Esta mañana me he despertado de mala gana: tenía que hacer el check out de
este hotel, al cual ya me había acostumbrado, e ir a St Kilda (el barrio donde están las playas de Melbourne). Con la cara marchita, reflejo de una noche larga, mi mochila y yo bajamos a la recepción para hacer la pregunta del día: -“¿Han cancelado alguna habitación para hoy?”. El conserje se sacó las gafas, miró hacia arriba y con cara de bibliotecario dijo: “-No”.
Pues no me quedaba más remedio que hacer ruta con la mochila. Fui a desayunar un poco de muesli en polvo y, con la calma, tomé el tranvía número 16 para dirigirme a las playas. ¡Qué tranquilidad de mañana, por eso! El tranvía estaba casi vacío y, como era primera hora, la panorámica era bastante agradecida: sol saliendo, empresarios yendo a trabajar, escolares…
Al cabo de un rato, los rascacielos se convertían en casas bajas. A la derecha se podía ver un mar muy azul y, a mi izquierda, un parque gigantesco. De pronto, unos ruidos aparecieron de la nada: “¿Qué es eso?” – me preguntaba mirando por la ventana del tranvía número 19. El sonido era cada vez más fuerte y ,
en la siguiente estación que paramos, más de 30 personas entraban al tranvía. “Ahhhhh, son los colaboradores de la Fórmula 1 y los sonidos, son los coches que deben estar haciendo pruebas”. Pues sí, ya sabía que el parque donde se celebra el “Grand Prix” estaba cerca de las playas, así que no faltaría mucho para llegar a St Kilda.
“Acland Street!!”….”Acland Street!!” – decía el conductor del tranvía. Todo el mundo se bajó así que, guiado por la imitación, yo también lo hice. Llegué a una calle abarrotada de restaurantes y bares, saqué la guía y, como pude, empecé a buscar el hostal que había reservado para tres noches más. Y venga subir calles y más calles pero el hostal no aparecía en ningún sitio hasta que, harto de las confusiones, entré a una ferreteria regentada por u
na mujer sin dientes. –“Perdone, ¿sabe dónde está esta calle? – le dije a la “mellá”. La mujer, sin pronunciar una palabra, levantó la mano y me señaló a hacia la izquierda de la calle. Y subí por unas cuestas hasta que, a la altura de un bosque, aparecía una casa casi en ruinas. “Este debe ser el hostal” – pensé. De hecho, no esperaba más porque, como dije, toda la ciudad estaba completa por el tema de la fórmula 1 y el único hostal con disponibilidad era este.
Llegué a la entrada, mantuve la respiración y abrí la puerta. – “Buenos días, tengo una reserva para hoy” – le comenté a una joven con aspecto irlandés. “Sí…eres el chico mexicano, ¿verdad?” – me dijo. –“Pues no”- me llamo Mark Highville y tengo una reserva para hoy. Yo ya sabía que el supuesto “chico mexicano” era yo pero quería comprobar hasta dónde llegaría la conversación. La “pocas pecas de la puebla” se me quedó mirando, subió los hombros, abrió la boca y, con un toque de indignación visto en sus ojos, dijo: “Well, from Spain…”, como si fuera un estado de México. “Que sí, venga…que me des las llaves” – pensaba. La mujer me entregó las llaves y, qué sorpresa, cuando abrí la puerta de mi habitación: doce camas repletas de ropa usada, envoltorios del McDonald’s, toallas mojadas y, en un rincón, dos niñatos blancos y pecosos bebiendo cerveza. –“Perdón, ¿sabéis cuál es mi cama?” – les pregunté. Y con mala cara dijeron: “no”.
“Pues hasta aquí hemos llegado”. Bajé a la recepción, hice el check out sin reembolso y me fui a la calle. De hecho, prefería dormir en la calle o en la playa, antes que en ese zoo británico.
Me fui con mala leche del hostal, no os diré que no, así que me senté en una cafetería donde ahogué mis agonías en un té. Y, mira la vida qué sabia es que, en ese momento mi móvil sonaba: “- Marc, soy Raphael (el camarero de la fiesta de las chinas). Oye, ¿vas a venir a mi casa o no?, que he estado limpiando y todo”. –“Sí, sí…en un par de horas estoy ahí, pásame la dirección” – le dije.
Ya que estaba en la zona, me di una vuelta por la playa y, seguidamente, tomé el tranvía para regresar a la ciudad. Una vez en el centro, tomé otro tranvía y, siguiendo las direcciones, llegué a casa de Tete. Llamé al timbre y otro chico abrió la puerta: “Hola, soy el compañero de piso de Raphael, adelante hombre!!”. Y, entré en una casa baja repleta de cosas chinas: teles, comida, periódicos…Al final de todo estaba Raphael preparándome el sofá cama: “Bienvenido a mi casa”. Y nos pasamos el resto del día tomando té, aprendiendo chino y mirando películas. ¿Quién me iba a decir que acabaría en una casa china en el norte de Melbourne con gente que había conocido horas antes? Un ejemplo más para creer en la bondad del desconocido.






















