Las mañanas en Wallacia son más largas que un día sin pan. Observo la fauna nacional: caballos, canguros cojos, ratas de todos los colores, escarabajos australianos, gallinas escamadas ¿Cómo puedo llevar tanto
tiempo en un paraje tan natural señalizado con animales salvajes alrededor? – se preguntan todos mis amigos, parientes y conocidos. Sí…, es cierto, nunca he sido un fan de la naturaleza ni de las montañas pero, en Sydney, hay un gran festival la segunda semana de marzo que se llama “Mardi Gras” y no podía irme de la ciudad, sin antes, ver lo que pasaba ahí.
Por la mañana fuimos a comprar el pan y, toda la provincia de New South Wales hablaba de lo mismo: “¿Vais al Mardi Gras este fin de semana?” Panaderas, peluqueras, presidiaros, becarios…era el tema del día.
Por la mañana teníamos que hacer una visita a los abuelos de Aaron, que viven cerca de la estación de tren. Tomamos el coche a very primera hora del día y llegamos a un especie de “Futuroscope” para ancianos. Se trataba de casas unifamiliares, una tras otra, otra otra…y, al final, se construía un pueblo artificial con supermercados, restaurantes, hospitales. Daba un poco de yuyu porque la estructura del pueblo es, simplementa, perfecta.Se ve que el gobierno australiano, una vez te haces mayor, ofrece a los yayos vivir en estos pueblos a precios muy económicos y, así, la gente mayor puede vivir con dignidad y con atenciones las 24 horas. La abuela de Aaron me lo explicaba así: “- Que quieres hacer la comida, la haces, sinó alguien que trabaja en este “pueblo” lo hace por ti; si quieres limpiar, limpias, si nos aburrimos nos vamos al casino de aquí al lado” – decía con una sonrisa y con las manos hacia arriba. Me gustó este tipo de ideas para personas mayores, se les veía muy contentos y adaptados ahí. De pronto, un regalo estaba por venir: los abuelos de Aaron trabajan en una tienda de segunda mano, si querían trabajar, y decidieron obsequiarme con una bolsa llena de pantalones, camisetas, polos…- “Marc, esto es para ti, de regalo de cumpleaños” – dijo el abuelo.
Pasamos un momento por casa y dejamos los regalos, el pan y todo lo demás. De repente, Aaron entró por la puerta de la habitación y me lanzó un paquete verde que venía de Barcelona. – “Esto es para ti, acaba de llegar”. -¿Qué será? – me preguntaba
atónito e intentando adivinarlo por el tacto. Cuando lo abrí me quedé de piedra: se trataba de makakal.com en edición papel y con todos los detalles ilustrados sobre cientos de páginas sobre mi viaje. Miquel, que habrá pasados cientos de horas en el ordenador, me lo envió para mi cumpleaños…Merci Miku
.
Estuve leyendo un buen rato y, más tarde, fuimos hacia la estación de tren para empezar el fin de semana en Sydney, para el Mardi Gras. Tomamos el tren de las 12 de la mañana y, en un “plis”, nos presentamos en Sydney. Las calles estaban repletas de gente disfrazada, los bares y restaurantes totalmente llenos. Se notaba la fiesta y las ansias de celebración por toda la ciudad. Anduvimos por el barrio de King Cross donde había pequeños negocios y nos paramos a tomarnos un café sin leche. No sé qué me pasaba que me apetecía hacerme algún tatoo o algún piercing o algo así…quería un día de cambios en mi aspecto. Me levanté del bar, crucé la calle y me metí en una peluquería de fashions: “Oiga, mire…me gustaría teñirme el pelo de blanco hoy, así de color gris o ceniza” – le comenté a una pareja que parecía no entenderme. Ella asiática, él de prudencia italo-australiana. “Pues venga, vamos a hacerlo” – me contestaron. Me empezaron a decolorar (el pelo) una y otra vez: “Si notas que te pica, nos lo avisas eh” – me decía Ling Shi Tsu con un pincel en la mano. El hombre, que se dio cuenta que estaba aburrido, me llevó al jardín del barbero y me enseñó un frigorífico en un rincón del patio: “Mira, toma todas las cervezas que quieras, están aquí dentro” – me dijo con los ojos cerrados.
