Archivos de la categoría ‘Melbourne’

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La habitación del pánico

marzo 26, 2009

Esta mañana me he despertado de mala gana: tenía que hacer el check out demelbourne2 este hotel, al cual ya me había acostumbrado, e ir a St Kilda (el barrio donde están las playas de Melbourne). Con la cara marchita, reflejo de una noche larga, mi mochila y yo bajamos a la recepción para hacer la pregunta del día: -“¿Han cancelado alguna habitación para hoy?”. El conserje se sacó las gafas, miró hacia arriba y con cara de bibliotecario dijo: “-No”.

p1030806Pues no me quedaba más remedio que hacer ruta con la mochila. Fui a desayunar un poco de muesli en polvo y, con la calma, tomé el tranvía número 16 para dirigirme a las playas. ¡Qué tranquilidad de mañana, por eso! El tranvía estaba casi vacío y, como era primera hora, la panorámica era bastante agradecida: sol saliendo, empresarios yendo a trabajar, escolares…

Al cabo de un rato, los rascacielos se convertían en casas bajas. A la derecha se podía ver un mar muy azul y, a mi izquierda, un parque gigantesco. De pronto, unos ruidos aparecieron de la nada: “¿Qué es eso?” – me preguntaba mirando por la ventana del tranvía número 19. El sonido era cada vez más fuerte y , p1030848en la siguiente estación que paramos, más de 30 personas entraban al tranvía. “Ahhhhh, son los colaboradores de la Fórmula 1 y los sonidos, son los coches que deben estar haciendo pruebas”. Pues sí, ya sabía que el parque donde se celebra el “Grand Prix” estaba cerca de las playas, así que no faltaría mucho para llegar a St Kilda.

“Acland Street!!”….”Acland Street!!” – decía el conductor del tranvía. Todo el mundo se bajó así que, guiado por la imitación, yo también lo hice. Llegué a una calle abarrotada de restaurantes y bares, saqué la guía y, como pude, empecé a buscar el hostal que había reservado para tres noches más. Y venga subir calles y más calles pero el hostal no aparecía en ningún sitio hasta que, harto de las confusiones, entré a una ferreteria regentada por ust-kitts-palmsna mujer sin dientes. –“Perdone, ¿sabe dónde está esta calle? – le dije a la “mellá”. La mujer, sin pronunciar una palabra, levantó la mano y me señaló a hacia la izquierda de la calle. Y subí por unas cuestas hasta que, a la altura de un bosque, aparecía una casa casi en ruinas. “Este debe ser el hostal” – pensé. De hecho, no esperaba más porque, como dije, toda la ciudad estaba completa por el tema de la fórmula 1 y el único hostal con disponibilidad era este.

Llegué a la entrada, mantuve la respiración y abrí la puerta. – “Buenos días, tengo una reserva para hoy” – le comenté a una joven con aspecto irlandés. “Sí…eres el chico mexicano, ¿verdad?” – me dijo. –“Pues no”- me llamo Mark Highville y tengo una reserva para hoy. Yo ya sabía que el supuesto “chico mexicano” era yo pero quería comprobar hasta dónde llegaría la conversación. La “pocas pecas de la puebla” se me quedó mirando, subió los hombros, abrió la boca y, con un toque de indignación visto en sus ojos, dijo: “Well, from Spain…”, como si fuera un estado de México. “Que sí, venga…que me des las llaves” – pensaba. La mujer me entregó las llaves y, qué sorpresa, cuando abrí la puerta de mi habitación: doce camas repletas de ropa usada, envoltorios del McDonald’s, toallas mojadas y, en un rincón, dos niñatos blancos y pecosos bebiendo cerveza. –“Perdón, ¿sabéis cuál es mi cama?” – les pregunté. Y con mala cara dijeron: “no”.

“Pues hasta aquí hemos llegado”. Bajé a la recepción, hice el check out sin reembolso y me fui a la calle. De hecho, prefería dormir en la calle o en la playa, antes que en ese zoo británico.

