Estuve toda la noche soñando con atracciones: el pulpo, el saltamontes, la
“olla cachonda”…Hoy sólo quedaba una cosa por hacer: tomar el autocar para ir a las Fabulosas Vegas.
Tenía el desayuno incluido en mi pequeño motel de Los Ángeles, pero hoy era el primer día que lo probaba. “Menos mal que no he venido ningún otro día” – me decía mientras roía un trozo de queso con moho (lo cual no agradecí cuando noté que no se trataba de queso azul).
Pues mira, tú…con la mochila a cuestas y con la dignidad más alta que nunca me fui dirigiendo hasta la parada del metro que me llevaría a “Union Station”, la estación de Amtrak y trenes de la urbe californiana.
Llegué a una estación bastante curiosa porque el techo estaba hecho de películas de cine vacías…Entré en un metro ligeramente vacío y, en unas cuantas paradas mal contadas, llegué a una especie de iglesia anglicana: “Union Station”.
Me senté en una sala de espera de madera con techos muy altos y, de vez en
cuando, le iba dando un muerdo a un bagel de pollo de granja que había comprado. “Ahora empieza la ruta real por América” – pensaba mirando cómo los trenes partían desde los andenes. Yo, que me siento más humilde que resfriado, decidí cruzar América en Greyhound Lines (el galgo) , que se trata de una compañía estatal de autocares conocida por sus largas distancias por los Estados Unidos. Salí a una especie de jardín para ancianos y, a pocos metros, estaba mi autocar esperando: “Las Vegas, Nevada”.
Ni me alegro ni me da pena dejar Los ángeles, la verdad. El sentimiento es bastante neutro, más o menos como cuando te ponen un buen filete y al lado ensalada: “Vale, te comes la ensalada, pero si no estuviera, pues tampoco la hubiera echado de menos”. Pues igual con Los Ángeles.
El autocar estaba lleno de carne de habladuría: la familia Rodrigues, recién llegados de Monterrey; una chica islámica con altos poderíos y con un velo Gucci, una espía rusa que sólo dormía, dos chicas rubias con muy mala vida y un joven con aspecto del Oriente Próximo.
Pues ya estábamos en el autocar y, al cabo de un ratito, la máquina se ponía en marcha y empezamos a cruzar California. Yo, que tengo mucha vista, pensé: -“Pues mira, ya que no tengo nada que hacer en seis horas, voy a escribir un poquito para que mis makafans me puedan leer”. Encendí la computadora y empecé a escribir tomos y tomos de entradas hasta que, de repente, observé que mi compañero de asiento, el chico de Oriente Próximo, estaba mirando la pantalla sin parar. –“Ufff, ya estamos con pacotillas de viaje” – iba pensando mientras sacaba la mandíbula para fuera y cerraba los ojos. –“Perdona, ¿eres escritor?” – decía una voz con un acento árabe muy grave. –“¡No, qué va!, sólo escribo por hobby…” le dije mientras apagaba, de nuevo, el ordenador. El joven se incorporó con afán de conversación, encendió su ordenador (más moderno que el mío) y empezó su discurso. –“Mira, te cuento. Yo soy de Irak y acabo de llegar a los Estados Unidos. He estado tres años de militar con el ejército americano trabajando de traductor. Al Qaeda, al enterarse de mi situación con el ejército americano, fue a mi casa y mató a toda a mi familia. Ahora, después de la
experiencia vivida, los Estados Unidos me han concedido un visado de protección y asilo político fuera de mi país y, mientras esté aquí, quiero dedicarme a escribir un libro sobre mi experiencia”-. Así se me quedó la cara: O__O, mientras la rusa seguía durmiendo.