Y yo, pues nada, con el pelo empastado, con una capa negra y tomando cervezas mientras observaba revistas del palo: “Look and Hair”. Finalmente, Ling, me lavó la cabeza; me comentó que ojalá pudiera visitar Argentina, España, Perú…y me dijo: “Ya estás listo”. Me miré en el espejo, estaba bien…diferente…un cambio radical. Tomé mis enseres y me fui calle abajo. Estoy tan contento de hacer lo que me da la gana…
Llegué a un pequeño hostal que habíamos reservado en el centro de la ciudad, nos cambiamos y fuimos a cenar un trozo de pollo seco por la calle. La cabalgata del Mardi Gras estaba a punto de empezar: la policía estaba cortando las calles, la gente iba disfrazada por toooda la urbe y, nosotros mientras, íbamos poniendo whiskey en botellas de Coca Cola para que las fuerzas de seguridad no pudieran sospechar nada. Nos fuimos a Hyde Park, donde observé que toda la población había hecho el mismo “truco” con las bebidas y nos sentamos en el césped para esperar a una amiga de Aaron.
El ambiente alrededor era muy variopinto: miles de gays, lesbianas, fontaneros, camareros, gente del pueblo, urbanitas, gente fashion, asiáticos con niños, adolescentes, ancianos, maleantes, andantes…¡De todo!
De pronto, ya era casi de noche y una música empezó a sonar. La gente se fue ubicando en los extremos del parque: las carrozas se movían. Las canciones pop invadían todo Sydney y la gente saltaba, reía, seguía bebiendo “Coca Cola” y los flashes de las cámaras se mezclaban con los colores de la cabalgata.
Charmaine, la amiga de Aaron se presentaba con dos amigas suyas, también
peluqueras. Estuvimos un buen rato observando el espectáculo callejero y, al cabo de un rato, fuimos a un bar en
una zona de la ciudad que me recordaba a la Vila Olímpica de Barcelona…Las tres mujeres estaban básicamente borrachas y, poco a poco, me fui separando del grupo para relacionarme con la gente que estaba alrededor. Conocí a Hans y Eva que veían de Alemania para pasar unos días, a Charlie y Amanda, la cual no podía creer que era travesti hasta que me lo contaron, dos chicos de Arabia Saudí que estudiaban inglés en Sydney, “Crazy Karry”, una joven de
Brisbane que se sentía sola en la vida y hablaba en francés para que nadie la entendiera….un plan y una gente tan diferente que, había momentos que pensaba que estaba en la fiesta del fin del mundo.
Tomamos un taxi para irnos a la gran fiesta de “Mardi Gras” que tomaba lugar en los estadios olímpicos de la ciudad. Llegamos a la puerta, presentamos los tickets que, previamente había comprado, y entramos a un recinto ENORME donde todos los estadios se habían convertido en pistas de baile y discotecas. Y, dentro, no lo sé, ¿habría como 100.000 personas? Yo diría que más…
Mira que me gustan los ambientes festivos y demás, pero eso era demasiado para mí. La gente ocupaba todos los estadios, la zona exterior estaba plagada de restaurantes móviles y no encontraba un espacio para decir: “voy a
relajarme un rato”. Eran las 4 de la mañana y todo el mundo seguía ahí. Contando que la gente empieza a beber a la 1 del mediodía, os podéis imaginar algunas de las situaciones que se vivían en ese recinto ocioso.
Tomé el portante y me dirigí a la salida, anduve como 2 horas porque no sabía dónde estaba y me fui al pequeño hostal que habíamos reservado, no sin antes comerme una hamburguesa de pollo en Oporto.
Fiestas, colores, fantasía, música y todo aquéllo que os podéis imaginar estaba ahí dentro.
Hay gente que prefiere un entrecot de 500 gramos (que también me lo como) pero yo prefiero un solomillo de 100, pues lo mismo con la fiesta!
Ale, pues feliz Mardi Gras a todos!