Hoy ha sido un día un poco difícil, no os lo voy a negar. Parece ser que todo toma otro rumbo y con los cambios, igual que con la coliflor, no me llevo bastante bien. Y, bueno…vais a pensar…pero si todo el día estás cambiando de ciudades y de países. Es cierto, pero cuando hablo de cambios, no hablo de alteraciones en el espacio, sinó en la rutina. Al cabo de tres meses, Aaron deja de viajar y se va a su casa de Sydney. Ahí tiene a su familia, su trabajo y es lógico que quiera plantearse su vida en su entorno más cercano. Yo, sin embargo, sigo rumbo hacia Melbourne, capital del estado de Victoria. He decidido ir por dos razones: estoy tramitando un visado en Australia y necesito hacer papeleo y, en segundo lugar, este fin de semana toma lugar el “Grand Prix” de Fórmula 1 en la ciudad. Hacia Melbourne, vale?! Venga…
Aún estaba saliendo el sol cuando nos hemos despertado en la habitación en la que sólo había la cama. Y, lo mismo de siempre: preparación de equipajes, duchas de agua helada y prisas para llegar al aeropuerto. “How could be ended up this way?” – me preguntaba escuchando una canción de Chicago. Tomamos el tren express desde la estación central de Brisbane y, a ritmo de Sambuca, nos fuimos al aeropuerto.
Y, una vez ahí, me miré los brazos y…”Qué es eso?” – me preguntaba. Una erupción cutánea por todo el cuerpo salía de las entrañas de mi piel cual setas en octubre. Los brazos, la cara, las piernas parecían un volcán en erupción…”Mira, debe ser del cerdo que comí ayer por la noche, quizá era triquinósico” – pensé con estupefacción.
El aeropuerto de Brisbane, que es más feo que mi páncreas, estaba repleto de gente a esa hora de la mañana. Niños, escolares, mochileros y nosotros, faltos de dinero, nos dirigimos a embarcar a un avión que olía a mi clase de secundaria, después de una clase chunga de matemáticas.
“Pero has visto que teles, Aaron?…Pensaba que nunca me pasaría a mí, pero volando con Virgin, todo puede pasar: el avión tenía teles pequeñas en los asientos de delante con todos los canales del universo. De la emoción, tomé una botellita de Coca Cola Zero y, la azafata, que era rapera, me dijo: “Toma, has entrado en el sorteo para un viaje con Virgin Gallactic…para pasar un día en la luna con otra persona…” . Y yo, sentado en el asiento y mirando al infinito pensé: “Te imaginas”…
Un día en la luna
“Mark Highville, Mr. Mark Highville” – decía la azafata abriéndo la palma su
mano mostrando un billete azul oscuro. “Le acaba de tocar de tocar el viaje con Virgin’s Gallaxy” – decía con la voz gritando y con los ojos abiertos. Y, yo, ¿”como??…no entiendo nada”. “Que se va a la Luna, que le ha tocado el sorteo” – me repitió la jóven con cara de incredulidad.
No me creía lo que estaba pasando. Me acaba de tocar un viaje a Luna y no reaccionaba de ningún modo. La azafata, acompañada de dos chicos con gorra y vestidos de rojo, abrieron las puertas del avión y me acompañaron a una puerta, al lado de un cajero automático del aeropuerto. La abrí, y en su interior había una sala con sillas blancas y, al final de la habitación, otra puerta. Y yo, con cara de no saber nada, me senté en una de las sillas de esa especie de sala de espera de hospital.
De repente, la otra puerta se abrió y, ante mí, había un especie de avión, con formas redondeadas. Ay…paro, que aún os lo vais a creer. ![]()
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“Vamos a aterrizar en Sydney- decía la voz de la tripulanta.
Nos bajamos del avión y acompañé a Aaron a la salida del aeropuerto: – “ya nos volveremos a ver en cualquier punto del mundo, en algún momento de nuestras vidas” y, ahí mismo, nos despedimos.
Tomé mi maleta, me puse los auriculares y…”¡palante!”. Echaba de menos estar solo, no os lo niego, pero ahora faltaba una cosa: cruzar medio mundo más y ahora sería yo, y sólo yo, quien tomaría todas las decisiones y quien me sacaría las castañas del fuego.