Me fui con mala leche del hostal, no os diré que no, así que me senté en una cafetería donde ahogué mis agonías en un té. Y, mira la vida qué sabia es que, en ese momento mi móvil sonaba: “- Marc, soy Raphael (el camarero de la fiesta de las chinas). Oye, ¿vas a venir a mi casa o no?, que he estado limpiando y todo”. –“Sí, sí…en un par de horas estoy ahí, pásame la dirección” – le dije.

p1030857Ya que estaba en la zona, me di una vuelta por la playa y, seguidamente, tomé el tranvía para regresar a la ciudad. Una vez en el centro, tomé otro tranvía y, siguiendo las direcciones, llegué a casa de Tete. Llamé al timbre y otro chico abrió la puerta: “Hola, soy el compañero de piso de Raphael, adelante hombre!!”. Y, entré en una casa baja repleta de cosas chinas: teles, comida, periódicos…Al final de todo estaba Raphael preparándome el sofá cama: “Bienvenido a mi casa”. Y nos pasamos el resto del día tomando té, aprendiendo chino y mirando películas. ¿Quién me iba a decir que acabaría en una casa china en el norte de Melbourne con gente que había conocido horas antes? Un ejemplo más para creer en la bondad del desconocido.

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Chichipú chi ua

marzo 25, 2009

melbourne1Era mi último día en mi pequeña habitación número 30 de little Collins St. Mañana, al haber el Grand Prix de Fórmula 1, los hoteles de la ciudad estaban abarrotados y yo tenía que trasladarme a St Kilda, un barrio de Melbourne con una playa muy apetecible y, curiosamente, al lado del circuito de F1. El problema del hostal que había reservado era que, al estar casi lleno, sólo había dormitorios para veinte personas y, la verdad, es que no me apetecía demasiado.
Estuve toda la mañana lavando ropa y haciendo reservas en un cibercafé de una calle comercial. Luego, más tarde,p1030768 fui a tomarme un café y a comprarme el “TimeOut Melbourne”. Empecé a mirar las fiestas que tomaban lugar, esa misma noche, en la ciudad y, entre muchas, hubían dos que me llamaron la atención: “Fiesta Asiática” en Hohn Street y “Techno Fest” en otra calle cercana a la otra fiesta.

Yo, acostumbrado a los horarios de la aldea, me fui a cenar a las siete de laeasy-beef-gyros-recipe tarde. Entré en un restaurante griego, me tomé un buen gyros completo y, al terminar, fui a buscar algún bar para poder establecer algún tipo de comunicación con alguien. Pero, ¿cuál fue mi sorpresa? que, cuando salí del restaurante, el resto de la ciudad aún no había decidido ir a cenar. Eran las 20.30 y, por supuesto, ni los bares habían abierto. Contemplando el panorama y, teniendo en cuenta que la escala de los mapas es muy grande, decidí ir andando al “technofest” que estaba a unos cuatro km. -”Voy andando y así hago tiempo” – me dije a mí mismo.

Y, ¡vaya si hice tiempo!. Iba andando por unas calles oscuras, que parecían la Zona Franca. No sé cómo no me di la vuelta y me fui a mi hostal, pero bueno, había tardado mucho en llegar y ya no merecía la pena. Al final de la calle había como un hotel con dos gorilas trajeados y maqueados: se trataba de la fiesta techno. Desde fuera se oiá: “pum pum pum” y, a través de la ventana, todo eran colores y focos. Y, yo, como el que no quiere la cosa, fui a cruzar la puerta y….-”la invitación, por favor”, -decía el gorila con voz de fumador.. Y yo, súper indignado: “…a ver, si vine la semana pasada y nadie me pidió nada…” Pero no coló porque, al mirar a mi alrededor, me di cuenta que todo el mundo llevaba invitación menos yo. Quedé tan mal, que me fui apartando de la cola hasta desaparecer por la esquina de la calle, haciendo que me estaban llamando al teléfono. -”Con lo que me ha costado llegar hasta aquí y, ahora, me quedo tirado. Me voy a la fiesta china, a ver qué tal…” – me dije, mientras me volvía a poner los auriculares.

