Qué día más bonito! – pensaba…. Parecía que los restos del tifón ya habían desaparecido de Queensland. La humareda de bacon con huevos ya se podía oler desde el primer piso. El tío de Aaron entró a mi humilde habitación y me ofreció un sándwich repleto de manteca, bacon y ricino. -Toma!! No quieres estar gordo como nosotros? – me decía mostrándome sus negros dientes a causa de la cafeína. – Venga…ponte la muda, lávate la picardía y coge una gorra: hoy, nos vamos a pescar!
La casa de los tíos de Aaron parecía un tanatorio: gente entrando, saliendo, cafés por ahí, el primo limpiaba el barco y las motos acuáticas, la madre comía huevos mientras fumaba… Salimos de la casa y el tractor, arrastraba el barco y a la familia Quinn al completo! La
madre de Aaron me iba comentando el número de peces que había pescado durante su juventud, Danny me contaba anécdotas de alta mar y Aaron estaba entretenido mirándose las pezuñas que, a causa de la sal, habían tomado un color rocambolescamente amarillo. Por fin el tractor, el barco, los primos, las perras y la familia Quinn llegaron a pie de costa. El día era soleado y las alertas sobre tiburones estaban por toda la playa. Sin embargo, hay rejas enormes con bastante espacio para poder bañarse sin inesperados mordiscos. Pero yo me bañé en la playa normal porque aún tengo un seguro y, por cada amputación, te dan un dineral… Nos metimos en el barco, ellos
se pusieron cremas, yo me puse cómodo y, mientras
navegábamos, íbamos preparando las cañas. Enroscábamos unas gambas, introduciendo el anzuelo por el entresuelo del animal y las echábamos al mar. Todo este acto, se veía interrumpido por un sonido: “ni nii niii”. “-¿Qué eso que suena?”- dijo mamá Aaron apoyando la mano en el volante.
-”Es un GPS de pescados. Cuando suena, indica que hay más de 20 peces alrededor y, si miras la pantalla, verás el tamaño de éstos” – dijeron los comandantes. ¡Qué fuerte cómo la tecnología ha llegado al arte de la pesca! Y nada: el aparato iba sonando y nosotros íbamos pescando pero teníamos que devolver los ejemplares al mar ya que eran demasiado pequeños. Volvimos a la playa con las manos vacías y con aroma a gamba y nos sentamos a esperar que el primo de Aaron arreglara las motos de agua. En ese momento tuve un momento de recuerdos infernales: hace 4 años me fui con mi jefa de NY, Angelica, a hacer una ruta por las Bahamas pero ,alquilamos una moto de éstas, una ola nos arrolló y salimos despedidos 10 metros…sólo fue divertido
explicarlo….hehehe “Marc, ponte el chaleco que te voy a dar un tour mar adentro…” – dijo el primo con sonrisa malévola. Me subí a la moto y sólo pude mantenerme agarrado 4 minutos: velocidad máxima, curvas cerradas y movimientos bruscos… Y yo, metiéndome tortazos con la moto hasta que salí despedido unas millas. Y, así…hasta que en una de las curvas, cogí al primo de Aaron por la espalda y dije: si intentas hacerme caer de nuevo, te caes tu también, vale? Y, de este modo, los dos salimos despedidos de la moto ,con tal mala suerte, que me cayó encima y me hizo que me sangrara la nariz… En ese momento me acordé de los tiburones que había en la zona y yo,sangrando como un cerdo en alta mar. Fui nadando hacia la orilla que estaba a 10 minutos pero, como llevaba salvavidas, tampoco me cansé demasiado. Descansé un rato ya que tenía la presión alta de tanta sal que había tragado y, de nuevo, fui hacia el agua a ver qué se cocía. “Qué es esa piscina de niños con una cuerda?” – le pregunté al tío de
Aaron. “No es una piscina. Es una barquita hinchable en la que te subes y la moto acuática te va arrastrando con la cuerda. Quieres dar un paseo? e imbécil de mí, acepté. El hombre me dijo que me pusiera bocarriba encima de la barca inflable y le dio motor a la moto. Observé con agonía la velocidad con la que la cuerda iba entrando al mar, me agarré del bote y pensé: “no”. La barca subía 2 metros y rebotaba en el mar. Me estaba dando tantos golpes en mi trasero que mi cuerpo salía del barco, sumando todo el agua que estaba tragando por las olas que producía la moto, más las heridas de las manos por intentar sujetarme a la barca, os podéis imaginar. “st…sto..stop” – iba gritando yo. Pero nadie me oía. De repente, vi que la moto daba una curva muy pronunciada y…mi bañador y yo salimos disparados hacia el cielo. Lo que dolió más fue el golpe en el agua. Llegué a la orilla, donde todo el mundo estaba bebiendo refrescos y la familia me decía: – “¡Ay!, siempre haciendo novatadas mi marido…”
¡Qué familia más graciosa,eh! Me pasé el resto del día en la playa y untándome reflex por todo el cuerpo, pero sobretodo, en mis nalgas magulladas.






