Hice el check in de mi vuelo a Melbourne y estuve unas cuantas horas en el aeropuerto de Sydney. Pensaba…sobretodo pensaba en cómo me iba a organizar, qué es lo que quería ver y cómo llegaría a los destinos. No es fácil filtrar una cosa así pero, siempre que he viajado solo, me lo he pasado bien conmigo mismo y he conocido gente muy guay. Ahora, lo único que tenía claro era que me iba a Melbourne, que iría a buscar los papeles del visado y que, al menos, había reservado un hostal donde poder caerme muerto.
Tomé otro vuelo del Virgin Australia, pero esta vez no pensaba en viajes galácticos…estaba más centrado en La Tierra. Y el vuelo de dos horas se hizo bastante corto, la verdad. Llegué al aeropuerto de Melbourne, tomé mi equipaje y me dirigí a la salida, donde el SkyBus, el autobús que se dirigía al centro, estaba a punto de partir. Las puertas del automóvil se cerraban y yo corriendo con un cigarro en la boca: “wait, please…!!!!”. Me acomodé en un asiento con ventana, me puse música y empecé a morderme las uñas mientras, por la ventana, veía señales de tráfico verdes: “Melbourne 20 km” y una puesta de sol tan naranja que, incluso, te cerraba los ojos. No sé cómo me imaginaba la ciudad. Algunos pajarillos me decían que Sydney era más como Madrid, que Melbourne era más como Barcelona y, normalmente, una gusta más que la otra. Dispuesto a ser totalmente
subjetivo y olvidarme de los comentarios ajenos, blanqueé mi mente y descansé hasta que llegamos al centro de la ciudad. Y, ¡qué sorpresa! : había gente por todos los sitios, tranvías antiguos, iglesias y muchísimos restaurantes repletos de apetito y sonrisas. “Esta ciudad es muy europea, pensé”, y me bajé del autobús en marcha…
Al lado del parlamento de Victoria, el estado cuya capital es Melbourne, estaba al lado de mi hostal. Crucé una calle muy ancha, me puse una sudadera porque hacía mucho fresco y me planté delante de la entrada del City Center Budget Hotel, que estaba en Little Collins Street. Subí unas escaleras y un olor especial me vino a la mente: “huele a Alemania, pero no a Berlín”.
Un señor que no me daba buena espina me dio la llave de la habitación número 30 y, después de cruzar varios pasillos enmoquetados, abrí la puerta y eché la mochila al suelo. “uffffff!”
No sé cuánto tiempo pasé estirado con las piernas colgando de la cama y con
la tele puesta. La habitación era modesta pero eficaz: tele, internet y cama. Finalmente, decidí tomarme una ducha caliente, la cual fue interrumpida porque algún fanático del medio ambiente llamaba sin cesar a la puerta.
Me puse de gala como Charlie Chaplin: tomé el parche, la chistera y el bastón y me fui a dar una vuelta por la capital de Victoria.
Mientras andaba, iba pensando: “ole, qué ciudad!”. La gente iba muy informal, los restaurantes estaban todavía abiertos y llenos de gente, las luces de los tranvías se reflejaban en las iglesias y, conforme ibas andando, te encontrabas con multitud de gente que salía de los teatros. Al cabo de un rato observé una calle muy ancha que parecía animada. Fui bajándola y, a lo lejos, se podía intuir la presencia del río. Llegué hasta allí y me metí en un
restaurante chino, pero rústico y elegante. “¿Cuánta persona?” – me preguntó una joven albina. “Mi mochila y yo” – le contesté, pero, al parecer, mi comentario no le hizo mucha gracia. Me sentaron en una mesa con unos manteles blancos, pedí una botella de “Sauvignon Blanc” y me entretuve degustando unos noodles con champiñones. Y nada tú: una botella de vino, un periódico y un manjar me daban la entrada a Melbourne que, por lo que ya había visto, me causó muy buena impresión.
Mi hígado y yo estábamos agotados y, siguiendo las calles por las que había venido, me dirigí a mi hostal, a la habitación número 30, donde mi almohada esperaba una sinopsis del día.






