Y, venga…más calles negras, las calles vacías pero, al final de una calle ancha, se podían intuir formas humanas y colores rojos. Y, bueno…fui andando y andando hasta toparme con una portería y, en el interior, había una joven asiática. -”¡Hola!, ¿Cuánto es? – le pregunté. Y, ella, sonriendo me dijo: “10 dólares, ¿de dónde eres?”. “-Soy de Barcelona” – contesté. Y, en ese momento, cuando iba a pagar me di cuenta de que no tenía ni un maldito dólar. Y la pobre chica me explicó como llegar a un cajero automático, al lado de una gasolinera en la otra punta de la calle. Salí, crucé, saqué, volví y pagué y, como ofrenda, la chica me dio una pulsera. “Toma, para que tengas buena suerte en tu viaje” – me dijo sonriendo.

Agradecido y consentido, entré en el bar. Se trataba de un bar no demasiado grande con una barra en el fondo, un pequeño escenario a mano izquierda y pequeñas mesas alrededor.Al final de las mesas había un pequeño jardín iluminado con luces de colores para, no sé, tomar el fresco o fumar. Por supuesto, la clientela era mayoritáriamente asiática y el ambiente que se respiraba era, francamente, amigable. Fui diréctamente a la barra y pedí un Long Island al camarero. En ese momento me di cuenta que había perdido la pulsera que me había regalado la chica que daba los tickets y empecé a mirar por el suelo. – “Empezamos bien” – pensé. -”¿Buscas algo?” – me preguntó el camarero.- “Sí, una pulsera que me ha dado esa chica” – le contesté. Y él, al verme cara de preocupación me dijo: “Si la veo ya te la daré, tómate el Long Island que pierde las vitaminas” – contestó. “Me llamo Raphael” – me dijo el jóven asiático. Le agradecí la ayuda y me fui al jardín de las maravillas. Y digo maravillas, no por la variedad botánica que había, sinó por los personajes que encontrabas por ahí: en primer lugar había una mujer con la cara roja y vistiendo una bata de “estar por casa”, tomándose Jack Daniels en lata. La observé claro y, al ver que la estaba mirando, me devolvió la mirada cerrando la boca y poniéndola en forma de o sin apartar la mirada. “Vaya panda de frikies hay en este bar” – iba pensando mientras cruzaba el jardín. Más al fondo había un par de “McNates de pollo”: los típicos “quiero y no puedo” que se creen que, poniéndose un traje, son los reyes de la galantería y el buen gusto. Menos mal, que al fondo del jardín, había dos chicos y una chica que parecían, más o menos, terrícolas. “Hola, ¿cómo va la noche?” – dije con una sonrisa que me salía de la médula. “Ay, pues muy bien” – dijo uno de ellos. Y estuve hablando con ellos durante un buen rato: Guy, de Nueva Zelanda; Maria, de Melbourne y, otro chico del Vietnam. Lo más fuerte de todo es que, cuando mencioné que era de Barcelona, Guy (el chico neozelandés) se me quedó mirando y me dijo: “no puede ser…”. “He estado viviendo en Vic durante 6 meses”. Y, yo: – “¿En Vic!?!?!?!”. Mira, me esperaba de todo esa noche: borrachos, frikies, hablar con gente diferente a mí, pero no…¿cómo me puedo encontrar a una persona neozelandesa, en una fiesta china en las afueras de Melbourne que me dice que acaba de volver de Vic?!”. Y, en ese momento, empezamos a hablar de anéctodas del día a día y tal…Al final, me invitó a su fiesta de cumpleaños que era el viernes por la noche!. “Pues Marc, ¿podríamos ir?” – me dije. “Vale, vamos” – me contesté.

