“Tenemos el tiempo contado para ir al súper, Aaron” – balbuceaba desde
debajo de las mantas. Hoy era un día muy importante: esta tarde-noche, sobre las 18.30 mi fiesta de cumpleaños daba lugar en los terrenos del rancho de Wallacia. Todo el mundo estaba invitado: amigos de Aaron, amigos de Tain (el hermano), viejas conocidas de Kerry y familias enteras vendrían a celebrar dos cosas: 1. mi llegada a Australia y 2. mi cumpleaños.
Tomamos el coche con aspiraciones a comprar cantidades industriales de comida. Mientras, Kerry, fue a buscar la tonelada de carne que había encargado en una tienda de catering. La empresa se ofrece a traer una noria-horno donde se coloca la vianda y, poco a poco, se va cociendo a la vista de los invitados, cual pollos a l’ast.
Llegamos al súper y, conforme veíamos los alimentos, decidíamos qué cocinar: guacamoles, mousse de cangrejo de mi amigo Edu, ensaladas alemanas y, como no, tortillas de patata. Llenamos el carro hasta arriba:
Doritos, aguacates, salchichas, patatas, palillos planos…
Al llegar al rancho, acomodamos los alimentos en la encimera de la cocina y me dirigí al corral a buscar los huevos necesarios para la preparación de las omeletas. Danny me advirtió: – “Marc, hoy los huevos son dobles”. Los óvalos, que parecían de avestruz, contenían dos yemas cada uno, así que tenía que asegurarme de la cantidad que utilizaba para no inflamar los hígados de los invitados.
Aaron se puso a toda marcha a preparar ensaladas alemanas y yo, con más
dignidad, pelaba patatas mientras observaba conciertos de Kylie Minogue. La madre de Aaron llegaba con vasos de vino para aliviar el esfuerzo de los fogones, el padre colocaba las sillas y las mesas en el jardín, los chooks se entretenían comiendo las pieles de las patatas y los gatos seguían acomodados en el sofá. Después de tres tortillas españolas y una bandeja de mousse de cangrejo, preparé el guacamole y me fue a cambiarme: Kerry me había regalado una camisa negra para demostrar que la elegancia, si negra, es dos veces elegante.
Y empezaron a llegar los invitados y sus neveras. Me sorprendió que cada invitado llegara con su propio frigorífico con la bebida que iban a tomar. Primero fueron unos amigos de los padres de Aaron con unas 20 botellas de vino blanco. Y venían a darnos los besos de bienvenida mientras, con la mano derecha, intentaban abrir las botellas de vino: “Hi, happy birthday Marc” – me decían con un aspecto un poco ebrio. Después, había dos tipos más de invitados: chicas embarazadas con sus respectivos maridos, amigos de Aaron y, por otra parte, chicos cerveceros, bebedores que, por el aspecto, podrían ser potencialmente peligrosos.
Las mesas del jardín se separaron: por una parte los jóvenes, con los cuales,
aún me incluyo y, la segunda mesa, para los más adultos. Estuvimos hablando de países, de culturas
mientras litros y litros de vino y cerveza se iban consumiendo. Llegó un momento que se puso la comida en una mesa en el interior de la casa. La gente entraba con platos vacíos y salían con montañas de comida: tortillas,
guacamoles, carne, arroz, pan, ensaladas de patata…Lo primero que voló fueron las tortillas, supongo que porque es un
plato bastante adaptable a otras culturas. Sin embargo, el mousse de cangrejo fue el segundo fracaso más grande de la historia, después de “Mariah Carey, la película”. La gente, al oler el pescado
fresco que desprendían los pintxos vascos, ya se asustaban. Pero, cuando le daban un bocado, veías como las bocas se alargaban y se cerraban los ojos lentamente. No, no les gustaba y ahí se quedaron…la próxima vez haré turmas al ajillo, a ver qué tal.
No podía con más vino ya y no me paraban de servir. Chris, el amigo de Aaron me dijo: “Marc, hemos traído un buen ron de Queensland que te va a encantar”. Acompañé al chico al coche, miró a su alrededor y abrió el maletero. Sacó la botella y me llenó
un vaso entero de ron australiano. Volvimos a las mesas y me empecé a notar un poco más “suelto”. Empezaron a llegar más invitados: un joven pelirrojo que le gustaba la música de Ibiza, dos gemelos que parecían de serie de humor, una pareja que me regaló una camiseta muy fashion y un par de chicas del lejano oeste con pintas de
guerrera. Se hizo una fogata en uno de los rincones del jardín y, a partir de ese momento, todo empezaba a estar más nebuloso. Y ahí empezó el espectáculo: Tain, el hermano de Aaron, y sus amigos me llevaron a la barra del bar de la casa y me dijeron: como es tu cumpleaños, tienes que tomarte tantos chupitos de ron, como edad tienes hoy. Y, como soy tozudo y no me gustan las apuestas dije: por supuesto….Ron Ron Ron Ron…
“Marc, es mejor que te acuestes un rato” – decía una voz en off. Una
chica rubia me acompañó a mi habitación para relajarme y yo le decía: “no no, prefiero estar en el jardín para que me de el aire”. Pero no, la joven insistente, abrió la puerta de mi habitación, apagó las luces y me empujó a la cama. Y…Y…Yo ya no sabía ni dónde estaba, empezaba a escuchar invitados vomitando por toda la casa y gritos que decían: “NOOO”, ”tschhh” “Oh, my God”…
En ese momento, estaba tan confuso, a oscuras y tan mareado que…
1 de marzo de 2009, yo, anfitrión de mi propia fiesta y durmiendo a la 1 de la noche porque no me aguantaba en pie. El exterior de la habitación no era mejor: caídas, sillas rotas, botellas en el suelo, llantos, carcajadas que se oían de fondo. “Welcome to Australia” – me dijo Aaron, otra vez, mientras observaba que aún estaba vivo en la cama.
Al día siguiente, sobre las 10.00, aún había gente borracha en el jardín, el
fuego no estaba apagado, y los últimos invitados que quedaban se iban al pub del pueblo para seguir con la fiesta. Yo, por supuesto, no podía mirar a nadie a la cara. Me senté en el sofá, estaba la gata y, en ese momento, pensé que era el único ser en esa casa que me podía entender.
Por lo demás, una fiesta genial!…Era mi fiesta, no podía ser normal.





