Y nada, me enseñó su pasaporte iraquí y, cuando acabó de hablar, se dispuso a enseñarme los videos de sus batallitas por Irak. “Mira, ves…aquí tuve que matar a estos dos. El cadáver olía, claro, llevaba así dos meses por lo menos”. “Aquí, ¿ves a este hombre?, míralo ahora…lo tuve que matar porque era de Al
Qaeda”. “Esto es una fosa común…” y, poco a poco, me fui diluyendo en un sentimiento de aprensión, asco y lástima que acabó con una frase de cortesía y un papel escrito: “cuando tengas el libro me lo mandas a mi e-mail, ¿vale? Y giré la cabeza para ver los anuncios de publicidad de tiendas de armas que habían por lacarretera, mientras echaba un suspiro de hostilidad.
Bajamos a hacer la parada pertinente para que los niños y los ancianos
pudieran hacer uso del lavabo y, los demás, teníaos la opción de ir a algún restaurante con comida super sana. Paramos en un rancho con una estación de tren del McDonald’s e, incluso, los trenes eran de la compañía y la gente estaba dentro comiendo Big Mac’s. Estuve un rato, me vi obligado a comer una hamburguesa y, al cabo de un rato, subimos de nuevo al Galgo para continuar con el viaje.
–“¿Estoy en Aragón?” – me decía muy sorprendido. Os juro que estaba pasando por los Monegros: el mismo color, la misma flora, la misma dimensión. Pero no: ¡estaba en Nevada! El paisaje desértico y amarillo inundaba el ambiente del autocar y los primeros susurros se empezaban a escuchar: “Mamita , mi mamita.., tamo llegando ya La Vega”. De repente, la arena pasó a ser asfalto, la flora se convirtió en hoteles y la dimensión pasó de ser horizontal a vertical. Eso significaba algo: habíamos llegado a Las Vegas.
Bajé del autocar con un desparpajo impresionante: no sé por qué razón tuve que saltar los tres escalones y dejarme caer al suelo flexionando las piernas. Pero, simplemente, lo hice.
En fin, que en esa estación no se aclaraba ni la dueña del kiosco, así que tomé un taxi ilegal para que me llevara al famoso hotel Sahara, conocido por ser el lugar de las Vegas con el buffet libre más barato. El “taxista”, que era de Montana según me dijo, había llegado a la ciudad la noche anterior y el pobre hombre no sabía ni dónde estaban los
hoteles ni nada. Armado de paciencia, tuve que esperar 30 minutos para que el señor se aclarara y me dejara en la puerta equivocada del hotel. Y, por supuesto, al abrir el portal me encontré con el casino más grande que he visto nunca. La escena era: yo con las mochilas, con un café del Starbucks cruzando el casino y haciendo fotos como si llegara de la puebla.
Rápidamente me di cuenta de cómo funcionaba todo aquello y me dispuse a hacer el check in: habitación 1440, una habitación con vistas a las afueras de Las Vegas, es decir, al desierto.
La habitación era tan grande como toda mi casa y la decoración pecaba mucho de gusto pero, por el precio que había pagado, era de lujo. Me estiré en la cama, puse el Telemundo y me dormí hasta que, a media tarde-noche, bajé a comprarme una ensalada César y, me dije: – “voy a apostar a esta máquina”. El casino daba bastante pena: todo era una pasada (no os digo que no) pero los ejemplares que estaban jugando, más toda la purria que había con bermudas y camisas de flores, me transmitían una
sensación como si estuviera en los suburbios de algún pueblucho de Oklahoma. Pues estaba yo en mi tragaperra, tematizada con los personajes del Mago de Oz y, fue ahí, la primera vez que ganaba algo: ¡por veinte dólares me dieron cien! ¡Y qué fácil fue! Tres “Totós” me dieron el premio de la noche y me fui a la habitación más contento que nadie. “Ahora me voy a dormir, que mañana quiero visitar la ciudad” – me dije mientras observaba que no funcionaba el agua. Llamé a recepción, subió un hombre con un aspecto lamentable y, cuando se fue, comprobé que el agua seguía sin funcionar. “Mira, ya llamaré mañana por la mañana otra vez”
– “Bona nit Marc”- me dije reflejado en la tele.
