p1030804De repente, en las inmediaciones de mi tercer Long Island, una avalancha de rodillas salía del jardín. – “Qué pasa???” – me preguntaba. “Empieza el baile” – me dijo Ghoa, el chico vietnamita. Entramos todos al bar y todo el mundo estaba mirando el escenario con expectación. La clientela estaba ahí: Raphael, el camarero, que ya me estaba preparando otro cocktail; la frikie con bata que me invitó a una lata de Jack Daniels; los McNates de pollo y, por supuesto, los chicos que acababa de conocer. Y, de golpe…- “¿¿¿Qué es eso????. Un grupo de enanas con trajes regionales salían a bailar en plena pista. Todo el mundo aplaudiendo y gritando: “Tuesday, tuesday!!!!” (el día de la semana que era). Yo ya no sabía si era todo un sueño o una realidad decadente. La segunda opción es la que había tomado más fuerza y, no tuve más remedio que unirme al griterío y a los aplausos. Acabó el espectáculo y empezó la noche: las canciones dance chinas inundaban el bar y, nosotros (mis nuevos amigos y yo) nos movimos hacia la barra. Raphael, que lo bauticé como Tete, ya no nos cobraba las bebidas y también lo invitaron a la fiesta de cumpleaños de Guy, el chico neozelandés. Les expliqué que, al día siguiente, tenía que desplazarme a otro hotel en la playa porque la ciudad estaba llena y Tete me dijo: – “Vente a mi piso, que vivo cerca del centro y sólo estamos mi compañero de piso y yo”. Y, yo…-”No hombre, que me sabe mal bla bla bla”. ¿Mañana te lo digo, vale? – pensé

Tocaban las 5 de la mañana y nos despedimos para vernos el próximo sábado en la fiesta de Guy. Yo, tomé un taxi hacia mi viejo hostal pensando que a las 10 de la mañana ya tenía que estar fuera. ¿Qué haré? ¿Voy a casa de Tete? ¿Me voy al hostal de la playa? ¿Me marcho a Sydney? …Ay…

