Hoy, sólo nos quedaba una cosa muy importante de ver en Singapur: el
aeropuerto. El aeródromo es considerado el mejor del mundo y hoy hemos tenido la oportunidad de contrastar las ideas. Nuestro vuelo era al mediodía así que, tranquilamente, hemos desayunado, hemos
tomado el metro sin ninguna prisa y, al cabo de poco rato, ya estábamos plantados en el aeropuerto de Singapur. Pues bien…lo del mejor aeropuerto es cierto: todo es lujoso, suelos impecables, jardines botánicos, salas de masajes, teléfono gratis, trenes bala entre terminales, librerias, restaurantes…¡si!.
Hemos facturado nuestras humildes maletas en este vuelo de Jetstar
dirección Hong Kong. La verdad es que me hacía particularmente ilusión ir a Hong Kong y descubrir un poco más esta ciudad y la cultura que se cuece por los territorios independientes chinos. El vuelo ha sido de tres horas pero, no sé por qué, parece que hayan pasado doce horas de intenso aburrimiento.
“Welcome to Hong Kong”. Parecía mentira que estuviéramos en esa ciudad. Hemos bajado del avión para coger el autobús que nos lleva a la terminal que, no sé por qué, siempre me toca a mí y hemos salido al exterior para tomar un autobús hasta el centro, donde habíamos reservado un pequeño hostal urbano.
Sólo la llegada a la ciudad ya era impactante: carreteras con muchos carriles, todo escrito en chino y en inglés y, alrededor de la ciudad, muchos edificios delgados pero de una altura impresionante. Poco a poco han aparecido las luces de neón en las aceras de las calles y, al cabo de nada, ya estábamos metidos en el meollo. He tenido la sensación que estaba
entrando en Nueva York, supongo que es por el ancho de los carriles o por las bandas que están en éstos que hacen que el autobús frene y, cada dos metros se oiga: “pum pum” “pum pum”…en fin. Más neón, más neón y letreros en chino. Sin lugar a dudas todo lo que veía alrededor era lo típico que se ve, sobretodo en las películas, de las grandes ciudades asiáticas: los letreros, los rascacielos, las tiendas de comida en la calle, alguna gente con mascarillas…diferente y rompedor.
Ya estábamos en el centro y, al bajar del autocar, una ráfaga de aire cálido con olor a comida china me ha hecho volver a pensar que estaba lejos de casa. Y, si en Hong Kong puede haber gente rara, seguro que todos viven en el edificio donde tenemos el hostal. Se trata del edificio más viejo de toda la ciudad con unos veinte pisos y se accede a través de unos locales donde venden iPhones falsificados, teles de cataplasma y todo tipo de copias raras. Después hay dos ascensores: uno lleva a los pisos pares y el otro a los pisos impares. A eso se le tiene que sumar los 5 ó 10 minutos de cola para tomar este montacargas con cámaras y la “mala gente” que se ve alrededor. Ya nos avisaban la gente del hostal que no nos fiáramos de nadie, que había gente que decía que eran los dueños del hostal pero, realmente, te llevaban a sus casas o a polígonos industriales con el supuesto nombre del alojamiento fotocopiado en la puerta. Pero no…una señora con aspecto viril nos abría las puertas de su pequeña propiedad y nos postraba en una habitación de unos 10 metros cuadrados. “Mira, al menos estamos en el centro” – decía Víctor.
Salimos, nos dimos cuenta de que la única zona “mala” de la ciudad era nuestra portería y tomamos una callejuela a la
derecha. “Sushi?”- dije. Y nos comimos un sushi tan bueno que, incluso la Coca Cola, perdió su sabor habitual. Repetimos varios platos y no nos pudimos ir a dormir sin ponernos delante del río para ver el skyline de la isla. No hay palabras.




















