamé a un taxi: “A la estación del Greyhound, por favor”.
Me senté en un taxi oscuro y, poco a poco, las luces de Las Vegas se iban haciendo más y más pequeñas. Las calles empezaron a estrecharse y, al cabo de unos kilómetros, llegábamos a la estación de autobuses. El exterior de la estación ya decía mucho de ésta: gángsters, ancianos con sombrero y botellas de vino en bolsas marrones de cartón. Yo, con una paciencia insalubre, me quedé esperando una hora a que el autocar hacia Salt Lake City zarpara desde la estación. “To Utah” – decía una voz rasgada por los abusos. Pero, claro….imaginaos cómo suena en inglés “To Utah”…”Tuyuta”. Y, yo:”¡Ay, será alguna pasajera india que se ha extraviado, o algo” y, tuve que escucharlo unas cinco veces, para darme cuenta de lo que la mujer quería decir.
Pero no, nuestro autobús hacia Utah ya estaba a punto de salir y nos tenían que revisar las maletas. Suerte que me había fijado en una chica que estaba en la cola conmigo y, cuando subió al autocar, decidió sentarse a mi lado. De repente, en ese momento me metí un “Ferrero Rocher” en la boca y la policía entró en el autocar: “Hola, somos la brigada número 2 de la policía de Las Vegas y, cada vez que un autocar abandona el estado de Nevada, venimos a hacer una serie de preguntas a los pasajeros”.
Nos preguntaron si llevábamos armas, si llevábamos drogas en las maletas pero, a partir de aquí, todo empezó a cambiar. Un grupo de perros subieron al autocar para oler nuestro equipaje. Por otra parte, los policías hacían levantar a alguno de los pasajeros y los cacheaban de una forma un poco brusca y violenta. A mí sólo me preguntaron:- “¿llevas armas en las maletas?” Y con los dientes negros del “Ferrero Rocher” le contesté: “Absolutely not”.
Me saqué la sudadera y la utilicé como almohada, busqué mi iPod y empecé a escuchar música relajando mientras el Galgo apagaba las luces y, al cabo de un rato, el único reflejo que teníamos, era el de una luna en medio del desierto. ¡Hacia Salt Lake City!


