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Melbourneado

marzo 24, 2009

Dormí hasta inundarme de energía. Hoy sólo tenía que hacer dos cosas: ir amelbourne la oficina de inmigración a buscar mi solicitud de visado y acudir a la farmacia porque el sarpullido o la alergia me había llegado a la cara.
eco-kettle ¿Sabéis esos termos que están en las casas no mediterráneas, que sirven para hervir el agua para el café? Pues en mi habitación había uno y, como estaba harto de ponerme Nescafé con agua, pues pensé: “voy a comprar leche y la hiervo en este aparato, así me tomaré el primer café no aguachirri de Australia”. Pues ya me véis bajando al 7/11 y, con toda la gracia del mundo, compro un cartón de leche y unas galletas. Subo, de nuevo, a mi habitación; pongo la leche a hervir en el aparato ese y, mientras, me tomo una ducha veraniega comiendo galletas.. Y eso, que salgo del lavabo y ,una humareda blanca con un olor indescriptible, no me permitía ni ver el interior de lap1030803 habitación. Fui a desenchufar el aparato como pude y pensé: y ahora, ¿cómo arreglo yo esto para que no me cobren el termo? Pues empecé a echar “AXE” por la habitación para disimular el olor, abrí las ventanas y colé la leche que quedaba en una botella de agua vacía. Cogí un papel, limpié el termo, abrí la puerta que daba al pasillo y ,al ver a la camarera de pisos, le comenté: -”Mire señora, que iba a poner agua a hervir aquí dentro pero este aparato está requemado, aquí no se puede hacer nada”. “Lo siento mucho, Señor, no me di cuenta cuando revisamos la habitación” – contestó. “No se preocupe, que ahora mismo le subo otro. Disculpe las molestias”- dijo con voz de circunstancia Y, yo: “No, no…no pasa nada”. Al cabo de cinco minutos, ya tenía otro termo nuevo donde, esta vez puse agua, y,finalmente, me tomé el café que tanto esperaba.
Salí del hostal y me fui directamente a una farmacia que encontré por lap1030799 calle. Entré en el establecimiento y, al final de todo, sentada en una silla, había una mujer de aspecto hindú que parecía ser la dependienta. -”Mire, que tengo un granizado por todo el cuerpo y necesito algo, por favor” – le comenté con cara de preocupación. Se puso las gafas y me miró los brazos, apartando la cabeza y con los ojos casi cerrados. “¿Te ha pasado alguna vez?” – me preguntó. -”Sí, bueno, una vez que me comí un mejillón que estaba en mal estado pero, claro, pasó en un restaurante cerca de un bosque y no sé si era alergia o intoxicación (mentira)”. – “Y qué tomaste?”- preguntó con cara de sorpresa. “Pues me dieron una pomada para erradicar los granos de mi cuerpo y unas pastillas generales antialergia” – le contesté con argumentos que no me creía ni yo.- “Pues te voy a dar lo mismo, a ver qué tal te va”. Y, de este modo salí de la farmacia y, mientras paseaba por la ciudad, me iba aplicando pomada por todo el cuerpo.
p1030773 Pasé por la biblioteca de la ciudad, la estación de tren, la calle comercial y , conforme iba pasando el día, tenía más claro cuál sería, definitivamente, la ciudad que más me gustaba de Australia.
La oficina de inmigración estaba al lado de un centrop10307931 comercial, así que aproveché para comer y, más tarde, entré en una sala de espera equiparable a una puerta de embarque de un aeropuerto. Al cabo de unos minutos, una señora súper simpática, me dio todos los papeles y se despidió diciendo: “mucha suerte, jamás olvidaré los calamares que un día me comí en Barcelona. Y, por primera vez en mi vida, salí sonriendo de una entidad con servicios migratorios. ¡increíble! Ahora, qup1030778e tenía los papeles para hacer el visado, ya podía irme del país porque, por supuesto, no se puede acceder a este tipos de visado mientras se esté físicamente en Australia. Así que, por la tarde, adelanté mi huelo a Hawaii para el 4 de abril y, ya con fecha de salida, aproveché para disfrutar, aún más, de los días que me quedaban en el país.
Estaba atardeciendo y decidí cruzar el río, ver las vistas de Melbourne e ir a tomar algo por ahí. Me puse en Google Maps y, lo que parecía una ruta de una hora, se convirtió en cuatro: jardines botánicos, puertos, avenidas animadas, calles oscuras y desérticas, catedrales anglicanas, un restaurante thai y dos copas de vino. No pude ni volver al hotel andando y tp1030788uve que tomar un taxi dirección a mi lechol. Estábamos llegando pero, al ver un 7/11, le dije al taxista: -¿”puede parar un segundo?” Compré más leche, más galletas y volví a subir al taxi, que me estacionó frente al hostel. Hoy estaba muy cansado y la caminata casi pudo conmigo pero, al estirarme en la cama, pensé: “mañana la voy a liar”

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Tú a Sydney y yo a Melbourne

marzo 23, 2009

melb11Hoy ha sido un día un poco difícil, no os lo voy a negar. Parece ser que todo toma otro rumbo y con los cambios, igual que con la coliflor, no me llevo bastante bien. Y, bueno…vais a pensar…pero si todo el día estás cambiando de ciudades y de países. Es cierto, pero cuando hablo de cambios, no hablo de alteraciones en el espacio, sinó en la rutina. Al cabo de tres meses, Aaron deja de viajar y se va a su casa de Sydney. Ahí tiene a su familia, su trabajo y es lógico que quiera plantearse su vida en su entorno más cercano. Yo, sin embargo, sigo rumbo hacia Melbourne, capital del estado de Victoria. He decidido ir por dos razones: estoy tramitando un visado en Australia y necesito hacer papeleo y, en segundo lugar, este fin de semana toma lugar el “Grand Prix” de Fórmula 1 en la ciudad. Hacia Melbourne, vale?! Venga…

