Soy un desastre humano y sabía que iba a pasar: cada vez que tomo vuelos de
“sólo ida” me quedo tirado en los sitios porque mi organización como persona es cero. Total, que como no me cogí vuelo de vuelta a Sydney, me he quedado tirado en Melbourne. Y, ¿ahora qué? ¿voy a Tasmania? ¿vuelvo a Sydney para relajarme? ¿me lanzo de un quinto piso? Suerte que he encontrado gente en esta ciudad que me ofrecen alojamiento. ¿Morro o supervivencia?
Me he pasado los últimos dos días buscando información para mi súper cruzada por los Estados Unidos. ¿Lo cruzo por arriba, por abajo, por el centro, para dentro? ¿Tendré que robar para sobrevivir? ¿Tendré que sobrevivir para robar? Preguntas y más preguntas que buscaban respuesta en un Marc abatido por los cafés y la poca faena.
Mientras Raphael trabajaba, pues yo me quedaba en los cibercafés y en todos
los Starbucks que había en la capital de Victoria. Finalmente, y después de destrozar las últimas neuronas que me quedan, reservé un vuelo de vuelta a Sydney para el día 1 de Abril. Aaron me llamó y me dijo: “como te vas a América el sábado día 4, quédate unos días en Wallacia y así lavas la ropa, te acomodas y trabajas con los preparativos”. – “Por qué no, Marc? ¿Por qué no?” – pensaba mientras veía pasar los últimos tranvías del día.
Y, así lo hice. El miércoles, a primera hora de la mañana, Raphael me despertó: “Marc venga, que tienes que ir al aeropuerto” – me decía con los ojos cerrados. Llamamos a un taxi, me despedí de Raphael y de su compañero de piso y me dirigí al aeropuerto internacional de Melbourne. Jamás olvidaré el trato de esta gente hacia mí…
Mientras el taxista me llevaba a la terminal, mi mente decía: “Voy a volver Melbourne de nuevo, seguro que un día volveré” y me apoyaba en la ventana del coche, recordando las viejos largometrajes de Hollywood, donde la agonía y la desesperación hacían que la víctima se convirtiera en protagonista. ¿Cuánta hipérbole, no? J
Bueno, a lo que íbamos. Llegué al aeropuerto y todavía era de noche ya que, el vuelo que tomé, era el más barato de Australia.
Y, con cara de tonto delante de los paneles del aeropuerto, me preguntaba: “¿Dónde c…está mi vuelo? Y, dando vueltas por la terminal, me crucé con una chica de la tripulación de Jetstar (la compañía con la que volaba). Yo, pensando que ya me había equivocado de aeropuerto, fui con la cara estremecida hacia la mujer. –“Mira, perdona…que no encuentro mi vuelo”. –“No, tranquilo…está retrasado hasta las 12 de la mañana” – me dijo con cara de “no es culpa mía”. Y, rápidamente, se sacó de un bolso unos bonos para ir a comer hamburguesas gratis al Hungry Jacks (Burger King).
Yo, en la otra punta del mundo, en un aeropuerto de mala muerte comiendo “Whoppers” mientras esperaba que mi avión llegara de las Filipinas. Total, que vi unos enchufes en el restaurante rápido y empecé a cargar las cosas: la cámara, el teléfono, el ordenador…Una mesa pequeña, yo comiendo hamburguesas a las ocho de la mañana mientras mi alrededor parecía una telaraña con todos los cables liados. De película…
Cuando ya había leído la prensa de todos los países del mundo, me dirigí a la puerta de embarque donde, mi vuelo, supuestamente estaba a punto de partir. Y, de pr
onto, todo el mundo estaba haciendo fotos: “Debe haber alguien famoso?”- pensaba. Me dirigí donde se encontraba el meollo y, frente a mí, estaba estacionado un Airbus A380 (el avión más grande del mundo) de la compañía Quantas. “Dios mío, vaya bestia” – iba murmurando con la cámara de fotos en la mano.
Mi avión que iba a Sydney no era tan grande pero era exageradamente enorme para hacer un vuelo doméstico. “Señoras y señores, el avión procedente de Manila con parada técnica en Melbourne va aterrizar en la terminal internacional de Sydney” – decía un hombre por megáfono. Lo que me faltaba, ahora ya entendía por qué el vuelo era tan barato: tengo que llegar a la terminal internacional de Sydney y pasar por inmigración y cuarentena, otra vez. “Qué paciencia de día” – iba pensando mientras cruzaba los pasillos del aeropuerto.
La cosa no fue tan horrible porque, gracias a dios, los empleados ya sabían que mi vuelo procedía de Melbourne y no me miraron ni la cara.
Salí a la terminal y Aaron me estaba esperando en uno de los asientos para los familiares y amigos. “Aaron!!!!” – grité desde la puerta de salida. Y, sí, al final sólo habían pasado unos días desde nuestra despedida. “Venga Marc, que nos vamos a Wallacia” – me dijo con sonrisa pícara.
Realmente tenía ganas de volver a Wallacia para pasar un par de días.
Supongo que ya me había acostumbrado a la vida rural que llevan por ahí arriba y me apetecía ver el rancho, el bar del pueblo con el “Kino”, las cenas a las seis de la tarde.
Y sí, nada había cambiado: los caballos, las vacas, los paisajes verdes, la familia de Aaron…Entré a la casa, todo el mundo me abrazó y, Kerry, con las manoplas en las manos, me comentó al oído: – “Hoy hay cena de bienvenida”.






