Aún estaba saliendo el sol cuando nos hemos despertado en la habitación en la que sólo había la cama. Y, lo mismo de siempre: preparación de equipajes, duchas de agua helada y prisas para llegar al aeropuerto. “How could be ended up this way?” – me preguntaba escuchando una canción de Chicago. Tomamos el tren express desde la estación central de Brisbane y, a ritmo de Sambuca, nos fuimos al aeropuerto.

Y, una vez ahí, me miré los brazos y…”Qué es eso?” – me preguntaba. Una erupción cutánea por todo el cuerpo salía de las entrañas de mi piel cual setas en octubre. Los brazos, la cara, las piernas parecían un volcán en erupción…”Mira, debe ser del cerdo que comí ayer por la noche, quizá era triquinósico” – pensé con estupefacción.

El aeropuerto de Brisbane, que es más feo que mi páncreas, estaba repleto de gente a esa hora de la mañana. Niños, escolares, mochileros y nosotros, faltos de dinero, nos dirigimos a embarcar a un avión que olía a mi clase de secundaria, después de una clase chunga de matemáticas.

p1030756“Pero has visto que teles, Aaron?…Pensaba que nunca me pasaría a mí, pero volando con Virgin, todo puede pasar: el avión tenía teles pequeñas en los asientos de delante con todos los canales del universo. De la emoción, tomé una botellita de Coca Cola Zero y, la azafata, que era rapera, me dijo: “Toma, has entrado en el sorteo para un viaje con Virgin Gallactic…para pasar un día en la luna con otra persona…” . Y yo, sentado en el asiento y mirando al infinito pensé: “Te imaginas”…

Un día en la luna

“Mark Highville, Mr. Mark Highville” – decía la azafata abriéndo la palma suspaceshiptwo mano mostrando un billete azul oscuro. “Le acaba de tocar de tocar el viaje con Virgin’s Gallaxy” – decía con la voz gritando y con los ojos abiertos. Y, yo, ¿”como??…no entiendo nada”. “Que se va a la Luna, que le ha tocado el sorteo” – me repitió la jóven con cara de incredulidad.

No me creía lo que estaba pasando. Me acaba de tocar un viaje a Luna y no reaccionaba de ningún modo. La azafata, acompañada de dos chicos con gorra y vestidos de rojo, abrieron las puertas del avión y me acompañaron a una puerta, al lado de un cajero automático del aeropuerto. La abrí, y en su interior había una sala con sillas blancas y, al final de la habitación, otra puerta. Y yo, con cara de no saber nada, me senté en una de las sillas de esa especie de sala de espera de hospital.

De repente, la otra puerta se abrió y, ante mí, había un especie de avión, con formas redondeadas. Ay…paro, que aún os lo vais a creer. :)

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p1030757“Vamos a aterrizar en Sydney- decía la voz de la tripulanta.
Nos bajamos del avión y acompañé a Aaron a la salida del aeropuerto: – “ya nos volveremos a ver en cualquier punto del mundo, en algún momento de nuestras vidas” y, ahí mismo, nos despedimos.
Tomé mi maleta, me puse los auriculares y…”¡palante!”. Echaba de menos estar  solo, no os lo niego, pero ahora faltaba una cosa: cruzar medio mundo más y ahora sería yo, y sólo yo, quien tomaría todas las decisiones y quien me sacaría las castañas del fuego.
Hice el check in de mi vuelo a Melbourne y estuve unas cuantas horas en el aeropuerto de Sydney. Pensaba…sobretodo pensaba en cómo me iba a organizar, qué es lo que quería ver y cómo llegaría a los destinos. No es fácil filtrar una cosa así pero, siempre que he viajado solo, me lo he pasado bien conmigo mismo y he conocido gente muy guay. Ahora, lo único que tenía claro era que me iba a Melbourne, que iría a buscar los papeles del visado y que, al menos, había reservado un hostal donde poder caerme muerto.p1030760
Tomé otro vuelo del Virgin Australia, pero esta vez no pensaba en viajes galácticos…estaba más centrado en La Tierra. Y el vuelo de dos horas se hizo bastante corto, la verdad. Llegué al aeropuerto de Melbourne, tomé mi equipaje y me dirigí a la salida, donde el SkyBus, el autobús que se dirigía al centro, estaba a punto de partir. Las puertas del automóvil se cerraban y yo corriendo con un cigarro en la boca: “wait, please…!!!!”. Me acomodé en un asiento con ventana, me puse música y empecé a morderme las uñas mientras, por la ventana, veía señales de tráfico verdes: “Melbourne 20 km” y una puesta de sol tan naranja que, incluso, te cerraba los ojos. No sé cómo me imaginaba la ciudad. Algunos pajarillos me decían que Sydney era más como Madrid, que Melbourne era más como Barcelona y, normalmente, una gusta más que la otra. Dispuesto a ser totalmente p1030783subjetivo y olvidarme de los comentarios ajenos, blanqueé mi mente y descansé hasta que llegamos al centro de la ciudad. Y, ¡qué sorpresa! : había gente por todos los sitios, tranvías antiguos, iglesias y muchísimos restaurantes repletos de apetito y sonrisas. “Esta ciudad es muy europea, pensé”, y me bajé del autobús en marcha…
Al lado del parlamento de Victoria, el estado cuya capital es Melbourne, estaba al lado de mi hostal. Crucé una calle muy ancha, me puse una sudadera porque hacía mucho fresco y me planté delante de la entrada del City Center Budget Hotel, que estaba en Little Collins Street. Subí unas escaleras y un olor especial me vino a la mente: “huele a Alemania, pero no a Berlín”.
Un señor que no me daba buena espina me dio la llave de la habitación número 30 y, después de cruzar varios pasillos enmoquetados, abrí la puerta y eché la mochila al suelo. “uffffff!”

No sé cuánto tiempo pasé estirado con las piernas colgando de la cama y conp1030785 la tele puesta. La habitación era modesta pero eficaz: tele, internet y cama. Finalmente, decidí tomarme una ducha caliente, la cual fue interrumpida porque algún fanático del medio ambiente llamaba sin cesar a la puerta.
Me puse de gala como Charlie Chaplin: tomé el parche, la chistera y el bastón y me fui a dar una vuelta por la capital de Victoria.
Mientras andaba, iba pensando: “ole, qué  ciudad!”. La gente iba muy informal, los restaurantes estaban todavía abiertos y llenos de gente, las luces de los tranvías se reflejaban en las iglesias y, conforme ibas andando, te encontrabas con multitud de gente que salía de los teatros. Al cabo de un rato observé una calle muy ancha que parecía animada. Fui bajándola y, a lo lejos, se podía intuir la presencia del río. Llegué hasta allí y me metí en un p1030789restaurante chino, pero rústico y elegante. “¿Cuánta persona?” – me preguntó una joven albina. “Mi mochila y yo” – le contesté, pero, al parecer, mi comentario no le hizo mucha gracia. Me sentaron en una mesa con unos manteles blancos, pedí una botella de “Sauvignon Blanc” y me entretuve degustando unos noodles con champiñones. Y nada tú: una botella de vino, un periódico y un manjar me daban la entrada a Melbourne que, por lo que ya había visto, me causó muy buena impresión.
Mi hígado y yo estábamos agotados y, siguiendo las calles por las que había venido, me dirigí a mi hostal, a la habitación número 30, donde mi almohada esperaba una sinopsis del día.

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